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miércoles, 29 de septiembre de 2010

Reptiles

Después del clima horroroso de la semana pasada, Lucia toma el teléfono, disca y mientras lo deja sonar se mira las piernas.
-Hola Marianela, aquí Lucia. Me podrás atender si voy en media hora?
-¿Que te vas a hacer?
-Un brushing, manos y depilarme.
-Bueno, dale venite que te guardo el lugar.
-Gracias Nela, nos vemos.

Abre la heladera, saca una botella de agua mineral, y se sirve un vaso alto.
Suena el teléfono. Mira el captor y atiende.
-Hola loca, en que andas?
-Luchi, que alegría escucharte, fuiste para afuera el finde?
-No, el tiempo apestaba, así que nos quedamos con Pancho y fuimos al teatro a ver un reverendo mamarracho. No vayas al Solís, porque te vas a arrepentir. Algo tan burdo, y ordinario. Me llamo la atención que trabajara Bolani.
-No tengo ninguna intención de ir al Solís. ¿Queres que nos tomemos algo hoy, o va la víbora?
-Mira nena, espero que no venga, ahora me voy a la pelu, y cuando vuelva te mando un mensaje para vernos hoy o mañana.
-Vale, besito.

Vuelve a sonar el teléfono, mira el captor y es su cuñada.

-Hola Augusta, ¿como estas, de donde me estas llamando?
-
Hola Lucia, quería hablar con Pancho, sigo en Barcelona, aunque el fin de semana estuve en Blanes. ¿Como están Uds., sabes algo de Alicia?

-Pancho no esta, llevo el auto al taller, y de la vida de tu sobrina no se nada.
-Capaz que se aparece hoy a cenar. ¿Por que, que paso ahora?

-Es mi sobrina, y es la hija de Pancho, pero es de cascabel. Me llamó la semana pasada, pidiéndome plata, que ella, y la hija se morían de hambre, y que no le dijera nada al padre. Le mande 500 euros y sabes lo que hizo,
se compro un perro de trescientos dólares. Te lo podes creer?

-Claro que te creo, pero no te preocupes, como el dólar viene en caída, igual le sobró dinero para comer. Lo que si me preocupa es el pobre perro, cuando se le pase la noveleria y tenga que empezar a limpiar las alegrias del cachorro, lo regala o lo envenena.

-Me estas tomando el pelo, Lucia?
No se a quien sale. Es una mentirosa y una estafadora, y sí, es mi sobrina, pero es mala. En su diccionario la palabra dignidad no existe. En la letra “D” solo figura la palabra dinero. Pedir dinero, robar dinero, gastar dinero, estafar dinero… Bueno que te voy a decir a vos que tenés que tratarla…

-Le digo a Pancho que llamaste, o volves a llamarlo?

-No le digas nada, porque ahora salgo y no me va a encontrar. Lo llamo a la hora de cenar. Beso grande, y saludos.

-Besos.



-Panchito, que cara es esa, ¿te pasó algo?.

-Hola gordi, ¿como fue tu día?.
Me besa.
-Estás linda, ¿fuiste a la peluquería?
-Mi día estuvo complicado entre la oficina, el taller, ….y Alicia.

Casi le pregunto si le habían extraído el veneno, pero la cara de Pancho no era para ese tipo de bromas, así que le dije:

-Que pasó con Alicia, te fue a ver al negocio?

- Si, fue a la oficina, y con toda esa teatralidad que le gusta desplegar, me dijo que estaba empezando a organizarse, y que necesitaba que yo le diera una mano. Que quería poner todas sus cosas en orden y bla bla bla.
En definitiva, me pidió 4000 dólares para pagar una deuda que tiene con B.P.S.
Se acerca al barcito, sirve dos whiskies, va a buscar hielo a la heladera,
pone tres cubitos en el suyo y cuatro en el mío, viene, me lo entrega, se sienta en el sillón, y me pregunta:
-Luchi, vos que harías?

Yo lo miro, y le acaricio las manos.
Pancho me conoce. Sabe que Alicia no es santo de mi devoción, pero que mis consejos no tienen rencor ni odio. Sabe que siempre lo voy a ayudar.

-Mira Pancho, aquí hay dos únicas opciones, o decirle que no, o prestarle el dinero. Si le decís que no, podemos llegar a tener puteadas abundantes, lloriqueos teatrales, amenazas con suicidios. Pero termina ahí.
Si accedes a prestarle la plata, posiblemente salga despavorida a gastarla, olvidándose del B.P.S.
-Como es tu dinero, yo sugeriría que se lo prestaras, pero que no se lo dieras.

-No te entiendo.

-Fácil Pancho. Te vas al B.P.S., averiguas la deuda, la pagas o haces convenio, y venís como Melchor y le pones de regalo de Reyes el boleto de pago.

La cara de Pancho se iluminó.

-Gorda, sos un genio.

Pancho era un niño grande. No tenia la mínima maldad y cultivaba desde hacia años una culpa enorme.
Alicia era así por su culpa.
El había roto su matrimonio años atrás, cuando la víbora era aun un pichón.
Yo no había tenido nada que ver con eso. Ni siquiera conocía a Pancho en ese entonces.
Lo conocí diez años después cuando me vino a ver al consultorio. Yo era terapista y el precisaba apoyo.
Cuando empezamos a salir deje de atenderlo.
Ahora hacia años que estábamos juntos. Su nueva psiquiatra no era de mi gusto, ya que su culpa seguía enterita e intacta.

Tres días después, Pancho llego totalmente devastado.

-Gorda, Alicia me ha estado mintiendo todos estos años. No existe en B.P.S., ni por su nombre, ni por su documento, ni por la limitada, ni siquiera por su inscripción en D.G.I.
Una mentira tras otra, un engaño tras otro.

Lo vi tan lastimado en su credulidad, tan dolido, que a pesar de haberme jurado y perjurado hacia años de jamás intervenir, jamás involucrarme, decidí que tal vez fuera mejor solucionarle el problema de una vez y para siempre.
Le acaricie el pelo, y le dije, -Pancho, Grandulón, invitala mañana a cenar que yo me encargo de todo.

El me miro, sin entender, y entendiendo, y me dijo –Gracias Luchi.

La cena del sábado fue todo un éxito. Los crepes estaban deliciosos, el sargo al champagne una manteca, y la mousse de nuez fue como la frutilla de la torta. Con el café y el cognac en el living, me levante y abrazando a Pancho le dije:

-Alicia, estamos tan contentos con tu padre, que ayer fuimos al B.P.S. y te cancelamos la deuda. También te pagamos la cuenta de UTE y ANTEL, y te pusimos al día con los gastos comunes del edificio. Pagamos los tributos mensuales de la Intendencia, adelantamos todo el año la contribución y la primaria, y hasta nos alcanzo para sacarte del clearing por la tarjeta OCA y rehabilitarte el gas y el cable.

Eso si, hasta aquí llegamos. De ahora en adelante, y como te estas organizando, vas a poder empezar de cero y sin deudas, y tendrás que hacerte responsable de tus cuentas.

La víbora me miró, -mi cuñada se equivocó, no era una cascabel, sino una cobra real queriendo escupir veneno- miró al padre, y cuando se estaba yendo, le aguanté la puerta.

-Ali, mi amor, yo se lo que el teatro perdió al no tenerte, pero en esta casa la única que da portazos soy yo, y empujándola suavemente, cerré la puerta.

miércoles, 22 de septiembre de 2010

Burocracia

El cuerpo del enfermero fue hallado casi seis días después de su muerte. Estaba en la parte vieja del hospital, donde ya casi nadie iba y lo encontró un obrero que estaba buscando una fuga en las viejas cañerías.
Cuando llegó el Inspector Castellanos junto a su colega el Teniente Olivencia, todos los demás le abrieron camino. Castellanos era alto, de complexión normal, ni flaco ni gordo, con el cuerpo de un hombre que estaba cerca de los cincuenta. Ojos grandes y saltones, siempre tratando de ver más allá de la cara de las personas. Olivencia en cambio no llegaba a los cuarenta, y su aspecto era más bien desagradable. Los desgreñados mechones de pelo le caían a los lados de la cara y su gabardina negra tenía manchas de todos los colores. —Que tenemos aquí, preguntó Castellanos?. —Buen día Inspector, dijo Mendoza, un miliquito al que nunca iban a ascender si no cambiaba de comisaría. Javier Mendoza era muy joven, un poco bruto pero era muy observador, y Castellanos ya lo había pedido para su equipo, pero el comisario donde revistaba Mendoza, un necio de primera, se había empeñado en que el muchacho nunca saliera de agente de 2a. solo porque era más inteligente que él, y lo había dejado en ridículo en varias ocasiones, aunque sin la mínima intención. El solo dijo lo que pensaba que había pasado en un caso de desaparición de drogas y dinero del depósito de la Policía, y resultó que cuando Interpol empezó a investigar, le dieron la razón.
Mendoza, le abrió el camino al inspector hasta que llegaron al lugar donde estaba caído el enfermero. —Es un empleado del sanatorio, dijo Mendoza. Gerardo Sepúlveda, 35 años, soltero, vivía solo. Trabajaba en el sector de abastecimientos médicos. Castellanos, miró a Mendoza, y le dijo:
—Entonces tenía acceso a toda la medicamentación del sanatorio, hipnóticos incluídos.
—Ud. lo dijo Inspector, estuve averiguando y se habían reportado algunas faltantes de medicamentos, y estaban investigando a los funcionarios.
—Quien más trabaja en esa sección, Mendoza?.
—La Dra. Altamirano, el Dr. Castillo y la nurse Cristina Rodríguez. Estoy buscando sus antecedentes y ver como se relacionaban con el occiso.
—Buen trabajo Mendoza, digame ahora sus sus primeras observaciones. Mendoza era un policía chiquito, casi un alfeñique de 50 kilos y 1.60 de altura, rubio ensortijado y siempre muy prolijo, uñas limpias, zapatos lustrados y peinado a la gomina. Castellanos tenía la vaga sospecha que el peinado a la gomina era para hacer desaparecer las motas, ya que la madre de Mendoza era negra. Tenía físico de jockey más que de policía, y había entrado a la policía porque el límite de altura era 1,60 y sus notas excelentes.
—Bueno inspector, al enfermero no se le conocen romances, pero eso no indica que no los tuviera, sino que posiblemente era muy discreto. Adulto de 35 años difícilmente no tenga alguna relación, ya sea sana o malsana. Eso nos lleva a dos opciones, o su relación era con alguna colega casada, o con algún colega casado o soltero, pero colega varón, o alguna otra opción no tan normal. Creo, por donde lo encontraron, que el asesino es del hospital. Nadie que fuera ajeno a este lugar, sabría que la parte vieja del hospital estaba siempre desierta, y de no haber una fuga en las cañerías, lo podrían haber encontrado dentro de seis meses.




Y creo que o bien o vio algo que no debía ver, o iba a denunciar algo, o estaba en el lugar equivocado en el momento equivocado, o quería chantajear a alguien. Y lo último, el asesino también especulaba con que al demorar en hallarlo, se dificultaría ver como lo mataron. No tiene una sola herida, ni de revolver ni de arma blanca. A simple vista tampoco fue golpeado, y murió en este lugar. No fue que lo asesinaron y lo trasladaron, murió aquí. Tal vez quedó en encontrarse aquí con alguien. Muy posiblemente con el asesino.
—Bravo Mendoza, te voy a sacar de esa comisaría de mierda a como de lugar.
—Contame de los otros tres, Altamirano, Castillo y la nurse Rodríguez.
—No hablé con ellos todavía, pero hablé con el resto del personal para ver como los veían los demás y si hay trapitos sucios en el sanatorio, y parece que si, que hay bastante trasfondo en todo esto. A Altamirano no la quiere ninguna de las mujeres de todo el pabellón, pero es solo puterío y celos femeninos. La mujer es una profesional reconocida, bonita y con muy buenos ingresos. Todo eso genera rabia en determinadas personas. No tenía ninguna relación laboral con Sepúlveda, aunque ella fue la que firmó la denuncia de faltantes, pero no involucró a nadie, solo hizo la denuncia. Los otros dos están más complicados y los dos tenían acceso a los hipnóticos. Mendoza se hizo a un lado, cuando pasó Olivencia con el forense para llevarse el cadáver. Se saludaron amistosamente, y Olivencia le dijo —Mendozita, ya tenés resuelto el caso?. — Estoy en eso. Olivencia contestó Mendoza, y vos, aún no tuviste tiempo de llevar la gabardina a la tintorería?
Ambos se rieron, y Castellanos le dijo a Olivencia, —Tan pronto tengan el detalle de la autopsia, me avisan. Necesito también la dirección del muerto, y una órden de allanamiento de su apartamento, así como la llave de su locker en el hospital. —Yo me encargo dijo Olivencia, y se despidieron.
Mendoza, suspiró y continuó con el relato: —Castillo es un médico mediocre, pero con ínfulas de profesor académico. Las malas lenguas dicen que tenía un affaire con Laura Rodríguez, la nurse de la sección, pero no está confirmado. Castillo es casado, y su mujer tiene más dinero de lo que él pudiera ganar en cien años de trabajo en hospitales, así que no lo convenía ningún escándalo. Podría haber algún motivo por ese lado. Por otro lado, la nurse Rodríguez es muy buena en lo suyo, y había solicitado traslado a la unidad de oncología pediátrica. Altamirano le firmó la recomendación, pero el traslado aún no había salido. No estamos seguros de si lo del chisme de corredores es cierto, ya que si la nurse era muy buena en lo suyo dudo que se hubiera entreverado con un médico del montón y sin dote. En cuanto a la denuncia de faltante era importante. Todos sin excepción eran medicamentos supresores del dolor a base de morfina, que no se consiguen en farmacias.
Castellanos, mira a Mendoza, hace un gesto de aprobación con la mano, y le dice, —Lo veo dentro de tres horas en mi oficina. Mendoza lo mira extrañado, y le dice, —Pero Inspector, tengo que volver a la comisaría. —¿A que vas a volver, a escribir denuncias de que el vecino A envenenó al gato del vecino B, porque todos los días le meaba el diario?. No Mendoza, desde ahora yo me responsabilizo de tu trabajo, y por lo menos hasta que se acabe el caso, estás a mis órdenes.





