martes, 15 de julio de 2014

lunes, 9 de junio de 2014

viernes, 21 de febrero de 2014

jueves, 16 de enero de 2014

lunes, 25 de noviembre de 2013

Relaciones de colores

El matrimonio de Marta era incoloro, y ella adoraba el color, así que su balcón, su único territorio privado era una especie de invernadero. Cultivaba plantas de interior y de exterior y trataba de conseguir un color uniforme cada año. El año en que cultivó todas las flores rojas fue cuando quedó embarazada. Si bien no era muy coherente el rojo con el embarazo, ella atribuyó la pasión al sentimiento que tenía por la criatura en camino, así que había rosas, claveles, yerberas y alegrías rojas como la sangre. Cuando nació aquel muchachito tan débil, -había pesado 2,100 kilogramos-, su jardín se volvió blanco, y continuó blanco hasta que el chiquilín fue dado de alto tres años después. Recién ahí Marta pudo pensar en colores. Le encantaban los naranjas, rosados, amarillos, todo lo que implicara color le gustaba, y con un bebé sanito empezó a pensar en el azul. Así que su período azul coincidió con el de Picasso. Rodrigo era un muñequito pelirrrojo con unos increibles ojos verdes. Marta pensaba en su próximo período verde cuando los problemas con Rodri empezaron. El día que los peces rojos aparecieron flotando en la pecera, Marta no pensó en Rodri, aunque él estaba junto a la pecera culpando a la gata. La gata nunca se había acercado a los peces, y si lo hubiese hecho, los habría sacado de la pecera y se los hubiese comido. Gatúbela era totalmente predecible. No había sido ella. Marta estuvo mucho tiempo pensando en el asunto y su conclusión no fue muy halagueña cuando al oler el agua de la pecera, hasta las algas se habían decolorado y el olor a hipoclorito era tan intenso que hasta sus ojos se hubiesen decolorado. A partir de ahí empezó a estudiar a Rodri. Un día lo encontró en la cocina tratando de convencer a Gatúbela de que entrara al microondas. Cuando Rodri se dió cuenta de que lo estaban mirando, intentó disimular, pero Marta ya sabía. Gatúbela era muy rápida y Marta se dio cuenta de que cuando Rodri estaba cerca, ella desaparecía. Como estaba castrada, Marta tampoco temía por su descendencia, pero estaban Pancrasio el cocker spaniel y los loros Agustín y Coca, De a poco Marta empezó a ver sus jardines amarillos, el color del peligro que representaban para sus mascotas. Cada vez que Rodri estaba cerca Marta mandaba a Pancrasio a pasear con los paseadores. Con los loros era más difícil. Aún así Marta trataba que sus años de color bordeaux, no lo afectaran, pero un día cualquiera Marta supo con exactitud que su hijo pelirrojo era un pichón de monstruo. El día que Coca y Agustín desaparecieron, y Pancrasio se acercó a ella todo orinado y temblando fue cuando Marta se enteró qué estaba embarazada. Marta había visto la película “El Resplandor” basada en la novela de Stephen King, y empezó a imaginar a Rodri, enloqueciendo encerrado en un apartamento sobre 18 de Julio. Habló del tema con su marido totalmente incoloro, pero él no había notado nada. Al día siguiente Rodri se levantó y fue a desayunar con su madre. Marta lo miró. Era un muñequito pelirrojo y con unos increíbles ojos verdes. Su bebé. Recién cuando Rodri le preguntó cuando nacería su hermanito, Martha supo que si Rodri estaba ahí no habría ningún bebé. Marta no habia dicho nada de su embarazo y Rodri ya estaba enterado. Marta le sirvió el desayuno. Tostadas con mermelada y manteca. Jugo de naranja, huevos revueltos, y panqueques. Cuando Rodri le dijo que los pericos habían sido un estupendo desayuno fué cuando Marta supo que el café que le serviría a su hijo tendría un poco, pero la cantidad suficiente de cianuro.

