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domingo, 15 de mayo de 2011

Visiones

Cuando Claudia compró la casa nunca pensó que terminaría haciendo lo que siempre reprochaba de los demás. Tampoco pensó que después de tantos años se volvería a encontrar con Mariana.
Su infancia en Durazno había sido terrible. En pueblo chico todos sabían de todos y no podía salir porque todos los vecinos estaban siempre detrás de las ventanas. Hasta su propia madre estaba en forma permanente en la ventana. Si cocinaba, veía un ángulo de la calle principal con la esquina. Si se sentaba a tomar mate en la puerta, la visibilidad era más amplia. Si estaba en el dormitorio tenía la visión de la calle de atrás. Hasta en el baño había una ventanita que daba al callejón. Claudia odiaba todo esto, porque cuando entraba ya su madre la recriminaba porque la vecina que vivía enfrente al colegio le había dicho que había estado conversando con un muchacho en la esquina del colegio. Si salía con amigas, siempre había alguna chismosa por la calle, o en la confitería, o atrás de alguna ventana dispuesta a llamar a su madre y ponerla al tanto. Tremendo lío se le armó cuando alguna de las corujas la vió fumando y fue con el chisme. Gracias a Dios a los 13 la mandaron a Montevideo. El lugar era horrible, pero por lo menos no había ventanas. Solo monjas que parecían de clausura y otras veinte chiquilinas todas del interior, y todas pupilas. La única distinta era Mariana. Ella no era del interior, era solamente medio pupila, no le gustaba ir con el uniforme aquel con las polleronas, y siempre iba con una pollera azul más corta de lo que las monjas permitían. Siempre tenía líos porque era muy contestadora. Claudia se sentía hipnotizada por Mariana, y a su vez Mariana empezó a confiar en Claudia, que era su única casi amiga. También había una monjita muy joven, que hablaba mucho con Mariana. Le decía “la rebelde sin causa”, y Mariana la llamaba “la novicia rebelde”. Las demás no le dirigían la palabra salvo para hacerle alguna recriminación.
—En este colegio de porquería me siento como en otra banda de sonido. Yo estoy en FM y todos los demás están sintonizados en AM. No puedo entender a toda esa sarta de comesantas, que se levantan rezan, se bañan, van a clases y rezan entre clase y clase, rezan antes de almorzar, rezan antes de acostarte, y me miran como si yo fuese de otro planeta. Se horrorizan porque me gustan las uñas pintadas, porque me gusta usar rimel y labiales y porque fumo a escondidas. No puedo hablar de nada con ellas. Por suerte yo me voy todas las tardes, pero estas ratas de biblioteca se quedan todo el día, tienen que dormir aquí y además tienen misa todas las tardes. Capaz que hasta les hacen dar gracias por no tener que convivir conmigo por las noches, y terminó la frase con una gran carcajada.
—Bueno, Mariana no es para tanto. A mi también me paspan. Pero yo estoy más acostumbrada. Me hacen acordar a Durazno y las mujeres en las ventanas. Aunque estas no están atrás de las ventanas, son las mismas caras, pero no tienen marcos de madera alrededor. Pero están siempre observando y cuchicheando unas con otras, y secreteando.