Mendoza, lo miró muy despacio, y le dijo—Mire Inspector, yo quiero ayudarlo, pero si Ud. me ayuda a mi. No es que no quiera trabajar con Ud., pero quiero trabajar permanentemente en Homicidios, y no solo para sacarle las papas del fuego en cada caso, los créditos los lleva Ud., y yo vuelvo a escribir denuncias de robos de bicicletas y cédulas de identidad.

—Tenés razón, Mendoza, revisá el locker y el apartamento del occiso , y vení a mi oficina dentro de tres horas.

Tres horas más tarde, Castellanos, Mendoza y Olivencia se reunían, con los informes del forense. —Resumí todo en voz alta, Olivencia, dice Castellanos. Olivencia, se pasa la mano sobre los desgreñados pelos, y lee: —Occiso masculino, 35 años, sin ninguna marca identificatoria, muerte data de seis días, con el cuerpo entrando en etapa de descomposición, sin orificio de entrada de bala, ni de arma blanca. Causa probable de la muerte colapso a nivel vascular, sin configurar en ningún caso infarto de miocardio. No tiene marcas de drogadiccón en brazos ni piernas, y el test de drogas en fosas nasales y fluídos corporales dio negativo.

—Mendoza, vos que podés agregar? pregunta Castellanos.

—El locker no tenía gran cosas, zapatos tennis y conjunto deportivo de marca. Neceser de cuero de cocodrilo con cepillo y pasta de dientes, elementos de afeitarse, colonia también de marca. Nada inusual, salvo que todo era muy costoso para un sueldo de enfermero. El apartamento era otra cosa. Alguien estuvo revisando antes que nosotros, y si fue el asesino, tuvo varios días para encontrar cualquiera fuese la cosa que estaba buscando. Algo interesante es que el fulano tenía por hobbie la fotografía y la pornografía, sobretodo la infantil. Muchísimas fotos de todos los temas posibles, instantáneas y material más elaborado. Y sus enlaces en Internet eran en un 90% de videos porno con niños de no más de 8 años. Si bien hay que atrapar al que lo hizo boleta, en el fondo no lo culpo. Un tipo que gusta de este material se merecía el destino que tuvo.

—Bueno, antes de hablar con la nurse, y los dos doctores, quiero saber que opinás Mendoza.
Mendoza, que en ningún momento se había sentado, continuó de pie, y dándole la espalda a los otros dos, se puso a mirar por la ventana. —Podrían ser varias cosas, que en el hospital hubiera un ángel vengador, que el buen enfermero tomara alguna foto comprometedora con su celular, y estuviera chantajeando a alguien. Lo que sí estoy seguro es que el enfermero conocía muy bien a su verdugo, y se citaron para encontrarse a alguna hora en la parte vieja del hospital. Creo casi firmemente que el enfermero y el asesino tomaron un café media hora antes del asesinato. Muy posiblemente el asesino en un descuido del otro le puso algún somnífero suave, de esos que tienen efecto entre 30 y 40 minutos después, y lo citó en la parte vieja para darle el dinero o lo que fuera que le había prometido. Al llegar el asesino, el enfermero, estaba medio dormido. Esperó a que el hipnótico hiciera efecto, y luego le puso una inyección intravenosa de aire, solo 10 mm. de aire. Y esta es la explicación del colapso vascular. No deja huellas, salvo un pinchazito, que en seis días y con el rigor mortis se hace invisible.
—Bravo dijo Olivencia, muy buena teoría, pero tenés evidencia de cualquier tipo de que fue así?.

—Lo único significativo que encontré en el locker de Castillo fue una banda elástica de esas que usan en los hospitales para ligarte la vena y que la extracción de sangre sea más fácil. Me gustaría estar presente cuando interroguen a los dos médicos y a la nurse.
A las seis de la tarde se presentaron los tres compañeros de departamento del infortunado enfermero.
Descartaron de entrada a la Dra. Altamirano, ya que ni siquiera registraba al enfermero. Era una túnica más de las que estaban en el piso cuando ella hacía su guardia. No sabía si había sido él, o cualquier otra persona, no solo de su departamento sino de todo el piso. Si bien ella tenía la llave del depósito de medicamentos, la cerradura no era nada compleja, y cualquiera podía haber tomado una impresión y haber hecho una copia.

La nurse era tan prolija como antipática, pero según todos los informes de su foja de trabajo, era no solo muy eficiente con su trabajo sino que siempre ponía más esmero que el acostumbrado en su trabajo, y por eso mismo no era precisamente un personaje popular, y se tejían todo tipo de enredos de salón a su alrededor.
En el interrogatorio se mostró absolutamente verosimil, conocía a Gerardo, eran colegas, pero ella de algún modo sútil dejó en claro que el enfermero era totalmente corrupto, pero que si hacía bien su trabajo, ella no era quien para juzgar su conducta. Cuando se le preguntó por qué lo llamaba corrupto, ella dudó un momento y luego dijo, —Capaz que corrupto no es la palabra exacta, él tenía gustos caros, y le gustaban los niños. Un día entré en la sala donde estaba un menor de seis años, portador de HIV con un coma inducido. Y ahí estaba Gerardo tocándole les genitales. Le dije que si volvía a verlo en algo parecido lo denunciaba.

Y finalmente le llegó el turno a Castillo, un ser absolutamente pagado de si mismo, un bueno para nada según Mendoza.
Mendoza y Olivencia estaban presentes en el interrogatorio de Castillo.

Este se mostraba absolutamente a la defensiva. No me importa , lo que Uds. piensen, dijo Castillo. Mendoza, tomó el potro por las riendas, y le preguntó sobre la esclerosis múltiple de su mujer, y ahí Castillo se desmoronó como un castillo de arena. Sí, él había retirado los calmantes para su mujer. La porquería humana del enfermero lo había visto y lo quería chantajear. Castillo sabía que darle dinero al enfermero era condenar a otro niño a la prostitución, así que le puso algún narcótico en su café y lo citó en algún lugar del lugar del hospital, y le inyectó aire.

Cuando todas las aguas se calmaron, Castellanos pidió para Castillo el mínimo de la pena por homicidio. El enfermero era un ser humano lamentable, y Castillo había actuado para que su mujer no sufriera dolores, y para evitar la red de corrupción de la pornografía infantil. Con la anuencia de Olivencia, Castellanos pidió que el Agente de 2ª. Mendoza, fuera ascendido a Detective de 2ª- del Departamento de Homicidios.
Hace dos años que están esperando una respuesta.

jueves, 16 de septiembre de 2010

Secuestros

Secuestros

—No podés estar siempre peleándote con la gente, me dice mamá. A ver si te tranquilizás un poco. Y en el fondo no es un tema tuyo. Dejalo así que no tiene solución.
Mamá me exaspera. Toda la vida quejándose de las cosas, y nunca hizo nada para solucionarlas. Solo quejas y culpando a los demás, a la vida, a las circunstancias. Nunca nada fue su responsabilidad. Ahora ya es tarde.
—Mamá, le digo, yo no ando por la vida peleándome con la gente. Yo soy la persona más pacífica del mundo, adoro la tranquilidad, el silencio y detesto los ruidos, los gritos y le gente maleducada. Pero cambié mamá. Antes yo con tal de no pelear, dejaba las cosas como estaban, transigía, hacía la vista gorda y me envenenaba cada vez más. Ahora es distinto. Sigo adorando la tranquilidad, pero no pongo la otra mejilla. Eso es únicamente para Dios. Si algo me molesta lo digo. Y no puedo ver a esa sucia tirada en el piso apretando al chiquilín, o dejándolo gatear en ese piso mugriento, lleno de puchos y escupidas y cacas de perros. ¿Me querés decir quien cuida los derechos humanos de ese niño?. La semana pasada le llevé una campera y unas botitas para el chiquilín porque me daba lástima que estuviera a esas horas de la noche con ese frío y en la calle. La madre le probó las botitas de cuero y la campera de marca de mis sobrinos y le quedaba como comprado de medida. Solo la vez que se lo probó se los vi puestos. A los dos días el niño estaba nuevamente con un bucito de algodón todo sucio. Yo sé que llevan todo a vender a la feria de Larravide, o de Piedras Blancas, pero es su hijo el que pasa frío. Y cuando el chiquilín esté muy grande, consigue a algún vago para que le haga otro. ¿Me lo quiso regalar sabés?
Mi madre me mira, mira al jardín como para recordar mejor, y dice –tu padre siempre te conoció mejor que yo, decía que no lo ibas a poder remediar, que toda tu vida ibas a ser la abogada de los casos perdidos, y tenía razón, y me pregunta casi con miedo —No le habrás dicho que si?.
—Le dije que si lo hacíamos con papeles y un abogado me quedaba con el niño. Yo se que si le decía que sí de entrada, después me iba a querer sacar plata. En definitiva no me iba a regalar la máquina de hacer chorizos sin sacarle algún beneficio. No le gustó mi contestación. —Bueno me dijo, mañana hablamos. Nunca más mencionó el tema. Y sigue en la puerta del super, hasta las 10 de la noche que cierra, con ese niño temblando de frío y diciéndole a todas las personas que pasan, —No me compra una leche, no me compra algo para comer. Es muy joven. No debe tener ni treinta años. La última vez que le dí un montón de ropa de mi hija, fue porque me dijo que su hija adolescente no tenía que ponerse. Le llevé ropa que Jimena no había estrenado nunca. Sabés como son estas chiquilinas, van a la feria y se llenan de trapos que después usan una vez y se olvidan. Supongo que también la vendió. Problema de ella. Lo que si me preocupa mamá, es ese niño. Es un nene que ya está casi caminando, y lo único que vió en su vida es su madre tirada en el piso mugriento, porque la vaga no se lleva ni siquiera un pedazo de cartón para sentarse encima, pidiendo. Pero el niño es un varón. Nadie se va a compadecer de un pibe de trece o catorce. A esa edad ya se consiguen un revolver y entran a robar. Y de repente te roban a vos mamá, o a mi. Te acordás cuando Seba tenía once años, y el padre no quería que saliera solo, porque tenía miedo de las banditas de ladroncitos, yo tambien tenía miedo, pero quería que el chiquilín no viviera con miedo, y lo dejé salir con sus amigos. —Solo hasta la rambla, le dije. Te acordás mami?. Solo hasta la rambla, y cuando estaba con sus amigos se le acercaron tres parditos con sevillanas, no eran más grandes que ellos tres y les pidieron la plata, los champeones y las camperas. En ese entonces creo que no existían los celulares. Si no se lo hubieran pedido también. Los otros dos echaron a correr, y Seba quedó solo y empezó a correr y gracias a Dios que no pasaba ningún auto. Del susto cruzó la avenida sin mirar, y entró en la Pizzería. Trató de hablar pero no podía. Gracias a Dios, que los de La Pasiva le tuvieron paciencia y me llamaron. El chiquilín había perdido el habla. No podía articular palabra, y yo no le dije nada. Lo fui a buscar y nunca comenté nada con el padre. Terrible susto mami. Uno quiere soltarlos y que vuelen solos y a la primera de cambio, casi me hago encima, del miedo. El chiquilín se recuperó, pero el susto se le instaló en algún lugar, igual que a todos nosotros. Y la otra situación la tuvo con el
sabandija, por decirlo de alguna manera delicada y no decir el malparido hijo de cien mil putas que lo encañonó a la salida del club Banco Hipotecario y disparó. El revolver no tenía balas, y solo fue para asustarlo, pero creo que él pensó, como hubiera pensado cualquiera que lo mataban. Cuando llegó a casa, tampoco podía hablar. Yo lo abracé. Solo eso pude hacer, y el empezó a llorar. Fue terrible. Y si ese niño sigue en esta vida, va a terminar como aquellos otros, asaltando en las esquinas. No sé mamá, la sucia también tiene hijas mujeres. Otro problema. Distinto. A las doce o trece años la agarra algún vivo y le hace el primer hijo. Y ahí quedó, ya no puede estudiar, ni trabajar porque se arruinó la vida. Y de repente, para ellas es válido. Ya son mujeres y tienen algo que es de ellas. Que tienen mamá?. Tienen la misma hambre y uno más para alimentar. Como aquel reclame “Uno más para atender”. Mamá sacude la cabeza, y dice —no te hagas malasangre. La saludo y me voy a casa. Camino despacio con la cabeza llena de pensamientos raros.
Llegué a casa, pensando algo muy descabellado, me serví un whisky, y fui al segundo dormitorio, lo miré con ojo crítico, podría convertirse con pocas cosas en un precioso dormitorio infantil.
Y un día cualquiera de agosto, con el refrán en mente “julio los prepara y agosto se los lleva”, decidí llevarme al chiquilín. No iba a matar a la madre. Si podía no iba a matar a nadie. No está en mi temperamento lo cromático, la sangre y todo eso.. Conseguí que un muchachón cuidacoche que me debía muchos, muchísimos favores, se presentara justo cuando la sucia, juntaba todos los bártulos, y le dijo —dame al nene y nadie se va a enojar. Ella lo miró, y se lo dio, sin gritar, ni pelear, ni nada. A veces me da rabia esta situación, si hubiera sido yo hubiese pedido aunque no me lo dieran, alguna constancia de que el niño iba a tener una vida mejor, y no que me lo sacaban para trasplante de órganos, o alguna otra atrocidad. Pero no. Se quedó en el molde, agarró las cosas que había acumulado en las horas de trabajo y se fue sin mirar atrás.
Ahora, visto desde otra perspectiva es raro. Yo estoy criando a Agustín, que es un muñeco encantador, pasó tanta hambre que come cualquier cosa que le pongas adelante. Es un niño tan bueno que es casi inconcebible que habiendo pasado hambre, frío y vaya a saber que más, cada vez que le hablo se ríe. Cuando estaba con ella, yo siempre le hablaba pero solo me miraba con sus grandes ojos negros. Ahora oye mi voz y sus ojos sonríen antes que su boca se abra en una sonrisa. Yo no sé si ella sabe que fui yo o no, pero la semana pasada estaba tirada en la misma calle, con un bebé de la misma edad de Agustín, yo la miré, le di el litro de leche, y las galletitas dulces. Es una superstición mía, pero creo que con algo dulce, el corazón siempre está más contento. Ella me miró y yo supe que ella sabía. Yo hice como que no me daba cuenta. No quería que dentro de diez años alguien viniera a decirle a Agustín que era adoptado. Pero me quedé mirando fijamente al nuevo bebé. Agustín estaría muy contento de tener un hermano.