La salud de los otros

Nunca, ni en mis más extraños pensamientos se me cruzó por la mente matar a alguien. Hasta que conocí a Gregorio. En realidad tampoco fue en ese momento. Fue mucho, muchísimo tiempo después que la rabia y la impotencia empezaran a darme ideas. Todo empezó cinco años atrás cuando en un baile de facultad mi hija conoció al más encantador de los muchachos, como dirían mis padres al presentárselos unos meses después. Según mis amigas era el príncipe azul. Prolijo, impecable, educado, cariñoso, qué más se podría pedir. Creo que solo su madre lo conocía como realmente era, pero ella no me puso sobre aviso. Pienso que no fue por maldad, o por querer sacárselo de encima. Creo que pensó que él iba a cambiar, o que mi hija iba a hacer que cambiara, pero la gente así no cambia, y yo aunque nadie me hubiese pronosticado nada, tenía aquella sensación desagradable que hacía que cada vez que lo miraba se me cruzaban por la mente las frases “cuando la limosna es grande, hasta el santo desconfía, o nada puede ser tan bueno” Gregorio pronto empezó a mostrar que además de ser un buen estudiante, y una buena compañía tenía celos enfermizos. Empezó muy suave, así que al principio fue casi imperceptible, además todo el mundo le decía a Valeria que lo hacía porque la estaba cuidando. Valeria se cuidó muy bien de que yo me enterara. Ella me conocía y sabía de lo que podía ser capaz. Si bien nunca fui una persona violenta, tenía arrebatos de ira cuando veía alguna injusticia y actuaba en consecuencia. Nunca me consideré Dios, pero estaba convencida que a determinadas personas que andaban paseando sus maldades por este mundo, alguien debía frenarlas. Y yo era una voluntaria entusiasta. Empezó todo en mi niñez con un abusador de gatos al que puse en su lugar con un brazo fracturado. Luego tuve otro episodio en el colegio con un ladroncito de cosas ajenas, al que también tuve que enseñarle a no tocar las cosas de los demás. Por lo menos las mías. También en mi adolescencia me había enfrentado a un golpeador, y casi lo mato. Me pegó una sola vez, pero cuando me iba a asestar el segundo golpe, tomé el cenicero de cristal que estaba atrás mío y se lo estrellé en la cabeza. Afortunadamente intervino mi padre, el tipo quedó internado con conmoción cerebral a causa de un golpe al caerse y nunca más lo volví a ver. Después del evento mi padre me miró fijamente y me dijo que si bien entendía mi causa, no podía ser tan extremista. En aquel entonces papá tenía un taller mecánico, y para canalizar mis rabias interiores me llevó a trabajar con él y me enseñó todos los trucos del metier. Así que mis días y vacaciones las pasaba entre bujías, alternadores, distribuidores, frenos de disco, frenos de tambor, líquido de freno, transmisión y todo lo relativo a los automóviles. Cuando Valeria y Gregorio se casaron no estuve de acuerdo de que se fuesen a vivir a Punta del Este, pero a él le había surgido una muy buena propuesta laboral, y Valeria que trabajaba en un banco podía pedir el traslado. Los veía muy poco, porque solo venían una vez por mes, y las veces que yo intenté ir, siempre tenían algún programa, o se iban al Chuy, o tenían un casamiento, o saldrían a cenar con amigos. Igual hablaba casi todos los días con mi hija, pero de a poco empezó a sonar como apagada, pero si preguntaba nunca le pasaba nada. Estaba cansada, o con mucho trabajo, pero su voz había cambiado. Fue por esos días en que me llamó muy entusiasmada diciéndome que estaba embarazada. A partir de esa noticia no hubo Cristo que me pudiera persuadir de no viajar a Punta del Este. Para evitar pretextos les dije que me quedaría en un hotel donde estaría más cómoda, pero quería estar con ella cuando se hiciese los análisis. Cuando llegué estaba sola, su marido aún estaba trabajando, así que la invité a tomar el té en alguna coqueta confitería del centro de Maldonado. Estaba tan demacrada, y delgada que me preocupé mucho y le dije que un buen chocolate le iba a alegrar el corazón. Dudó un poco. No sabía que iba a pensar Gregorio si llegaba y ella no estaba en la casa. La tranquilicé diciéndole que yo lo llamaría. Así lo hice. Se mostró sorprendido que yo ya hubiese llegado y que me hospedara en un hotel, pero no puso inconvenientes a nuestra salida de mujeres. Valeria se sentó y solo recién cuando nos trajeron las tazas de chocolate caliente, y la empleada se hubo retirado, me miró a los ojos. Estaba distinta, pero ya era una mujer. ­-Hola mami, que suerte que llegaste. Estoy muy cansada con lo del embarazo, y me duermo en cualquier lado. Esta semana tengo varios exámenes pero igual podemos ir a almorzar. -No Vale, iremos a almorzar pero te voy a acompañar a tu médico. Quiso protestar que