Así pasaron dos años. Mariana era rebelde pero casi siempre con causa y las monjas no podían reprocharle nada pues su escolaridad era impecable. No le gustaban las imposiciones, así que si bien sabía que tenía que ir con el uniforme completo, no transaba en el largo de las polleras. Las usaba del largo que ella considerada “potable”. Siempre usaba aquella palabra. También cuando alguna de las “comesantas” como las llamaba se ponían bravas usaba la palabra “infumable”. De a poco Mariana logró que a Claudia la dejaran salir algún fin de semana juntas. Solo de tarde y había que volver antes de las diez de la noche, pero Claudia descubrió otro mundo. El cine, los muchachos, ir a peinarse a una peluquería, maquillarse, usar medias de seda, usar zapatos de taco, fumar, y tomarse de vez en cuando algún cocktail. Nunca más tomó mate, pero le empezaron a gustar las polleras cortas como las de Mariana y pintarse las uñas, hasta las de los pies. También Mariana la llevó a una depiladora, y a un salón de belleza donde entró como una niña de quince y salió como una princesita de quince. Claudia estaba fascinada. No así las monjas. Llamaron a sus padres quienes cuando la vieron con aquel corte de pelo rebajado, las polleras cortas y las uñas pintadas pusieron el grito en el cielo. Las cosas se resolvieron de una manera absolutamente predecible. Suspendieron las salidas semanales de Claudia, separaron a las muchachas cada una en un grupo diferente, y a fin de año le pidieron a los padres de Mariana que la sacaran del colegio. Si bien sus calificaciones eran excelentes, ella no era para ese colegio. Los padres de Mariana que eran amplios como su hija, no tuvieron ningún inconveniente en cambiarla de colegio, no sin antes recordarles a las monjas que si la Iglesia Católica no se acompasaba al tiempo, con el tiempo la gente se iba a ir alejando.
Mariana ni siquiera pudo despedirse de Claudia. Solo la monjita joven la fue a despedir, Mariana la abrazó y le dijo al oído: —Cuando quieras pasar de monjita encerrada a mujer liberada, llamame. La monjita sonrió con tristeza, y la abrazó fuerte.


Después de la ida de Mariana, Claudia se encerró en si misma. Ya no formaba parte del grupo de las del interior, y se empezó a sentir como se había sentido Mariana. Sintonizando otra estación. Cuando salió del colegio no tenía ni una sola amiga, nadie a quien abrazar y decir hasta pronto. La universidad no fue mejor. Sus estudios iban bien, pero se sentía sola. No quería volver a Durazno porque allí ya no había nadie. Y las pocas relaciones con hombres no prosperaron. Ella estaba muy encerrada en si misma.

Los años fueron pasando. Para unos muy rápido, para otros más lentos, pero veinte años después Claudia se encontró abriendo cajas y cajones en la casa que había comprado.
Había sido una mudanza terrible, ya que tuvo que desprenderse de muchísimas cosas de la casa de Durazno. Muchas las regaló, otras las mandó a remate y algunas otras se las trajo con ella para su casa nueva en Montevideo. Los padres de Claudia dejaron la casa de Durazno armada para Claudia y su hermano, y se fueron a vivir a Salto con otro matrimonio de amigos. El hermano de Claudia se casó y se fue a vivir con su mujer a Paysandú, y no quiso nada de la casa de Durazno. Así que Claudia desarmó la casa, la vendió sin ningún remordimiento, y se compró en Montevideo, cerca del Parque Rodó con tantas ventanas como las que tenía en la otra.