jueves, 2 de septiembre de 2010

Mentiras verdaderas

Todas las cosas suceden por una razón.
Ese sábado nos íbamos de farra con las chiquilinas, como todos los segundos sábados de cada mes. Nos juntábamos en la casa de alguna de nosotras, nos tomábamos unos whiskies, a veces jugábamos al poker, y después nos íbamos a cenar a algún lugar que tuviese show o algún espectáculo divertido.

Ese sábado en particular erámos solo tres, porque Carola e Isabel tenían un casamiento de amigos en común. A eso de las 6 de la tarde me llamó Carmen para decirme que estaba con vómitos, así que desertaba con aviso. Quedé en ir a lo de Agustina y salir juntas desde ahí.

La casa de Agustina quedaba sobre una avenida, por lo que estacionar era todo un problema, así que decidí dejar el auto sobre una transversal. Tampoco había lugar, y empecé a dar vueltas manzanas, a ver si alguno se iba y me dejaba el lugar. Estaba en esas vueltas cuando vi al marido de Agus estacionado en su auto a dos cuadras de su casa hablando, mejor dicho peleando con alguien de cabellos rubios y ondulados. Me pareció una silueta familiar pero no la podía ubicar en algún lugar del espacio o del tiempo.
Me quedé quietita en mi auto, y vi como la rubia bajaba, le gritó si no se lo decís vos, lo hago yo, dio un tremendo portazo, se alejó 30 metros y se metió en otro coche que estaba estacionado en la vereda de enfrente. No sabía que hacer, así que esperé con el señalero puesto que el hombre arrancara, y después salí lentamente de mi ubicación, estacioné en el lugar que dejó la rubia, y llegué a lo de Agustina casi al mismo tiempo que él y lo vi entrar el auto en su cochera. Esperé unos minutos y toqué timbre.
Agustina estaba elegantemente vestida con una falda de cuero de bordes irregulares y una camisa de seda cruda. Estaba un poco pálida. Nos fuimos a una de las salitas íntimas de la casa, donde sobre un carrito bar tenía toda clase de botellas, dos vasos y una hielera de cristal labrado. Me dijo, -servite lo que quieras. La miré y escondió la mirada. Le dije, Agus, estás pálida, pasa algo?. Me miró desde algún lugar o mejor dicho me miró, pero sus ojos no me veían, miraban algo más allá de mi persona, y me dijo servime un whisky doble y sin hielo. Decidí no contradecirla, y le serví lo que me pidió, y me serví mi propio escocés, como me gusta a mi, con muchísimo hielo. -¿Sucede algo?, pregunté. Me volvió a mirar raro, y me dijo –Este mierda de Francisco está en la casa, no estoy de humor para salir y no quiero que presencies como me tomo toda la botella. No es un buen día para mi.
-Qué te hizo Francisco?, le pregunté. Ella sacudió la cabeza, miró en el fondo de su vaso como si la respuesta pudiera estar ahí, y me dijo: -Tengo miedo del futuro. No te ofendas pero no quiero tener que transitar el camino de Carmen. Separarme de Francisco, y entrar en la etapa de los amantes descartables. Yo hice un gesto con la mano y ella continuó. – No, no te pongas a la defensiva, si yo las quiero mucho, y no lo estoy reprochando. Yo ya pasé esa etapa también, antes de Francisco, la etapa de los amantes descartables. Lo que menos quieres es una relación, pero sí quieres saber si todavía funcionas. Después muchas gracias y hasta la vista. Es como lo de la oración que publican en el diario “Gracias al Espiritu Santo por los favores recibidos”. Las dos nos miramos y nos reimos. Levantamos nuestros vasos y brindamos –Por los descartables le digo. Los ojos de Agus vuelven a quedar serios.
Hoy no estoy con ganas de salir, así que o nos quedamos y nos tomamos todo o te dejo libre de tener que aguantar a una cincuentona depresiva. La abracé y le dije que no quería tomar demasiado, y si me quedaba nos iba a dar la milonga triste en duplicado, así que me iba.
Supongo que ese fue el primer escalón de una serie de situaciones.
Como Pablo mi marido, sabía que salía con “las chiquilinas” como les decía, había invitado a sus amigos, y estaban en plena festichola. Entré el auto al garage, y entré por el fondo sin que me sintieran. Subí a mi dormitorio, me desnudé y me metí en la ducha.
Pensaba acostarme a leer un rato. Después de ducharme, me puse una bata y me senté en la bergere que tenía en el dormitorio y tomé el libro que tenía en la mesa ratona.
Me dieron ganas de tomar algo, y en el frigobar del dormitorio ya no quedaba nada, así que entré en el dormitorio de Pablo, a ver si en su barcito había algo. Tampoco había demasiado, pero sobre el frigo estaba una carpeta de una compañía de seguros de vida. La miré sin curiosidad, pero no la abrí.
Volví a mi dormitorio y decidí bajar a la cocina a buscar algo que tomar. Siempre me gustó caminar descalza, sobre todo cuando las moquettes son tupidas y suavecitas. Cuando estaba bajando sentí la voz de Guillermo, el abogado de la familia e intimo amigo de Pablo que decía , -¿y no lo dijiste nada a Vicky? Cuando sentí mi nombre, Vicky era el diminutivo de Victoria, presté atención, y la voz de Pablo dijo, -No, no le dije ni le voy a decir, y no quiero que se entere. –Pero no te parece que estás actuando mal, hace veintidós años que están juntos, no podés hacer un seguro de vida por una suma más que importante, y poner de beneficiarios a tus hijos. Cuando te casaste con ella no quisiste que tuviera hijos porque vos ya tenías. Ella tuvo que renunciar a su maternidad para complacerte, y ahora ponés el seguro a nombre de tus hijos, que ni siquiera te vienen a ver… vos estás loco, y si Vicky se entera y te manda a la mierda lo tenés bien merecido. Podrías haber puesto a los tres de beneficiarios, a tus hijos, y a ella. Bueno Guille, tampoco es para tanto, Victoria tiene su patrimonio, cuando nos casamos hicimos capitulaciones, así que esto no es tan grave, y si no lo se lo decís vos, no tiene como enterarse.. Lo último que sentí que decía Guillermo en voz más baja fue – Si todo fuera tan claro, y estuviera tan bien, podrías decírselo. Vos sabés que estás actuando mal. Me senté en los escalones de la escalera, y agradecí no tener un vaso en la mano, porque lo hubiera estrellado contra la pared. Volví sobre mis pasos y entré en mi dormitorio. Cerré la puerta con fuerza, no demasiada, solo lo suficiente como para que supieran que había llegado. Después tomé mi libro y traté de leer, pero no fue posible. No podía creer que Pablo hubiera hecho una póliza y me hubiera dejado afuera. No era por el dinero. Mi patrimonio era igual o mayor que el suyo. Era por la actitud. Ni siquiera me lo comentó. No me consideró de suficiente confianza como para contármelo, para ver que me parecía. Nada. Me levanté y corrí el cerrojo de la puerta que comunicaba ambas habitaciones. Apagué la luz sobre las dos de la mañana. Más tarde sentí que Pablo trataba de abrir la puerta. Cuando notó que estaba trancada no insistió más.
Pasé una noche de perros. No pude casi dormir, y una sensación de rabia, más bien la ira se estaba apoderando de mi. No entendía por qué. No era el dinero, y no sabía qué era lo que me estaba haciendo germinar esa rabia tan maligna. Entonces me acordé. Veinte años atrás Pablo no había estado a la altura de las circunstancias. Me había ido de la casa en ese entonces, y después había vuelto. Hoy tendría un hijo o hija de 20 años. No fue premeditado. Yo sabía que Pablo no quería chicos, pero había sucedido. Y creo que mientras no se lo dije, estuve suspendida en una nube de alegría. Pero cuando se enteró me consiguió un número en una clínica. Recuerdo que tuve que ir dos veces, porque la primera vez me vino tal ataque de pánico que me puse a temblar en la camilla, y los médicos me dijeron que fuera a mi casa, me lo replanteara, y si estaba decidida que volviera. Por supuesto que en ese momento me dijo, Bueno, si querés lo tenemos. Tuve un fin de semana en que estaba en una especie de limbo, quería tener a la criatura. Pero el lunes de tarde, Pablo me dio una tarjeta con otro día y hora. Recuerdo que eso se hizo un jueves, y el viernes de noche me llamó para que fuéramos a la casa de unos amigos que lo habían invitado. Yo estaba con antibióticos, y con unas pérdidas terribles, así que le dije que no estaba en condiciones físicas de ir. Entonces fastidiado me dijo, Bueno, si vos querés quedarte llorando por los rincones, quedate, yo voy a ir igual. Y al día siguiente se fue una semana con su hijo menor al apartamento de Punta del Este, ya que el muchacho estaba de vacaciones de Julio y su otro hermano se había ido con la madre a Buenos Aires, pero como este tenía una materia pendiente, tuvo que quedarse, dar la materia, y después su padre lo llevó a Punta.. Nunca me preguntó si estaba mejor, si tenía que volver al médico. Nada. Me fui de casa por un tiempo, y me vino a buscar tantas veces, que al final regresé.

Lo más gracioso es que yo tenía una relación muy buena con los muchachos, que ya eran hombres, pero ellos no lo llamaban, no lo veían. Cada vez que alguno de ellos llamaba, Pablo decía -Vamos a ver cuanto me van a pedir ahora, o qué cuento me van a hacer para sacarme plata.

Miré la puerta que separaba ambos dormitorios, y supe que iba a ser muy difícil que esa cerradura volviera a abrirse algún día.