no, que iba a ir con su marido, pero no le di oportunidad. Yo voy también hijita, estás muy delgada. Quiero conocer a tu ginecólogo, y me quedaré hasta que tengas los resultados. Ni en mis más horribles pesadillas imaginé lo que me tocaría ver. Durante el primer control médico, cuando se tuvo que hacer el análisis de sangre, vi que dudaba, y que no quería que yo entrara en la sala. Como insistí no tuvo más remedio que sacarse el saquito que tenía puesto. Los moretones y golpes desde los hombros hasta las muñecas eran importantes. El practicante la miró y le preguntó si había tenido alguna caída. Ella no respondió. Tenía puestos sus ojos en mi cara. Cuando salimos de la sala le pedí que me acompañara al baño. Entramos, cerré la puerta y le pedí que se desvistiera. Ella sabía que era imposible negarse, así que volvió a sacarse el saco, y luego bajó el cierre de su vestido y lo dejó caer al piso. Todo su cuerpo estaba golpeado. Los hombros, espalda, pecho, estómago, muslos y hasta los glúteos tenían moretones y laceraciones importantes. Traté de que no se me notara, pero una rabia enorme empezó a carcomerme por dentro. No podía ni siquiera creer que el mal nacido hijo de mil putas hubiese siquiera osado poner un dedo sobre mi hija, y no una, sino varias veces, y además tener la habilidad enfermiza de hacerle creer que él actuaba así por causa de ella. Era increíble que la culpable fuese la víctima del agresor. -No es su culpa mami, es la mía, porque siempre me olvido de algo. Casi le pego yo por la estúpida respuesta. No sé a que hija crié, pero no ciertamente a una que justifique a un golpeador. Todas y cada una de las excusas tontas que me dio fueron rebatidas. Solo le hice una pregunta: - ¿Vas a permitirle que también le pegue a tu bebé? Ahí se derrumbó, y estuvo llorando cerca de una hora. Cuando volvimos a la casa, ya mi yerno estaba ahí, aunque en el interin le había mandado diez mensajes de texto preguntándole donde estaba. No le permití responder. Cuando lo miré a los ojos, supo con certeza que yo sabía. No lo dejé ni hablar. Le dije que lamentaba profundamente que mi hija se hubiese casado con un cobarde pegador de mujeres, y que también odiaba el hecho de que mi futuro nieto tuviera tal padre. Que iba a hacer la denuncia en la comisaría, y que esperaba por su bien que se tratara. Le prometí que si alguna vez volvía a tocar a mi hija, esa vez iba a ser la última. Me miró guapeando, y fue ahí que vi cerca de la entrada, en el paragüero un hermoso bastón de su abuelo, con toda la empuñadura de bronce. Mirarlo, tenerlo en la mano y golpearlo en el medio de su estómago fue todo uno. Cuando estaba caído en el piso, lo volví a golpear, esta vez con el pié. Mi hija intentó detenerme. La tomé del brazo y la hice caminar hasta la comisaría más próxima. Pasaron tres años, a Valeria le empecé a ver con regularidad. Si no venía ella -siempre sola- iba yo. Cuando nació Lucía todo hacía pensar que el pasado había quedado atrás. La niña crecía y se ponía cada vez más bonita. Venían ambas dos veces por mes a Montevideo, y yo viajaba los otros dos fines de semana. Nos veíamos las tres. Gregorio nunca era de la partida. Un día cuando Lucía tenía algo más de dos años, se quiso quedar a dormir conmigo en el hotel. Cuando la desnudé para bañarla se tapó los golpes de las piernas. –Fue sin querer abu, yo estaba en la mesa y se me cayó un vaso al piso y papi se enojó. Hice como que aquello era algo sin importancia, y al rato cuando ya estaba tranquila jugando con sus muñecas, le pregunté si su mami también se portaba mal, y si su papi la rezongaba. Ahí dudó. Fue una décima de segundo. Era una niñita que no sabía si hablar o no. Finalmente me dijo que era un secreto que tenía con su mami, y que nadie debía enterarse. Que su papi las quería mucho, pero a veces se ponía nervioso y no sabía bien que hacía. Si bien algunas personas nunca cambian, quise darle una oportunidad, pero la rechazó. Empecé a visitar a Valeria regularmente, y conocer la rutina de sus vidas. También comencé a seguir a Gregorio. Descubrí muchas cosas que a Valeria no le hubiese gustado saber. Gracias a Dios, cuando mi yerno sufrió el terrible accidente automovilístico iba solo en el auto. Según los expertos iba a alta velocidad y le fallaron los frenos Valeria lo lloró, pero no demasiado ni por mucho tiempo, y cuando conoció a Fernando supe que finalmente iba a ser feliz, ya que Lucía lo adoraba. Durante mucho tiempo mi hija me miraba con una pregunta en sus ojos, pero nunca la hizo. Yo por mi parte, fui al cementerio a los tres años de la muerte de Gregorio. Fue realmente una tragedia que un hombre tan joven perdiera la vida, pero yo soy una persona honorable. Siempre cumplo mis promesas.