Claudia nunca se había casado, y su vida, casi sin proponérselo empezó a parecerse a la de su madre. Se sentaba a tomar café en el porche y miraba la gente pasar. Sabía quien era quien en su cuadra y en la de enfrente, y ya casi distinguía las figuras de las otras dos cuadras. Le gustaba sobretodo ver aquellos dos niños gemelos que salían de una casa que estaba en diagonal con su casa. Nunca veía quien los despedía, porque la camioneta que los venía a buscar siempre interrumpía la visión. No sabía si era un hombre o una mujer quien los despedía a las 8 de la mañana y los recibía a las 5 de la tarde. Tampoco sabía quien vivía, porque sobre las 9 de la mañana salía un auto y lo volvía ver entrar sobre las 7 de la tarde. Posiblemente a los niños los recibiera alguna niñera, y después sus padres llegaran sobre las 7. También los mandados los hacían en auto así que tampoco podía ver quien entraba o salía de esa casa. Claudia conocía la vida de todos y cada uno de sus vecinos, aunque los gemelos eran sus favoritos. Se había convertido en una mujer solitaria y avinagrada. No le gustaba salir de su casa, así que ponía inyectables, tomaba la presión y hacía algún que otro quehacer en el ramo médico ya que se había recibido de instrumentista. Ejerció poco. No pudo resistir la presión y los llamados de madrugada ni las guardias de 48 horas. Tambien daba clases para preparación de exámenes de enfermería, pero su vida no existía. Ella vivía a través de la vida de los demás. Una tarde se animó y antes de que llegara la camioneta, salió de su casa y se encaminó hasta la casa de la esquina. Cuando llegó la camioneta los gemelos corrieron a subirse. Al arrancar logró ver a una mujer rubia que saludaba con un brazo en alto. Claudia se sobresaltó. Los años pasan para todos, pero esa era Mariana, estaba segura. La mujer miró en su dirección y la vio, y dijo en una especie de pregunta —¿Claudia?. Claudia se acercó despacio, y cuando estaba a diez metros dijo —¿Sos vos Mariana?. Ambas corrieron y se abrazaron durante largo rato. Claudia empezó a llorar. —Nunca pude decirte adiós. El día que te vinieron a buscar nos dejaron encerradas en un salón. Nunca me recuperé de eso. ¿Cómo estás tu?.
Mariana la separó, le sonrió y le dijo, —que casualidad verte. Pensé en nosotras mucho tiempo. ¿Vivís cerca?
Claudia se rió y le mostró su casa. La expresión de Mariana cambió. —¿Qué pasa, preguntó Claudia?.
—Nada especial, respondió Mariana. Solo que cada vez que paso por esa casa con tantas ventanas, y veo siempre una silueta tras las ventanas, me acuerdo de lo que decías de las mujeres atrás de las ventanas, “mujeres con marcos de madera alrededor”. —¿Vivís sola?, —¿Sos vos la silueta que veo detrás de la ventana?.
Claudia le sonrió y le dijo.—Si, soy yo. Vení una de estas tardes por casa y hablamos. Me muero por hablar contigo.
Al día siguiente se reunieron en la casa de Claudia.
Claudia resumió su vida en seis frases. —Muchas veces te eché la culpa. Me mostraste una visión distinta del mundo y después me dejaste sola. Más tarde me di cuenta que yo no había tenido el suficiente valor para seguir adelante. Cuando a vos te echaron o te invitaron a irte, yo me quedé tan sola como los hongos que crecen en alguna planta, y después mueren. Nunca pude recuperarme. Ni siquiera después que mis padres se fueron. Mi suerte ya estaba echada.
Mariana la abrazó. —Capaz que no pusiste mucho empeño. A mi tampoco me fue demasiado bien, y lo único que tengo son mis muñequitos. Pero me alcanza y sobra.
Claudia la miró y sin poder comprenderlo le preguntó: ¿Te quedaste viuda?.
Mariana, le sonrió desde algún lugar de la estratófera, y le dijo, –-—No, me topé con un violento, y casi no salgo viva.
Claudia, la miró como la miraba cuando tenía trece años, y Mariana sonrió. Sabía que quería saber, quería aprender.
Mariana, le tomó la mano, y le dijo: —Yo siempre fui muy gallita, y supongo que eso me trajo muchos, muchísimos problemas, pero al final, me salvó la vida, y le salvó la vida a Nicolás y Matías, mis muñecos.
Cuando conocí a Joaquín era un muchacho muy agradable, tus padres lo hubieran aprobado. Era de buena familia, buen mozo, trabajador y muy amable. Eso era solo la fachada. Era un celoso patológico. Me empezó a celar a partir de la luna de miel, de otra forma nunca me hubiera casado con él. Si tenía las faldas cortas, si las tenía largas, si me maquillaba, si no me maquillaba, si salía con el pelo suelto, si salía con el pelo atado, todo era motivo de problemas. Me arruinó cuanta fiesta tuve, si estaba escotada era lo mismo que si estaba vestida de monja. Si me miraba un tipo ya era un conflicto, así que te imaginarás que vivía de conflicto en conflicto. Hasta que quedé embarazada. Nunca supe como estos chiquilines nacieron bien. Me mortificó durante todo el embarazo. Por supuesto que eran suyos, pero era un enfermo.