Al otro día demoré en bajar. Golpeó la puerta del dormitorio y no lo contesté. Me levanté, me duché, y esperé que sacara el auto y se fuera para bajar.
Me acerqué a la mesada y me serví terrible taza de café negro. Tomé el teléfono y llamé a Agustina. –¿Como estás muñeca?, le pregunté. ¿Como te trató el escocés anoche?
-Todavía estoy medio dormida. Pero esta es la crónica de una muerte anunciada.
-Tenés que estar muy segura de estas cosas, antes de tomar alguna decisión, le dije. Aunque mi voz, a mi entender, no tenía ninguna convicción. Yo misma me estaba replanteando toda mi vida, y no sabía si sería capaz de hablar con mis cuatro amigas a la vez. Carolina e Isabel tenían sus parejas. Segundas, terceras, cuartas o quintas. Daba lo mismo. Carmen en cambio era más parecida a mi. Tenía pocas pulgas y un buen patrimonio, así que su aguante con Gastón era lo suficientemente estricto. No lo perdonaba ni una. La jodía y ella respondía por tres. Yo no era tan estricta. Me fallaba una vez, y yo me cobraba sin que supiera. Creo que siempre supe que era un estúpido, así que si salía con alguien, yo siempre me enteraba, y se le cobraba con creces. Ni siquiera precisaba que se enterara. No era una revancha contra él. Era simplemente hacerle una caricia a mi ego, sobretodo cuando empecé a salir con Gustavo, doce años menor que yo y veintidós años menor que Pablo. Realmente lo disfruté porque era colega de Pablo del estudio y había entrado como abogado junior. Pablo estropeó la relación, y yo le seguí la corriente. Una porquería de relación. Pero nos servía a los dos. Agustina en cambio era diferente. Ella amaba a su marido. Nosotras cuatro, Carola. Isabel, Carmen, y yo, teníamos nuestras vidas entreveradas, con hijos propios, hijos ajenos, mediohermanos, ex esposas, ex suegras, todo un verdadero conventillo. Pero Agustina era nuestra mascota. Ella era feliz. Hasta que la rubia ondulada apareció en su vida, y en menor forma en la de nosotras.
Cuando me di cuenta que lo de la póliza en verdad me molestaba porque había puesto en evidencia toda la verdad de nuestra relación, decidí que era hora de hacer algo por el prójimo. Decidí erigirme como una paladina de la justicia. El estúpido del marido de Agustina se merecía un escarmiento, así que decidí sin decirle nada empezar a seguirlo. Sabía donde trabajaba, me conseguí una dirección falsa de correo electrónico, y conseguí un detective por internet. Le hice un giro con un nombre falso y le pedí que investigara a la familia equis. Al marido, y a la mujer. Todo esto último fue para disimular, como si la investigación si algún día se descubría algo apuntara a la rubia ondulada. No solo le pedí fotos en duplicado, sino también un video con copia. Dos semanas después, tuve todo documentado. El cronograma del día a día de Francisco estaba todo detalladito. Sus idas al estudio, sus almuerzos, sus reuniones de trabajo que casi siempre terminaban en un hotel de alta rotatividad muy conocido, hasta los gustos por las habitaciones temáticas que elegían. Había que imaginarse a Francisco en una sala Tudor poniéndose las pelucas blancas de la época. Un horror. Uno de esos días ubiqué a la rubia, una pasante que había visto varias veces en el estudio de Pablo, y que aparentemente también trabajaba para Francisco. Le faltaba clase. Una rubia ondulada, groseramente curva y con boca de depravada. De esas que te las llevás a la cama, y lo lamentás de por vida. Pero así son los tipos. Lo que si me maravillaron fueron las fotos de Agustina. La pobre de Agustina con un marido estúpido y de pésimo gusto. La mascota del grupo. Las fotos de Agustina y Pablo eran más que surrealistas. No eran los dormitorios temáticos de algún mueble más o menos cotizado, eran las casas de Carmen, Carola, Isabel y mi propia casa. La decadencia era total. La traición de su marido hizo que se dedicase a encamarse con todos los maridos de sus amigas. A mi, realmente me hizo gracia. Nunca pasó por mi mente contárselo a las otras tres mosqueteras en desgracia. Unicamente me acordé de lo minucioso y sistemático que era Pablo. Todos los días de cada semana, de cada año, de cada quinquenio, de cada década tomaba aquellos antioxidantes. Cada mañana tomaba con el desayuno una cápsula de antioxidante. Una capsulita mitad gris mitad dorada. Ese día cuando yo me volvía a ver acostada en aquella camilla, con aquellos tipos metiéndome una sonda o una aspiradora para aspirar a quien podría haber sido mi única hija o mi hijo varón, tomé un papel de seda, empecé a separar cada parte de los antioxidantes, sacar lo que tenían dentro, y volver a llenarlos con un veneno para ratas que tenía en el garage. Después que hice esto me deshice del veneno, y empecé a cambiar las grageas que tomaba Pablo. Un día una normal, un día una de mi confección privada. A la semana, cuando su gastritis se volvió casi crónica, empecé a espaciar las cápsulas. Dos o tres buenas, una falsificada. Nunca volví a abrir mi puerta contigua. Los problemas gástricos de Pablo se agudizaron y tuve que llamar a sus hijos, que en definitiva eran los herederos de su seguro de vida.
La última vez que vi a Agustina fue en el entierro de Pablo. Ella me vino a saludar, yo la alejé y la miré a los ojos. Y supe, recién en ese momento supe que ella se había enamorado realmente de Pablo. Lástima que demasiado tarde.

Los raros

Camino siempre despacio de regreso a casa. Me gusta mirar las baldosas y hacer jueguitos, piso esta, me salteo la otra. Amago una y piso la otra. A veces hago como si estuviera jugando al ajedrez al caminar y según sea caballo o alfil o torre lo que muevo, me deslizo suavemente, como patinando. Casi siempre cuando estoy caminando canto. Me gusta cantar. Estoy en el coro del colegio, aunque yo canto otras cosas, no esas pavadas que te hacen cantar en los coros. A veces pienso que estoy medio loca. Escuché a mamá decirle a mi tía por teléfono que yo siempre estaba ida, pero no entendí lo que quiso decir, ida, a donde?. Las personas grandes tienen lenguajes raros. Recién este año me empezaron a dejar ir sola al colegio. Siempre me tenía que acompañar o mi madre, o mis hermanos, o la señora que limpia, pero yo no quería que me acompañaran. Me hacían burla por venir acompañada, como si fuera una nenita de tres años. Ya cumplí ocho y estoy en tercero y mis compañeros salvo dos o tres, son medio tarados. Los otros dos o tres que no son medio tarados, son raros como yo, o tienen padres medio locos o divorciados. Ahora me dejan venir sola y con una sola cola de caballo, porque antes me peinaban con dos colas y en el colegio me hacían burla, y cuando estaba distraída me pegaban chiclets. Una vez que me di vuelta justo en el momento en que Sofía me estaba plantando el chicle, le di tal sopapo que nunca más pasó ni siquiera cerca de donde yo estoy.
La mejor de todas es Laurita, aunque es media burra. Pero es buena y además le tengo mucha lástima porque tiene una cara muy triste. Ella no dice nada, siempre está callada. No es muda, aunque todos los de la clase le dicen “la muda”. Pero ella no habla porque no quiere, o porque no tiene gansadas para decir como el resto de la clase. Solo contesta si le pregunto algo, sino, se sienta al lado mío y se queda calladita. Un día que quería jugar con ella, la agarré del brazo, y ella dio un chillido y se soltó. Después me explicó que era porque tenía el brazo lastimado y le había dolido, pero yo creo que es porque tiene unas lastimaduras muy feas y no quiere que nadie de la clase las vea. Yo las ví un día que hacía mucho calor y Laurita estaba distraída y se empezó a remangar la camisa del uniforme. Cuando se dio cuenta enseguida se bajó la manga. Lo raro que el último día me pareció que era el otro brazo el que tenía lastimado. Capaz que tiene los dos lastimados. Capaz que los hermanos la pelean y la lastiman. Después está Viviana. Ella es divertida y nos reímos, pero a veces se quiere hacer la viva y me copia los deberes, y los problemas de matemáticas. Pero no puedo culparla mucho. La madre se murió, y dicen que el padre se emborracha o algo parecido. Me parece que gusta de Marcos, aunque él está todo el día con los tarados de Javier y Nacho hablando de pavadas y diciendo malas palabras. Somos cinco los raros. Martín es uno de los varones. Le gusta estar con Laurita o con Viviana o conmigo, pero no lo puede decir porque los demás varones le hacen burla de que se junta con las raras, pero cada vez que puede, o cuando los idiotas están lejos, se nos pega a nosotras y nos hace reir. Vivi dice que gusta de mi, pero no estoy muy segura. A mi Martín me gusta, pero distinto. El caso peor es Agustín. Creo que a Agustín no le gustan los varones. No se si le gustan las niñas, pero es el más raro. Es bueno conmigo, sabe jugar a las damas y no molesta a las niñas, pero los varones son malos con él. Una vez vi que le gritaban ”Agustín la marica” , pero él no les hizo caso. A veces son tan malos los niños… A veces quisiera que se murieran todos, los que le hacen esas lastimaduras a Laurita, los que le gritan a Agustín, los que le hacen burla a Martín, y los que lastiman a los perros, a los gatos y a los pájaros. A veces pienso que eso de hacernos confesarle al cura si tuvimos malos pensamientos, o si hicimos cosas malas es medio entreverado. A mi no me gusta contarle nada al Padre Francisco, porque es un viejo nabo que no entiende nada. Pero si yo algún día veo a alguno de los varones lastimando a algún perro, o haciendo sufrir a un gato, o tirándole un hondazo a un pájaro, y agarro una piedra y se la estrello en el medio de la cara al desgraciado, no quiero tener que ir a confesarme al Padre Francisco. Por eso debo de estar en el grupo de “los raros”.
Yo no sé por qué estoy en el grupo de los raros. No se si me pusieron los demás de la clase, si fueron los profesores, o si fui yo porque tengo pocas pulgas como dijo un día mi padre. Estaba hablando con unos colegas, y oí que les decía, -la menor es media rara, habla poco, aprendió a jugar el ajedrez a los seis años, y siempre anda como en el limbo, y además es de pocas pulgas. Yo no entendí mucho. Para mi la única que tenía pulgas era la Meche que es la labradora que nos había aguantado a todos sin jamás a morder a nadie, no siquiera a Matías que la maltrataba abiertamente. Un día que Matías estaba fastidiando mucho a la Meche, y ella lloraba pero no le mostraba los dientes, solo lloraba, yo agarré un libro que había sobre el escritorio y se lo tiré por la cabeza. Saltó Matías, saltó la Meche y el pobre libro quedó culito para arriba en el piso. Matías no se mete conmigo porque sabe que si me enojo le puedo pegar fuerte, pero siempre trata de hacerme trampa cuando juega a las cartas. A veces mi mamá me ponía una cosa pero para mi era para los mosquitos y no para las pulgas, pero no estoy segura. No se si tengo pocas pulgas o pocos mosquitos, o poca paciencia como mi abuelo, como dice mi abuela. No se si soy rara, aunque a veces cuando veo a mis compañeros de clase y los veo tan malos y peleadores, o cuando veo a mis hermanos y los veo tan mandones y tramposos, o cuando veo a la gente que siempre está gritando, o mintiendo o tratando de que no se enteren los vecinos, entonces no me importa ser rara, y muchas veces me dan ganas de andar a las pedradas con todos los no raros.

miércoles, 28 de julio de 2010

Todos los hombres de la Presidenta

Cuando me llamó Fernando a la oficina, me pregunté quien le había dado el número. Hacía poco que me había asociado a este estudio, y pocos sabían donde quedaba, y mucho menos el teléfono. Podría haberle preguntado cómo me había encontrado, pero pensé que era darle demasiado trascendencia y solo le pregunté que quería. El dijo que bla bla bla, todo lo que habíamos vivido, que aunque solo fuera por todo eso, que nos debíamos una charla. Yo estaba segura que no le debía nada, absolutamente nada, pero el eterno femenino conciliador salió a flote, y le dijo, bueno, cualquier día de estos nos tomamos un café. El insistió, -ponele fecha, y yo como aquel que dice obligado cualquiera pelea, decidí patear para adelante y le dije te llamo la semana próxima. Por supuesto que no tenía la más pálida idea de llamarlo ni la semana próxima ni nunca. Después que lo dejé ya no quise saber más nada, pero los hombres son malos perdedores. Y yo soy poco asertiva. Cuando me llamó para decirme que nos debíamos una charla, yo debería haberle dicho que tuviera su última curda y que se fuera a llorar su sermón de vino solito.

Tal vez fue porque mis dos hijos mellizos, Juan Carlos y Francisco, o sea Juanca y Panchito me tenían verde con sus vidas mal resueltas. Juanca estaba estudiando veterinaria, y tenía una novia medio bohemia, que hacía ocho años que había venido a Montevideo a estudiar fotografía con una beca, y aún seguía sin terminar de aprobar ni el primer semestre. Y como ella era tan dejada y mediocre, él empezó a emparejar para abajo, y dejar sus parciales y exámenes para el próximo semestre. Un desastre. El otro, Pancho había abandonado diseños de página web, hizo unos pininos en abogacía, después notariado, también se le había ocurrido educación física y últimamente estaba entusiasmado con el periodismo deportivo. Yo me había separado del padre de los chicos hacía pocos años, pero seguíamos hablando cada tanto de las barrabasadas de los dos y de a quien le tocaba cada vez levantar los muertos que dejaban . Garufa, vaya que sos divertido. Garufa, vos sos un caso perdido. Acá no era un garufa, eran dos, y se habían tomado en serio sus calidades de bacanes, cuando en realidad, no generaban ni un peso y solo gastaban Decidí cortarles radicalmente los víveres, y la cosa venía medio torcida.
Por otro lado Nacho, con quien estaba saliendo hacía dos años también me tenía verde, pero con sus celos de Gustavo, mi socio en estudio, un abogado cincuentón, pintón y viudo, y que últimamente me estaba haciendo veladas insinuaciones de lo solo que se sentía. Sus ojos se cerraron y el mundo sigue andando, su boca que era mía ya no me besa más…
Y también estaba papá. Padre también hay uno solo. Uno busca lleno de esperanza el camino que los sueños prometieron a sus ansias. Sabe que la lucha es cruel y es mucha pero lucha y se desangra por la fe que lo empecina.
Ahora me acuerdo de mamá, que siempre quiso hijos varones, nietos varones, bisnietos varones y tataranietos varones. . Varón…pa’ quererte mucho, varón pa’ desearte el bien, Por Dios, y yo no puedo ni soportar sus limitaciones. Los chicos viven hace veintidós años en esta casa, y cada vez que les pido que pongan la mesa, o preguntan donde están los cubiertos, o donde están los platos. Nunca logré ni que Guillermo, mi ex, ni que Nacho mi actual, ni que los mellizos bajaran una solo vez la tapa del inodoro. Un día me fastidié y puse un cartel de 60 x 60 que decía “LA TAPA NO SE BAJA SOLA”. Lo solucioné hasta que tuvimos reunión en casa, sacamos el cartel, y vaya uno a saber donde fue a parar.
Hoy por hoy uso un baño yo sola donde siempre hay papel higiénico, pasta de dientes, el inodoro está limpio, siempre hay toallas y jamás tiene ningún tipo de olor.
Ahora se pelean entre ellos, porque cuando se acaba el papel y nadie lo cambia, o no se llevaron toalla y gritan Mami, o Adriana, o Nena, alcanzame un papel o la toalla, me hago la sorda. No hay peor sordo que el que no quiere oir. Y no entro en ese baño. Le cierro la puerta, y es un lugar que no existe en mi casa. Ni siquiera se los hago limpiar. Que aprendan a ser prolijos, o que vivan en la mugre. Cuando uno de ellos, no me acuerdo cual, me vino a increpar, por qué no hacía limpiar ese baño, yo busqué en mi memoria alguna letra de tango a tono, pero no se me ocurrió ninguna. Entonces le dije, porque la esclavitud fue abolida hace años, y nadie tiene por qué limpiar un baño de tres mugrientos que ni siquiera hacen el mínimo esfuerzo porque esté por lo menos potable.

Bueno todas estas situaciones me tenían poco clara, así que cuando me hablaron de que debía alguna charla, no estuve clara como hubiera debido. Había veces, en que me hubiera gustado estar a 3.000 millas submarinas de todos estos varones. Pero no era tan fácil. A veces me sentía acobardada como pájaro sin luz. Todos estos hombres sacándome la energía. Sentándose a mirar football, durante horas como si fuese lo único que se podía mirar. Yo no existía. A veces los muchachos traían amigos, y no se cómo se atrevían a dejarlos pasar al baño. Yo el mío no lo cedía, ni prestaba, ni siquiera si alguien estaba con enterocolitis. Pero un buen día, el pobre pájaro se quejó de que se estaba quedando sin ninguna luz. Fue así que apareció Juan.

Hoy se positivamente que nunca quise a Juan, pero eso en realidad no importaba. Juan me hacía reir. Juan era casado, compañero de trabajo y doce años menor que yo, por lo cual su desempeño en todos los aspectos de nuestra relación, era indudablemente mejor que los jovatos que conocía y había conocido. Juan no tenía que tomar ninguna pastillita azul. Pero no pasaba por lo sexual. Juan me hacía reir. Si Juan no me hubiese hecho reir, jamás hubiésemos coincidido en una cama.
Con Juan me reía tanto, que a veces se fastidiaba porque yo me reía tanto que no entraba en el climax. Yo le decía, Juancito, decime algunas pavadas más que cuanto más me ría más seco te voy a dejar.

Hasta que un día la mujer de Juan se enteró de las infidelidades de su marido, hizo el tal escándalo, llamó a mi casa y habló con Nacho, quien fastidiado le pasó el tubo a uno de los mellizos.
Los tres machitos se hicieron los ofendidos y se alquilaron un apartamento con servicio de mucamas, así no tenían que usar baños sucios.
Cuando me volvió a llamar Fernando para tener la charla que supuestamente le debía, le hice una cita en un boliche con Nacho y con mi padre.

Hasta el día de hoy no he vuelto a ver a ninguno de los cinco. Aunque me llaman al celular, me mandan mails, flores y hasta desayunos para el cumpleaños.
Pero yo estoy feliz, conocí a Javier que es gay, muy limpito, divertido, cocina como los dioses, le encanta tener la casa limpia y no me jode la vida, y adora a Gustavo, el viudo, que no está tan mal.

domingo, 6 de junio de 2010

La muerte del cisne

La muerte del Cisne

La muerte es algo total y definitivamente antiestético. Por eso nunca quise hacer el papel de cisne. Algo tan hermoso, tan blanco, tan suave y sutil no debería morir.
Entonces me acordé de las interminables clases con Madame Rosa, y sus chillidos histéricos o coléricos según se tratara de una “attitude” mal resuelta o de un “battement cloche” lastimero o de un espantoso “pas de bouree”.
Hasta ese día a nadie le habían ofrecido interpretar al cisne, aunque todas sabíamos la coreografía. Yo personalmente prefería otras heroínas. Si bien La Muerte del Cisne de Saint-Saenz tiene una música exquisita y el lucimiento de la primera bailarina es notable, y en este punto me acuerdo de haber visto varias versiones, casi todas de rusas, la de Makarova, la Plisetskaya, y últimamente las de Zahharova y Semionova que en vez de bailar sus brazos parecían alas ondulantes muy suaves,
era un cisne real y verdadero con esa elegancia de movimientos. Debo destacar la escuela francesa con la Pontois, Elisabeth Platel, y últimamente Sylvie Guillem. Si bien la danza surgió por el 1400 en Italia, la escuela francesa le agregó la elegancia y suavidad de los movimientos en contraposición al virtuosismo técnico de la escuela rusa. Todas impresionantes. Un deleite para ojos y alma.
Pero ya me fui por las ramas como hago siempre. Yo tengo otro tipo de temperamento y a mi me gusta más Carmen, la habanera de Bizet.. Hasta la música me va mejor. Y me gusta esa coreografía con la seducción del comisario y del torero al mismo tiempo. También me hubiera gustado competir si la puesta en escena hubiera sido de “El Corsario” o “Don Quijote”, hasta le propuse a Madame que me pusiera de Princesa Aurora de La Bella Durmiente, porque también era un papel para mi, porque me atrapó la versión de Irina Kolpakova, ”, pero Madame Rosa había decidido que sería La Muerte del Cisne, así que mis aspiraciones de seducir habían quedado postergadas por el camino.
Ana y yo éramos amigas desde niñas, por lo cual no pensaba que hubiera celos entre nosotras por ese maldito papel. Me equivocaba.

Ahora me acuerdo que mi gusto por la música vino casi de la cuna, pero el del ballet posiblemente fuera anterior todavía, es como un gen agregado.
Madame Rosa nos reunió y dijo que si bien todas podíamos hacer el papel, había alguien que además de dominar la técnica, tenía el alma y la sensibilidad de interpretar al cisne. Yo estaba mirando a Ana cuando Madame Rosa dijo mi nombre, y me asustó lo que vi en su rostro. Era rabia. Rabia, frustración y celos. También un poco de odio.
Me levanté y le pedí a Mme. Rosa que pusiera a alguien más, porque si bien me encantaba el papel, no quería hacer de cisne.
Mme. Rosa me miró largo rato , miró a Ana, y finalmente decidió darle el papel a Marta.

El día del estreno el nerviosismo era terrible y cuando entró Marta con su tutú de tul inmaculadamente blanco y bordado en lentejuelas plateadas, no podíamos sacarle los ojos de encima. Especialmente Ana. Su tutú era hermoso, pero el otro era espectacular.
Cuando nos estábamos maquillando miré a Ana.
Si bien sus manos fueron rápidas, mis ojos lo fueron aún más, y pude ver como vaciaba disimuladamente su frasco de delineador sobre los tules blancos de Marta.
Ella levantó los ojos y me vió. Yo sostuve la mirada, pero no dije nada y seguí maquillándome.
La crisis de llanto de Marta se pudo solucionar. Con unas pinceladas aquí y otras allá se la convenció que ella hiciera de Hada de la Noche, y el papel de cisne recayó en Ana.
Nunca hablamos de lo que había pasado. Solamente los ojos de madame preguntándome inquisidores.
Yo no respondí. No podía.
Ni Ana ni yo volvimos a tocar el tema. Volví a acordarme de esto muchos años después. Hasta ese entonces compartimos trapos, novios y fiestas. Una amistad a prueba de balas como decían nuestras madres. Ninguna sabía entonces lo que pasaría años más tarde. Tampoco sabíamos que ni el mejor pegamento hubiera podido reconstruir aquella amistad de tantos años.

miércoles, 2 de junio de 2010

Mujer con tijeras

Mujer con tijeras

Escuché las campanadas del reloj de la Catedral.
Nunca le había prestado atención a aquel sonido, porque siempre había otros ruidos que se le superponían, pero ese día había terminado tarde en el trabajo, y como estaba cansada, decidí no salir.
Por lo tanto las doce de la noche me agarraron por sorpresa en el living de mi casa, descalza y en camisón, escuchando música, leyendo y fumando.
Demasiadas actividades para una sola persona, pensé.

Mi marido tenía una cena de camaradería y lo esperaba alrededor de la una, y mis hijos habían ido a bailar a alguna de esas discotecas para adolescentes.

Nunca me había importado quedarme sola. De hecho, muchas veces disfrutaba de ese estado del alma en que uno está consigo mismo. Por eso no había invitado a nadie a visitarme hasta que llegara Gonzalo.

Me había bañado, y me había puesto el camisón, y aquí estaba sentada en el living, descalza y tratando de leer a Borges, con Mozart como música de fondo. Toda una gratificación.

No sé en que momento empecé a sentir una suerte de aprensión. Algo andaba mal. No se sentía ningún sonido, salvo la música, pero algo en mi mente empezó a alertarme. Nunca supe bien que era la adrenalina, pero fuese lo que fuese empezó a circular por mi torrente sanguíneo, y puso todos mis sentidos alertas, y mi corazón empezó a galopar en forma desbocada.

Fui a mi dormitorio y prendí las luces. No había nada extraño. Por una de esas cosas de la vida, abrí el placard y me puse el salto de cama. Luego abrí el costurero y en un acto totalmente mecánico, saqué las tijeras guardándolas en el bolsillo de la bata.

Entré al baño principal y también encendí la luz, sin encontrar absolutamente nada extraño.
Así fui recorriendo todas las habitaciones, una a una, baños, departamente de servicio, en todos lados iba dejando las luces prendidas. Estaba tan obsesionada que hasta prendí la lámpara de pie del living, amén de las dos lámparas de las mesas ratonas, y las arañas del techo.

Toda la casa se inundó de luz.

Si bien me sentí más aliviada, la sensación de que algo no estaba bien no se me apartaba de la mente. Volví al living, y cuando me estaba acomodando nuevamente sentí un ruido en algún lugar de la cocina. La cocina no era demasiado grande, pero tenía una terraza lavadero que daba a los pozos de aire del edificio.

La puerta normalmente cerrada con llave tenía vidrios, y reja con barrotes de metal un tanto separados para mi gusto.
No había instalado ninguna alarma en el departamento, porque en el edificio que vivía antes se disparaban a cada momento sin motivo aparente, y estaba cansada de aquellos chillidos estridentes que sucedían con mucha frecuencia.

Miré el reloj. Eran las doce y cuarto. Respiré hondo, y me levanté del sillón sin hacer ruido dirigiéndome a la cocina. Uno normalmente no sabe que hacer ante situaciones que nunca se le plantearon. A veces piensa, si me pasara tal cosa, haría tal otra, pero eso nunca es así llegado el momento.
Si me hubieran preguntado en otro momento como hubiera reaccionado ante una situación similar, creo que hubiera contestado que me habría ido del departamento en camisón, y me hubiera quedado en el pallier, o le habría golpeado a algún vecino.

Pero no hice nada de eso.
Directamente me encaminé a la cocina a enfrentarme con lo desconocido. Supongo que tal vez me encomendé a Dios, pero tampoco estoy segura.

En la cocina no había nada que me llamara la atención. Cuando me volví de espaldas para regresar al living, sentí algo extraño.

Me acerqué a la puerta de la terraza, y vi un agujero redondo en el vidrio a la altura de la cerradura.

Creo que todo pasó en un segundo, me acerqué al vidrio y allí estaba el hombre, alto, con una media en la cabeza. No Pude ni atinar a gritar porque se me congeló la voz en la garganta, y allí estaba esa mano metiéndose por el agujero del vidrio y agarrándome el brazo. Me sacudí de aquel contacto viscoso y con la mano libre saqué las llaves de la puerta que estaban puestas en la cerradura y las tiré al otro extremo de la cocina. Creo que esto enfureció al hombre que hizo más presión en mi brazo, y empezó a apretarme contra el vidrio, gritándome “Puta, no vas a salvarte de este”.
Empecé a tratar de girar mi cuerpo para liberarme cuando vi las tijeras que asomaban apenas por el bolsilla de mi bata.

Esta vez el movimiento no fue mecánico. Agarré las tijeras con mi mano libre y mirando fijamente aquella mano fuerte y de dedos peludos las clavé con tanta fuerza que sus aullidos de dolor y rabia deben haber resonado en el silencio de la noche, porque se empezaron a prender luces en las ventanas de los otros apartamentos. Envalentonada porque ya no me sentía tan sola, hice girar la tijera en la herida para que me soltara.

Afortunadamente para él y para mi, soltó la presión que ejercía y saltó de la terraza al patio de abajo, y trepando por una escalera de incendios hacia la azotea, se perdió de mi vista.

lunes, 31 de mayo de 2010

Abrazos

Abrazos





Salió de su trabajo sobre las 190 horas. Tenía que encontrarse con él en el lugar de siempre. Antes de salir del edificio se miró en el espejo del pallier y se acomodó un poco la chalina rosa viejo que contrastaba con el tapado negro y de buen corte. Salió al frío invernal y enfiló hacia la calle 25 de mayo. El salía de su oficina y la recogía en determinada esquina todos los martes y jueves de todas las semanas desde hacía cuatro años. Ninguno de los dos tenía compromiso, pero sí hijos adolescentes que vivían con ellos, por lo cual los encuentros eran solo en hoteles. Ella le había pedido unas cuantas veces que estuviera allí antes que ella llegara porque no le agradaba estar esperando en una esquina y menos en una esquina de la ciudad vieja y a esa hora, pero él casi nunca estaba cuando ella llegaba, y a veces tenía que esperarlo hasta veinte minutos. Cuando llegaba nunca se disculpaba, y siempre decía que a último momento lo había llamado algún cliente, o que había tenido que ir a visitar a alguno. Siempre que lo estaba esperando pensaba, si se demora más de diez minutos, me doy media vuelta y me mando mudar, y que se joda. Pero nunca lo hacía. Sobre las 19 y 25 vio llegar el auto que se arrimó al cordón. Ella abrió la puerta, entró y lo saludó. Era un día que no estaba muy motivada, y el fastidio por la espera con ese frío que taladraba se le notaba en la cara. El preguntó: -que te pasa?. Ella hizo un gesto ambiguo levantando los hombros, -Nada, dijo, cuando en realidad estaba pensando que te creés que me pasa pedazo de imbécil, hacerme esperar 25 minutos en esta esquina de mierda, pero nada de eso dijo, solo un nada anodino y escurridizo. Se cruzó de piernas en el auto y sacó un cigarrillo de su bolso. El la miró e hizo un gesto de fastidio. No le gustaba que fumara dentro del automóvil y se lo había repetido las suficientes veces como para que hasta un débil mental lo registrara. Pero ella estaba lo suficiente fastidiada con la espera en el frío, que se llevó el cigarrillo a la boca, lo prendió y largó el humo suavemente por la boca, al tiempo que abría apenas su ventanilla. El comentó, -la calefacción está prendida, y con la ventanilla abierta nos vamos a congelar. Ella lo miró, sonrió apenas y le dijo –Yo ya estoy congelada. El la miró de costado e hizo un gesto con la cabeza, moviéndola de lado a lado, como quien niega muy despacio. –Bueno, dijo se me complicó en la oficina, llegó gente a último momento y no pude salir antes. Ella sin mirarlo, viendo fijamente hacia delante, respondió –Siempre se te complica, todos los martes y jueves de Dios se te complica, hace años que se te complica llegar en hora. Bueno, esta es la última vez que te espero. El jueves si no estás a las 7 de la tarde estacionado, ni siquiera te molestes en venir.