Claudia la mira, y no puede creer lo que escucha. —Contame como eso de que ser gallita te salvó la vida.
—Bueno no fue eso exactamente, sino donde me hallaba en ese momento. También tuvo que ver eso. Los mellizos estaban ese día en el corralito jugando y tenían diez meses, y yo estaba en la cocina haciéndoles el puré de zapallo, papa y zanahoria, cuando entró Joaquín. No se que raye tenía en su cabeza, pero empezó con que aquellos bastardos le estaban arruinando la vida, y que yo no me iba a salvar. Que él no quería ser el hazmereir del barrio, y que el ser madre no me iba a salvar. Gracias a Dios que estaba en la cocina, y no en el living. Si hubiera estado en el living me hubiera dado la tal paliza, y yo posiblemente después lo hubiese matado, de una forma o de otra, pero lo hubiera matado, con un cuchillo, mientras dormía, con veneno o con un martillazo en la cabeza. Pero estaba segura que lo hubiera matado antes de que él tocara a mis hijos. Tenía esa obsesión con los gemelos. Pero Dios aprieta pero no ahorca, así que me encontró en la cocina. Cuando me tiró el primer golpe, miré alrededor y vi solita, ahí mirándome la cuchilla de cocina. La agarré y le tiré un cuchillazo en el antebrazo. Cuando se vió el tajo y empezó a sangrar, se puso como loco. Los gemelos empezaron a llorar. Me dijo —No vas a ser capaz. Yo le contesté —Solo probame. Me llegás a tirar otro golpe, y te mato. Como había estudiado medicina, sabía exactamente que cuchillada podía matarlo. Hice varias denuncias, pero sobre todo por mis hijos. Llamé a sus padres y les dije que ellos serían responsables si a mis hijos les pasaba algo. Supongo que eso surtió efecto. Lo internaron en una clínica y ahora está en pareja con alguna pobre mujer. Nunca le reclamé pensión alguna, para no darle ningún motivo adicional, pero eso sí tiene la visita prohibida. Los gemelos creen que su padre está muerto. Yo por las dudas siempre estoy en guardia. Con los locos nunca se sabe. Y tu vida como fue?
Claudia, la mira y vuelve a aparecer su mirada incrédula y de admiración.
Bueno después que te fuiste, ya nada volvió a ser igual. Salí de aquel maldito colegio sin ninguna amiga, terminé la universidad y mis relaciones con los hombres nunca llegaron a buen puerto. Una vez me embaracé y el muy estúpido me insultó y me dijo que no le importaba ni aunque fuese él el padre. Así que yo muy en contra de mis principios decidí interrumpir aquella gestación. Nadie debía de transmitir los genes de aquel mal bicho. Cuando al tiempo volvió con el caballo cansado a conocer a su hijo, le dije que lo había soñado. Que yo jamás me hubiese embarazado de un tipo enfermo como él. Se derrumbó, pero se lo merecía. Creo que eso te lo debo. Yo jamás hubiese dicho eso, pero el tipo se había hecho acreedor. Supongo que estoy reviviendo mi infancia, pero por lo menos no atormento a ningún adolescente. Aunque a veces pienso que estoy reviviendo mi pasado. A veces detrás de la ventana, estoy segura que veo a mi hermano volver del colegio en bicicleta y a mi madre mirándolo detrás de las cortinas de voile del living. Otras veces me veo a mi misma volver a Durazno a vaciar la casa de mis padres.
Pero la mayoría de las veces cuando miro el vidrio de mi ventana, me veo con quince años, un corte de pelo modernísimo, las uñas y los labios pintados y los ojos soñadores, soñando un futuro feliz que nunca llegó.