El se sonrió y le puso la mano sobre la rodilla, y siguió subiéndola bajo la falda. Ella se puso tensa, pero no retiró la mano ni dijo nada. Cuando subieron la escalerita del hotel, el le acarició la espalda sobre el tapado, y de detuvo más debajo de la cintura. Ella abrió la puerta y entró al dormitorio. -No me gusta este lugar, es demasiado vulgar. El se sacó el abrigo, lo colgó en el perchero, fue al baño a lavarse las manos y volvió. Abrió el frigobar y sacó dos miniaturas de Something Special y la cubetera del hielo. Sirvió los dos whiskies, el suyo con un chorro de agua mineral, y se acercó a ella con los dos vasos. Ella continuaba parada sin sacarse el saco. El dejó los vasos apoyados en la mesita ratona, se acercó a ella y empezó a desabrocharle el tapado. Luego lo colgó junto al suyo. Le dio el vaso, tomó el suyo, y con la otra mano empezó a acariciarle el pelo, bajando hacia la mejilla. Le pasó los dedos por la boca tentándola para que la abriera y le mordisqueara los dedos. Ella sacudió apenas la cabeza como quien se desprende de un pensamiento feo, se metió el dedo mayor y el índice en la boca lo miró a los ojos, y empezó a descender su mano libre hasta llegar a la entrepierna del hombre. Solo ese gesto bastó para que se desatara todo, y vino la urgencia de los dos, desvistiéndose, arráncandose la ropa, el intimamente agradecido porque ella le había dado el gusto al ponerse las medias negras con siliconas y el body negro. Después todo acabó y él se tendió de espaldas y la abrazó. Ella no le dijo nada pero agradeció aquel gesto.

Luego se sentó en la cama y prendió un cigarrillo. El le pidió una pitada. Ella se la dio. Cuando él terminó de soltar el humo, se giró en la cama y le dijo: -Es raro, nunca me decís que me querés, ni siquiera cuando hacemos el amor. ¿Vos me querés?. ¿Por qué estás conmigo?

Ella miró el techo, luego lo miró, volvió a mirar el techo y le dijo –Los hombres siempre necesitan que los quieran, aún en el caso de que ellos no quieran, necesitan que se los quiera. Yo te quería. Creo que te quise. Capaz que todavía te quiero. Solo que un día cualquiera me di cuenta que ya no era lo mismo. La única que daba algo en esta relación era yo. Tu solo tomabas lo que se te daba, pero eras incapaz de corresponder. Entonces un día empecé a quererme más yo misma.Y las cosas dejaron de importarme, o de dolerme. ¿Por qué estoy contigo? Te podría decir montones de estupideces solo para lastimarte, como por ejemplo que los dos somos adultos, que necesitamos tener sexo, que necesitamos que la persona sea agradable, se bañe todos los días, tenga buen aliento, no sea promiscuo, no tenga sida, tenga determinada educación, sea delicado, tenga una conversación agradable etcétera, etcétera. Bueno todo eso también, pero realmente yo te veo todos los martes y jueves desde hace años solo para que me abraces. Uno no puede andar por la vida pidiendo que lo quieran, pidiendo que lo abracen. Y nadie te abraza. Y yo necesito que me abracen para continuar viviendo. Yo necesito que me toquen. No me alcanzan los mails, ni los mensajes de celular. Ya casi nadie llama por teléfono, solo mensajes o mails con estúpidas cadenas. Pero yo necesito otro tipo de comunicación. Yo necesito que me sonrían, que me toquen, que me acaricien, que me abracen, y si para eso hace falta tener sexo, bueno, es un precio accesible, y puedo pagarlo.

Cuando ella lo mira a la cara, ve toda su cara bañada en lágrimas, y el abrazo de él es tan enorme que ella lo único que puede hacer es acariciarle la espalda para que sus terribles sollozos se calmen.

viernes, 28 de mayo de 2010

Ruleta Rusa

Ruleta Rusa

Todo empezó, o tal vez debería decir terminó, de una manera totalmente ridícula. Nunca había pisado la rula, un poco por
falta de interés, un poco por tacañería y otro poco por desidia.
O porque nunca antes le habían hecho una invitación formal.

Pero ese viernes la reunión estaba sosa, y había abusado un poco
del whisky.
Alguien en algún rincón de la sala sugirió la salida hacia el casino.
Como la diversión estaba escasa, varias voluntades aceptaron la invitación. El se plegó mansamente a los demás. Ese fue el primer error.
El segundo ocurrió cuando en plena rambla uno de los autos reventó un neumático y tuvo que desertar de la expedición, previa llamada al Automóvil Club.
Alguien a su lado le dijo –“quedate con nosotros hasta que venga el auxilio”.
De hecho no quería ni quedarse a esperar ni ir al Casino, pero los otros eran más y sus gritos apremiándolo a acompañarlos fueron más convincentes.
Cuando finalmente la mitad del grupo llegó, tuvo lugar el tercer inconveniente. No le permitían el acceso sin corbata.
Estaba a punto de hacerle caso a su yo, cuando alguien dijo que tenía una corbata de más en el baúl del coche.

La suerte estaba echada.

La vio apenas entró y ya no le pudo sacar los ojos de encima. Se le pegó como una gata mimosa y su estúpido ego creyó o quiso creer todas las zalamerías de que hizo gala.


Se despertó con dolor de cabeza. Miró el techo y no reconoció las manchas de humedad de uno de los ángulos. Tampoco reconoció la cama.
De un salto estuvo en el piso y tampoco reconoció la moquette gastada.
Levantó el auricular del teléfono y estaba sin línea.
Empezó a recorrer la habitación y salió al corredor. Obviamente era un hotel. Cerró la puerta. La resaca era terrible y no podía recordar absolutamente nada.
Hasta que buscó su billetera en el pantalón.
Cuando hizo el recuento le faltaban la billetera, todas las tarjetas de crédito, el dinero que llevaba y su reloj pulsera.

Mal pudo explicar a la policía quien había cortado la línea del teléfono, así como no tenía dinero para pagar la noche de hotel.
Tuvo que ir a declarar a la comisaría antes de poder hacer la denuncia del robo de las tarjetas.

Más difícil fue explicarle a Alicia, que estaba en Colonia cuidando a su madre recién operada, en que gastó los casi cinco mil dólares de las tarjetas de crédito, que según el estado de cuenta eran en su mayoría de tiendas de mujer.

Escollera con nueces y zapatos rotos


Escollera con nueces y zapatos rotos


Los días grises tienen esa suerte de tristeza parecida a la de los atardeceres.
Por eso no me gusta recordar a mi padre esos días.
Sin embargo ayer era un día gris, oscuro y triste, y su recuerdo se me apareció delante de esos papeles que garabateo diariamente.
Justo enfrente de los saldos bancarios estaban sus ojos grises.
Con uno de esos ademanes que tendríamos que saber que son inútiles, traté de tocar su rostro. Por supuesto que no toqué nada y mi mano quedó como suspendida en el aire. Mi cerebro no le debe de haber enviado ninguna contraorden, porque quedó ahí quieta.
Esperando.
Entonces recordé.
Tantas, tantísimas otras veces mi mano había quedado ahí, deseando tocarlo, y se había quedado quieta, Inmóvil.
Al llegar al corte habitual del mediodía, decidí ir hasta la escollera. A él siempre le había gustado pescar en ese lugar, y mi trabajo no quedaba tan lejos. Si bien no estaba vestida para la ocasión, con el tailleur color manteca y esos zapatos muchísimo más elegantes que cómodos, fue un impulso fuerte ir hasta allí.
Tal vez la cercanía de las fiestas, o sus ojos sobre mis papeles, o vaya a saber lo que. El hecho es que llegué a la escollera despertando más de una mirada curiosa y alguna que otra grosería, pero ni me importaron las miradas, ni las groserías, ni mucho menos lo que estaban sufriendo los benditos zapatos altos en aquel lugar tan poco apropiado. Había unos cuantos pescadores para ser mediodía, pensé. Aunque en verdad tampoco tenía ningún parámetro de comparación. Nunca había ido a la escollera un día de semana, y menos a mediodía.
El hombre me llamó la atención. No sé si fueron sus manos, diestras para abrir aquella caja de madera manchada por los años, o la forma y paciencia con que manejaba la tanza y los anzuelos que tenía prolijamente ordenados por tamaños. Tal vez fue lo corpulento que era, o aquel camperón de cuero que había conocido varios inviernos, o sus zapatos, gastados pero de buena calidad.
Como pude me senté a su lado. La pollera corta no me impidió acomodarme con las piernas colgando hacía el oleaje. Casi me río pensando en las consecuencias que podría tener que se me cayera un zapato al agua. Me imaginé el camino de retorno a la oficina, oliendo a pescado y con un zapato solo en las manos.
El hombre volvió su cara hacia mi y me miró.
Estuvo largo rato contemplando mi cara, luego sus ojos bajaron a mis manos y se detuvieron un rato. Por último miró de reojo mi pollera y mis zapatos “al tono”, y volvió a mi rostro.
Fue entonces que dijo: ­“-Ya veo que recibiste mi mensaje. Solo a vos se te ocurriría venir este lugar vestida como estás. Tu despiste sigue siendo el mismo”.
Lo miré incrédula. Este diálogo no es real, pensé. Esto no está pasando.
Sin embargo, y para mi asombro le contesté: “-Y que querías, que fuera hasta casa a cambiarme. Vos estás jubilado, pero yo no”.
El sonrió y dijo “Nunca te quedaste callada”.
Luego preguntó: “Estás bien?”. Le contesté: “Hago lo que puedo”. Fue lo último que dijo. Miró su caña que estaba haciendo señas inequívocas de que algo había “picado”.
Se concentró en lo que estaba haciendo como si yo no existiera, pero de pronto su mano agarró la mía y la apretó fuerte. Luego la soltó.
Entonces fue mi mano la que tomó la suya. No hubo ni siquiera un minuto de duda. Tomé aquella mano y la acaricié.
Y no se por qué vino a mi memoria una mesa con mantel blanco, con nueces almendras y avellanas. Pensé, se me pasó el 8 y todavía no hice el árbol. Hoy sin falta lo hago.
Cuando miré a mi lado no había nadie. Busqué con la vista pero no encontré ni rastros del camperón, ni de la cajita. Nada.
Como pude me levanté y empecé el camino de retorno.
Creo que sentí una voz cascada que decía: “La gente se chifla desde joven. Mirá sino, venir así vestida y ponerse a hablar sola”.
Me vino un acceso de risa, pisé mal y vi que uno de los tacos se había separado lastimosamente del zapato. Ya no pude controlar las carcajadas. Me lo saqué y con pinta de ejecutiva en desgracia comencé a caminar con un pie calzado y el otro descalzo hacia la ciudad de cemento.
Seguía riéndome

viernes, 14 de mayo de 2010

Grandulón

Fue en una de mis tantas visitas al campo, donde lo conocí.

Había tenido que viajar a la estancia de los Elizalde por la firma de unos papeles.
Los hijos nunca habían sido una maravilla, mas bien todo lo contrario. Mientras vivió el matrimonio la cosa se aguantó, pero el mismo día que metieron el cajón del viejo en el panteón, empezaron las peleas.
El peor fue siempre Fernando, que hasta quiso pedirle la parte a la pobre vieja viuda, el mismo día del velorio.

Saltó sobre el auto con una furia total, mostrando los dientes.
A pesar de que siempre me gustaron los animales, este realmente logró conmocionarme.

Era un tremendo perro negro, enorme, y sus ojos eran casi rojos.

-¿Rogelio, le dije al capataz, de donde salió este animal?.

-Bueno, me dijo- este bicho es malo de alma.
-Era del patroncito Fernando, que lo crió malo como él.
-“Diablo”, le puso de nombre, porque es cruza con lobo.
-Como el patroncito se fue para Montevideo, y el animal es intratable, le preguntamos que hacíamos con el.
-Ud. sabe como es Fernando. Si no quería a sus padres, menos iba a querer a un perro mestizo, a pesar de haberlo criado. Maténlo, mandó decir.
-Pobre animal, si hubiera tenido otro dueño, otro hubiera sido su destino.
Pero ya ve. Hoy va a venir el veterinario a ponerle la inyección.

Me quedé pensando en las palabras del capataz, y le dije –avíseme cuando llegue el veterinario.

Todo el protocolo que iba a hacer, me llevó como dos horas, y después me quedé a almorzar.

Sobre las tres de la tarde, salí a la galería a tomarme el café que no había tomado dentro.

Me senté, prendí un cigarrillo, y ahí nomás apareció el perro con cara de pocos amigos.

Ahora no ladraba. Se sentó a cinco metros y me miró. Nos miramos.
Y de repente me acorde del zorro de “El Principito”.
“Si quieres ser mi amigo tienes que domesticarme. Tienes que venir todos los días a la misma hora. Uno es responsable de lo que domestica”.

Entonces empecé a hablarle. No me sabía “El principito” de memoria ni mucho menos, pero le dije en voz bien fuerte:
-¡Perro! Te voy a contar una historia, pero estate bien atento porque te va la vida en ello.

Y le hablé, le hablé y le hablé por más de dos horas. De hecho nunca supe que le dije. Solo hablé con él o conmigo mismo, pero hablé.
El perro empezó a acercarse reptando. No se había parado. Solo avanzaba de a poco sobre su barriga.
Cuando estaba a un metro de distancia, empezó a mover la cola.
Se sobresaltó con la bocina del veterinario.
-¡Perro!, le grité, no te muevas.

Quedó petrificado donde estaba.

Conocía al veterinario hacia muchos años, y cuando me vino a saludar me dijo:
-¿Seguís rescatando animales?.

-Hago lo que puedo, le dije.

Mirando al pobre perro negro, me dijo:
-Lástima de animal, pero con este no vas a tener suerte. No quiere a nadie.

-Quien sabe, le dije. Capaz que es al revés.
-Déjelo, yo me voy a hacer cargo de él.

-¿Estás seguro?

-Si llego a tener algún problema, se lo llevo para que termine lo que venía a hacer.

-Suerte muchacho, dijo cuando volvió a subirse a la camioneta.

-Miré al perro, y le dije en voz más baja pero enérgica:

-¿Oíste Perro?. Vas a aprender a ser buena gente, o vas a dejar de ser buena gente.
-Otra cosa, no me gusta ese nombre que te pusieron, y no te voy a llamar toda la vida Perro, así que ahora cuando yo diga Grandulón, venís enseguida.

Me paré y empecé a caminar.
El perro estaba quieto donde lo había dejado.
Cuando había avanzado diez metros, y estaba de espaldas le grité:
-¡Vení, Grandulón!.

Eso fue hace diez años. Grandulón todavía está conmigo.
Cada vez que voy al campo lo llevo. El veterinario no puede ni creer que sea el mismo perro.
Hasta el cura del pueblo me dijo:
-Muchacho, que hiciste, ¿lo exorcizaste?.
- No, Padre, este muchachón tenía un problema de personalidad. No le gustaba el nombre que le habían puesto.

Justino

Justino

La alegría del pobre viejo era contagiosa.

Yo me pregunte varias veces de donde saldría ese espíritu casi infantil.

Cuando se reía su boca desdentada temblaba y todo su cuerpo se sacudía.

Era peón de la estancia de los Arregui.

Supo tener mujer, pero hacia años que la había enterrado junto a los deseos de tener dos o tres negritos juguetones.
Tampoco eso se le dio.

Dedico toda su vida al patroncito Andrés, que –entre nosotros era un mal bicho-, y aunque lo había visto nacer, le había enseñado a caminar y a montar a caballo, nunca logro que le dijera Justino. O tío Justino, o negro Justino.
Siempre lo llamo Negro.
Vení, Negro, ensillame el tordillo, Negro. Cebame unos mates, Negro.
Cuando se puso más viejo, la diabetes le trajo de regalo una ceguera.
Todos pensamos que Justino no duraría.
Pero no, nos equivocamos.

El negro sobrevivió a su mujer, a sus hermanos y a sus patrones.
El patroncito Andrés ya no le pedía nada, porque como decía: - “Este negro de mierda ya no sirve ni pa’ cebar un mate”.
Pero Justino pasaba sus días en la estancia y todo el que lo conocía no podía entender que lo mantenía vivo.
No tenia familia, no tenia sueldo porque ya no podía trabajar, no tenia ojos que le recordaran el cielo azul, el amarillo de los maizales, o la sonrisa de su mujer, pero el negro siempre estaba riendo.
Cuentan que un día Facundo, el yerno de Arregui, que le tenia aprecio al viejo, quiso sonsacarle algo.
-Justino, le dijo. ¡Que maravilla de hombre!. ¿Cómo hace para estar siempre tan contento?.
- Fácil m’hijo. Tengo mis memorias.
Facundo miro un largo rato a Justino, antes de preguntar:

-¿Que memorias son esas Justino?

El viejo, que hacia años que tenía ganas de hablar, de que alguien le preguntara algo, de recordar en voz alta, respondió:

-M’hijo, vos te acordas de tu niñez, de tus abuelos, de la primera vez que fuiste a la escuela, de tu primera novia. De todas tus primeras veces.
Yo me acuerdo de mucho más.

Me acuerdo de la vez que estaba esperando a la finadita –mi mujer- sabes.
Estaba solo, sentado en unos troncos en el monte.
Pero en realidad no estaba solo.
Estaba el silencio, la luna redonda, las ramas que se movían con el viento, y todos mis sueños de futuro.
¡Vaya si era un negro soñador!.
Dispués el destino se encarga de bajártelos de un hondazo, pero en aquel momento, uno era joven, era fuerte y se creía que esa primavera del alma iba a durar para siempre.
Con la finadita –que en paz descanse y Dios la tenga en la Gloria- nos gustaba salir a caminar a la hora de la siesta.
Caminábamos y caminábamos, y nos entreteníamos mirando colibríes, churrinches, benteveos y mariposas.
A la finadita le encantaban las mariposas.
Las negras y amarillas, las blancas, pero las que mas le gustaba eran las azules.
Esas grandes –viste- con los bordes de las alas plateadas.
Ahora no preciso cerrar los ojos para verla correr.

Todavía la veo corriendo, con las trenzas negras flotando, riéndose, persiguiendo siempre mariposas azules.

Aun siento el perfume de aquellas tardes de siesta.
Aun escucho el aleteo de las mariposas.
Y sueño todas las noches con ella.
Llamándome. Riéndose y llamándome entre risas.
-Vení Justino. Vamos a correr mariposas.

Facundo quedo tan maravillado con las palabras de Justino, que decidió que tenía que hacer algo, cualquier cosa, para ayudar al viejo.

Se acordó entonces que en el Hospital de Tacuarembó tenia aquel amigo oftalmólogo que tantos éxitos había tenido devolviéndole la luz a los que estaban a oscuras, y que además le debía muchos favores.

Ni siquiera le consulto a Justino sobre si a el le gustaría intentar recobrar la vista.

Dio por hecho que su deseo de hacer la buena obra del día alcanzaba y justificaba su intención.
Solo le dijo al viejo:
-Justino, la semana próxima prepárate que nos vamos pa’Tacuarembó.

Justino hacia años que no salía de la estancia –parte por su ceguera, parte por su vejez, pero sobretodo por no tener adonde ir ni que hacer en otro lugar, pero no deseando contradecir al Facundo, solo dijo:
-Lo que vos digas, muchacho.

Lo que paso después fue muy lento, pero rápido de explicar.
El Dr. Barrios era tan bueno como la fama que tenia, y la ceguera de Justino causada por una diabetes no de nacimiento, sino ya cuando rondaba los cincuenta, no fue ni siquiera un desafío parta el medico.

Como el Dr. Barrios solo le debía favores a Don Facundo, ni se molesto en hablar con Justino para explicarle la operación y mucho menos para decirle que había ido todo bien.

Solamente le dijo a Facundo: -El viejo quedara de maravillas en unos días.-

Ya de vuelta en el pago, Facundo informo a Justino que las vendas que tenia en la cara debían permanecer dos semanas, que pasaron volando.

El día esperado, Facundo llevó al viejo al casco de la estancia, y lo hizo sentar en el salón grande, donde todos, incluido el mal bicho del patroncito Andrés, esperaban la sorpresa que les había adelantado Facundo.

¿-Que es tanto alboroto?, dijo Justino al sentir las voces y los cuchicheos de la gente que lo rodeaba.

-Nada Justino. Es que vamos a sacarte esas vendas.

Cuando Facundo se puso a cortar las gasas, el viejo empezó a temblar.
-Tranquilo, negro, que te tenemos una sorpresa.

Cuando finalmente le sacaron la ultima gasa, el salón estaba apenas iluminado, recomendación del medico.

Justino abrió los ojos, recorrió la habitación y los volvió a cerrar instintivamente al tiempo que lloriqueaba, - no entendiste nada m’hijo-.
Lo único que me quedaban eran mis recuerdos. Y mis recuerdos no son estos.
Mi recuerdo de este salón era el olor de los jazmines y la patrona llamándome para que alimentara a las gallinas, o a los chanchos.
Mi recuerdo era el patroncito Andrés buen mozazo y con 20 años, mi recuerdo era de otra vida en que fui feliz.
-Para que quiero yo esta luz en los ojos, cuando ya no se que hacer con ella.-

jueves, 13 de mayo de 2010

Amistades Peligrosas (Crónica inventada del Caso Feldman

Amistades peligrosas

La Dra. Benítez venía caminando por el pasillo del juzgado, haciendo caso omiso de las preguntas impertinentes de los periodistas. Eran como un enjambre furioso, ahogándola con los micrófonos.
Los apartó como quien espanta mosquitos, con un gesto de su brazo derecho, y entró en el despacho que tenía asignado para su vista preliminar.
Maruja, su asistente de tantos años, la estaba esperando con el café recién hecho. Cuando estaba en camino le había avisado por el celular que lo tuviera pronto. Maruja le ayudó a quitarse el tapado corto y demasiado chillón, y le corrió la silla del escritorio, como un marido atento.

—No lo puedo creer. ¿Quien llamó a declarar a este estúpido de Parrado?
Yo creo que se presentó el solo, porque necesitaba algo de cámara. Y como nadie lo llama para pedirle su opinión de psicólogo, llamó el mismo a la prensa.
-¿Vos leíste las estupideces que dijo?. Mirá, léelas en voz alta.

“En base a estos aspectos, Parrado explicó que “visto desde afuera, Saúl Feldman era una persona socialmente aislada. Tenía escasos o muy restringidos vínculos. Una persona introvertida. Emocionalmente con pocos vínculos conocidos: amigos, pareja, vecinos, etc. Esos rasgos se ajustan y son funcionales a una persona que tiene una actividad ilícita. Habitualmente se tiende a aislar para que la gente no sepa lo que está haciendo”.

—Esta descripción para mi es la de cualquier adolescente tímido de 13 años que se encierra a masturbarse. Pero hay que joderse con este Parrado, se cree que descubrió la pólvora cuando en realidad está haciendo el papel del que estudió psicología por correspondencia, justo en la época de la huelga de correos.
Así que entonces como tipificaría a los Peirano Brothers. No se escondían, vivían bien visibles, y estafaron a un pueblo.

—¿Me llamó la Dra. PocaMontas?

—Ay Doctora, no la llame así, porque cuando llame me voy a tentar.
Si, la llamó por el tema de la comisaría 12 y del grupo GEO, y sonaba bastante disgustada.

—La recontraputa madre, ya se enteró de que Feldman preguntó si eran de la seccional 12ª. A propósito, averiguame quien es el comisario de la 12.
-¿Y a quien mierda se le ocurre decir que el tipo se suicidó con 18 balazos? Hubiera sido menos sangriento que se suicidara con un tenedor de plástico.
Y sale Jorge que más bien parece un pato, a cada paso una cagada, a patear el tablero con especulaciones y acusaciones que solo salen de su mente febril.
—Y el otro, –el que dice estupideces- sale a hacerle bromas a sobre el Viagra. Todos sabemos que Batlle es una máquina de decir pavadas, pero tiene diez mil cosas para caerle, y no justamente con la edad. Se ríe el muerto del degollado
Si yo fuera Jorgito, le agradecería el consejo y le diría ¿y por casa, cómo andamos?

Ambas mujeres se ríen.


—Gracias a Dios Maruja, que si hay dos cosas que nosotras no vamos a tener nunca, es problema de próstata y usar viagra.

-Doctora, si me permite, la pregunta, Ud. que cree, que pasó?

—Mirá Maruja, yo no se bien lo que pasó, pero tengo estas dudas:
¿Fue un accidente fortuito, que requirió la llamada a los bomberos?
¿O fue provocado?.
En una casa vacía justo hay una factura de una veterinaria con el nombre Feldman. ¿De donde sacaron la dirección de Shangrila tan rápido? ¿Vos fuiste alguna vez a un balneario y encontraste la dirección así como así?. Nooooooo, tenés que dar mil vueltas porque es la manzana B, solar H, y cuando preguntás nadie sabe donde queda nada.
¿Por qué fue la policía de Montevideo, y no la de Canelones al operativo?
¿Cómo carajo el grupo GEO dejó todo para el otro día dándole tiempo de hacer desaparecer la documentación?.¿A quien comprometían los papeles?
Como todo eso fue el fin de semana largo, con un clima de porquería, yo estaba afuera, y nadie, nadie, me llamó, cuando me llaman hasta cuando meten adentro a cuatro o cinco de las barras bravas.
Como decía mi abuelita: Mala tos le siento al gato. Es más, no se si le siento mala tos, o hay gato encerrado, y me parece que más de uno.
Además se apresuraron a decir que no hay móviles políticos. Yo no creo que los tenga, pero espere un poquito antes de decir nada.
Y lo que si espero a que nadie se le ocurra embarrar más la cancha diciendo que esto tiene alguna connotación antisemita.
Y por último, la frutilla de la torta, me acaba de llamar el Juez Jorge Díaz y el Fiscal Perciballe, para invitarme a almorzar. Claro que no pagan ellos. Lo meterán en la bolsa de los gastos de viáticos, pero de cajón que me van a pedir que les esconda algún esqueleto en el armario. Saben que yo tengo contactos, investigadores, y que no me voy a tragar el cuento que me quieran hacer creer. Creo que me llaman para negociar. Para tapar a algún jerarca del Ministerio del Interior o del de Defensa.
Alguien autorizó las cuatro cédulas falsas. Alguien no revisó los permisos de armas a un no coleccionista. No se si está metido alguien del Servicio de Armamento del Ejército, o capaz que viene por el lado del gobierno.

—Dra., que está insinuando, Ud. piensa que el hermano de Rodolfo puede tener algo que ver?

—Maruja, no se cuántos años hace que trabajás conmigo, pero cada vez te parecés más a Monsieur Hercules Poirot. Estás razonando casi como lo haría yo. Pero no eran armas nuevas. Creo que eran armas uruguayas, o que compró el estado uruguayo en algún momento. O que confiscó el gobierno uruguayo en algún momento, o que alguien le robó al ejército uruguayo.
—¿Me seguís?

—Si, doctora, pero como la conozco hace años, se cuando está lúcida y puede descifrar algo en veinte segundos, y cuando está con miedo. ¿Que le pasa?

—Ya sabía yo que eras mejor que Poirot. No me reconozco, estoy lenta, miedosa, preocupada. Te diría que estoy aterrorizada.

—¿Qué le sucede, doctora, es esto de Feldman, o es otra vez su hija?

—Acertaste de nuevo. Esto de Feldman es algo que tarde o temprano se va a solucionar, y en cuanto a las cédulas falsas, ya deben tener al chivo expiatorio a quien cargarle el fardo, y lo mismo ocurre con el tema del arsenal. Los milicos nuevos ya deben tener a algún cabeza de turco a quien enchufarle el fato. Y si no, dejaran pasar el tiempo y con la Navidad y el Fin de Año, nadie más va a querer acordarse de lo de Feldman

La doctora se sienta, se pasa la mano derecha por el pelo, se mira las uñas muy prolijamente manicureadas, mira a Maruja y le dice:

—Hoy hice algo horrible, pero no pude evitarlo. Sandra hace tiempo que me tiene preocupada, y vos lo sabés. Entre la banda de estúpidos que faltan al liceo con ella, yo no se si son “dark” o “floggert”, todos con el mismo corte de pelo, todos vestidos de negro, y con la cara llena de aros, aritos, piercings, yo que no estoy en todo el día, estos tarados que me roban las botellas de whisky como quien le saca caramelos a un ciego. No sé, se juntó todo y algo más, algo que no te puedo explicar.
Intenté hablar con ella varias veces, pero no me habla, me mira con una cara como del más allá, y noté que me empezó a faltar dinero. Como la señora que tengo es de toda confianza, le pregunté a Sandra, y por supuesto negó todo. Pero me empezaron a faltar sumas grandes, así que dejé de dejar dinero en casa. Y ayer me di cuenta por casualidad, que no estaba mi pulsera de malla de oro, que hace quinientos años que no la uso, pero ayer, abrí el cofre para sacar otra cosa, y faltaba la pulsera.

Maruja, la mira, le sirve otro café, y le pregunta:

—¿Qué es lo que hizo hoy que está tan aterrorizada?

—Metí a alguien en este baile que puede estar implicado en el caso Feldman, y me aterra lo que pueda descubrir de Sandra. Y me aterra más que me pida reciprocidad si tiene que sacar a Sandra de algún lío.
Vos sabés que tengo una casi amistad con Guarteche.
Hoy seguí a Sandra al liceo desde lejos, y ví que no entraba. Se juntó con varios de estos engendros en la esquina del colegio. Esperé un rato y vi como una camioneta grande llegaba y se subían todos. Tomé la matrícula y llamé a Guarteche.
Tengo terror en lo que va a pasar en la próxima media hora.
Si me llama Jorge Díaz y me dice que Guarteche está involucrado, y si me llama Guarteche y me dice que mi hija –que ya cumplió los 18- está involucrada en consumo y comercio de droga.
Tengo terror pánico de que suene el teléfono.

Maruja se pone a recoger las tazas de café usadas, cuando suena el teléfono privado de la doctora.
Las dos mujeres se miran.
Maruja se acerca lentamente al teléfono que sigue sonando.

El día menos pensado

EL DIA MENOS PENSADO


Cuando Ana me llamo, parecía preocupada. No le di mucha

importancia por teléfono por dos razones, la primera, que ella es de las

que se ahogan en un vaso de agua, y la segunda, había moros en la

costa en las dos casas, por lo cual ella solo podía hablar en clave, y yo

debía hablar con mis propias claves, lo que tornaba la conversación en

un galimatías espantoso.


Quedamos en vernos ese mismo día a las cinco de la tarde.


A la hora indicada, me paso a buscar, y nos fuimos a uno de esos

boliches del Parque Rodó, donde se puede hablar tranquila, y nos

sentamos afuera, por lo del “millón de gracias por no fumar”.


Ana no tenía una cara muy alegre, pero como todas las gorditas, tenía

un cutis precioso y además su humor –salvo ese día- era exquisito.

Nunca le oí decir una mala palabra, un insulto, o cualquier otra

grosería, de las que estamos acostumbrados a oír.

Lo máximo que dijo jamás, fue “allez caguer a les malvons”, por lo

Cual cuando se sentó, y dijo “larecontraputisimamadrequelocienmilpario”, todo junto, con

gran énfasis, y sin silabear, casi me desplomo.



¡La puta! – dije, debe de ser bravo para que vos utilices este

vocabulario.

Si, nena, hoy estoy como loca. Ayer estuve como loca, y hasta que esto

no se solucione de una buena vez voy a seguir loca, nerviosa, e

intratable.

Bueno- dije- conta de una vez que me tenes en ascuas.

-Resulta –empezó a contar-, que se pudrió todo con Fernando. A decir

verdad, hace años que esta todo podrido, pero vos sabes como son esas

cosas, “nunca falta un roto para un descosido”, así que estaba todo

roto, pero cada cual en lo suyo, lo íbamos llevando como podíamos.

Pero como el diablo nunca tapa la olla, la semana pasada le dije que

me iba con Graciela a la estancia. Claro que no iba un cuerno a la

estancia, sino que me fui con Gonzalo a Florianópolis. La coartada era

perfecta, porque Fernando odia el campo, el teléfono funciona cuando

quiere, y Graciela estaba avisada, por si las moscas.


En esto llego la moza, y me dio un respiro para poder entender todo el

meollo. Pedimos unos cortados, y esperamos hasta que volvió con ellos.


-En Florianópolis pasamos de película con Gonzalo, el tiempo estaba

soñado, así que hicimos playa, y todo lo demás que fuimos a hacer.

Se ríe, y dice – Mira si lo habré pasado bien, que no fui de compras, ni

una sola vez, te lo juro.
-¿Y entonces que paso?, le pregunto.

Ana suspira, me mira a los ojos, y dice en vos baja:

-El ultimo día, cuando nos estábamos volviendo, y meta reírnos en el

lobby del hotel, por una portuguesada que se mando Gonzalo con el

gerente, siento una mirada.

–¿Viste cuando notas que te están mirando??. Bueno, yo sentí esa

mirada, y me di vuelta, y a quien me encuentro……….


-¡Dale conta que me estoy haciendo la película!


Ana me mira, y me dice, -no se si reírme o llorar. Ahora contarlo es

fácil, pero en el momento, no sabes, quede como estatua de cera. Ahí

mismo, parado detrás mío, estaba Juan Carlos, el hermano de

Fernando con la mujer y los hijos.


-No sabes que papelón. Papelón no, PAPELONAZO con mayúsculas.

Demás esta decir que ni me saludo, el muy estupido. Y además no lo

dieron las piernas para llamar a Fernando y contarle todo. Que

piernas, ni que ocho cuernos, lo llamo del hotel el gran jodido. Mala

persona.

Me entere de esto por Gabriela, la mujer de Juan Carlos, que me llamo

al celular, y me dijo – Ana, el tarado de mi marido llamo al hermano

para pasarle el chivo. Que te sea leve. No puedo hablar más- y me

corto.

-Así que te imaginaras que la vuelta no fue de maravillas. Gonzalo

estaba preocupado, pero en realidad, el problema era mío, no suyo, así

que empecé a hacerme películas, de lo que le habría dicho Juan Carlos,

como estaría Fernando, etc., etc..

-Nosotros teníamos un pacto de “Vive la vida loca”, pero este

encuentro en público fue nefasto.

Justo a este tarado de Juan Carlos, que nunca salio más allá de la

playa Pocitos, por si le robaban el auto o la casa, se le ocurre ir al

mismo lugar que yo.

-Y además seguro, que Fernando le contó a tu marido, así que si te

pregunta algo hace como los tres monitos – ciegos, sordos, y mudos.


-Difícil para Sagitario, le digo. Cuando llamaste, y quedamos en

vernos, tenia parada la oreja, y me pregunto quien era. Como yo

argentina en el asunto, le dije que iba a tomar algo contigo. Me miro

con una cara rara, y movió la cabeza, pero como yo ya no le doy mas

bola a las caras raras ni a los movimientos de cabeza –si quiere hablar

que hable, y si no que calle y no joda, pensé que era porque le había

cambiado el canal, porque ya me tenia repodrida de ver football.

A veces, me gustaría que se callara para siempre, como dicen en las

iglesias, “el que sepa un impedimento que lo diga o que calle para

siempre”, pero.... en fin en todas las casas se cuecen habas.

Fernando ya debe haberle contado con, pero a mi ni mus.


-Sabe que somos muy amigas, así que no te dijo nada. Pero el tema

mayor no es ese. Cuando llegue Fernando estaba sentado en el living.

Los muchachos no estaban.


Me miro y me dijo –Esto ya ha ido demasiado lejos. Ya no podemos

seguir juntos, ni vivir en la misma casa, por lo cual he decidido que

seas vos la te vayas. No quiero ni pensar en que Juan Carlos le haya

contado a toda la familia.

-Eso es lo único que te importa, le dije, el que dirán. Que dirá la

estúpida de tu vieja y los estúpidos de tus hermanos. No me pienso ir a

ningún lado. Además, no creo que vos hayas hecho vida de monje en

esta semana, ni en la anterior, ni hace dos años. Así que como están las

cosas, yo no me voy nada!.

-Después de ese día, no volvimos a dirigirnos la palabra. Antes nos

hablábamos poco pero en forma cordial, después del lío, el dialogo se

corto como con Argentina y las papeleras.

-Pero el muy ruin me jugo una mala pasada. O dos. Hablo con los

muchachos, que son tan hijos de el como míos, y les lleno la cabeza de

basura, de rencor. Ahora son ellos los que no quieren hablar conmigo.

-Y ayer cuando llegue tenia un cedulon. Parece que hablo con alguno

de estos abogados caros y tramposos, y me pide el divorcio por notoria
mala conducta, con posibilidad de perder todos los gananciales, la tenencia de los hijos, y todavía tener que pasarle una pensión alimenticia.
-Te lo podes creer??????

A esta altura del partido yo ya había entendido toda la situación. Y no era fácil.

-Marta – me dijo, necesito tu ayuda. Necesito conseguir una muy buena abogada, y que me salgas de testigo.
-Testigo de que – le pregunté ?.
-Bueno, no se de que, pero ya la abogada me dirá.

-Que te va a decir la abogada, las mentiras que me tengo que aprender de memoria??

- Vos sabes que podes contar conmigo para casi todo, pero no me hagas decir mentiras.
- Habla con tus hijos, no de a uno, sino con los tres juntos. Tus hijos no son tontos y deben saber que Uds. dos, los dos, habían dejado de ser un matrimonio hace mucho tiempo. Que los dos tenían otras vidas. O no es así?.
- Estoy dando por sentado que todo lo que me contaste es cierto, por lo cual la única diferencia fue que te vieron en público, que si bien es importante, no altera demasiado la situación anterior. Si todo esto es así, creo que los chicos te van a apoyar, y pueden hablar con el padre para que todo el tema de la separación sea lo más llevadero y justo posible. Por otro lado nunca me comentaste, que tu relación con Fernando estaba terminada hacia tiempo. Por lo mismo, de que te voy a salir de testigo?.
- De hecho, nunca me comentaste nada personal. Yo era la amiga a la que le pedías prestada ropa, dinero, joyas cuando querías aparentar en los casamientos. Nunca compartimos nada. Solo una amistad social.
Así y todo, podes seguir contando conmigo, pero no voy a enchastrar a tu marido solo porque te amenace con sacarte los gananciales.

Ella me mira. Tiene la mirada cansada.
Tiene la mirada cansada, y los ojos tristísimos, cuando me dice:
-Siempre supe que eras vos la que se acostaba con mi marido. Pero así y todo nunca lo quise admitir en mi cabeza, porque de verdad te apreciaba, y Fernando había dejado de importarme hacia mucho tiempo. Dejo de importarme el mismo día que supe que estaba saliendo contigo. Ese mismo día. Y aun así, no te culpe a vos.

Sonríe tristemente, dice –Gracias por tu tiempo-, se levanta y se aleja por Gonzalo Ramírez hacia el mar.