Cuentos para no dormir la siesta

Nunca me gustaron los cuentos de hadas. Ninguno. Así que mi infancia transcurrió sin todas esas fantasías del mal con final feliz, sin ogros, madrastras o patos feos. Nada de eso formó parte de mi mundo. Cuando llegué a la adolescencia, en mis estudios de literatura inglesa, tuve que leer varios títulos, entre ellos, El prisionero de Zenda, y El flautista de Hamelin. Este último me impresionó mucho. Era la avaricia llevada al extremo y castigada. Nada de finales felices. Tal vez fue porque había leído el cuento la semana que visité a la abuela, aquel personaje oscuro y lejano con el que nunca había tenido mucho contacto. Cuando me dijo que tenía un secreto para contarme tuve un raro presentimiento. La abuela vivía sola en aquel caserón enorme, con patios, sótanos y altillos, y cuando entraba me imaginaba estar entrando a alguna de esas casas embrujadas de las películas de terror. La abuela estaba sentada junto al aljibe, y me hizo una seña de que me acercara. Se levantó, bajó la roldana, y cuando subió el balde, en lugar del agua que yo esperaba encontrar, había por lo menos como cincuenta ratas o ratones y mineros, que se revolvían dentro del balde tratando de salir del encierro. La abuela volvió a bajar el balde con su carga, sonrió, con picardía y dijo: -­Son montones, capaz que miles los que viven en este aljibe. Yo hace años que los conozco, ya han pasado varias generaciones. Se reproducen muy rápido. Los alimento todos los días. Viste que preciosos son? Yo no pude ni responderle. El asco me invadió y traté que no se notara. Miré sus manos huesudas, que me parecieron garras en ese momento, y me acordé de otro dibujo animado, el de la bruja Agatha y su nieta Alicia. La abuela era igual a Agatha, con sus ropas negras, manos como garras, mentón afilado y aquellos ojitos negros tras los cristales montados en su nariz puntiaguda. Cuando pude sobreponerme al asco, le pregunté con qué los alimentaba. Creo que la respuesta fue la gota que desbordó el vaso. Me dijo, mirándome fijamente a los ojos, como quien cuenta un secreto, que ponía trampas para palomas, pero a veces -casi siempre- caían gorriones, torcazas, benteveos, horneros y hasta ratoneras. Los dejaba morir en la trampa, y después los tiraba dentro del aljibe. También me dijo que el día que los alimentaba se sentía desde el borde del aljibe la excitación de los roedores. Mi nausea empezó a crecer de forma proporcional al asco y rabia que me daba que alimentara ratas con pájaros. Le dije que tenía que ir al baño. Imaginé aquellos pobres pájaros en la trampa, y a ella esperando y mirándolos aletear hasta su último aliento para tirarlos al aljibe. Entré, cerré la puerta y vomité hasta las entrañas. Demoré dos semanas en regresar a visitar a la abuela. No se si tenía algo en mente. Creo que no. Solo le pedí a Dios que no insistiera en mostrarme los ratones, pero ese día Dios no estaba escuchándome. Miré a la abuela, e interiormente desee que nunca más tocara el tema, pero ella estaba convencida que yo adoraba su secreto del aljibe, así que me dijo, -Vení nena que quiero que veas algo. Con un gesto rápido tiró el balde dentro del aljibe. Lo sentí tocar fondo. Se escuchó un revuelo tremendo, y ruidos cuando empezó a subir la roldana. Supe que no lo iba a soportar. Creo que fue en ese mismo instante que me acordé de otro cuento, no tan famoso, el de Hansel y Gretel, y cuando ví a Agatha mirar con amor hacía el fondo del aljibe, no tuve más remedio que empujarla. No gritó. Capaz que esa era su intención, que yo terminara con su miserable vida criando ratones. O tal vez fuera mi destino el salvarla de su triste final. Sentí el golpe al caer y pensé que los ratones iban a tener alimento por lo menos para dos semanas más.

Allá lejos y hace tiempo

Soy una persona grande. Sé que mi cabeza está bastante bien, aunque a veces me olvido que conté algo y lo vuelvo a contar y mis hijos se fastidian. La gente joven tiene poca paciencia con los viejos. Trato de mantener la mente ocupada o por lo menos lejos de los problemas. No miro más dramas por televisión. A veces sueño con mi padre que murió hace casi cincuenta años. Nunca sueño con mi madre. Ella también murió hace mucho, pero su alzheimer fue tan devastador que no quiero acordarme. Tuve muchos hijos. Hoy algunos están mejor que otros, unos son más débiles, otros más fuertes, pero todos buenas personas. Fue difícil criarlos en esa época. Cada día cuando uno no llegaba me ponía nerviosa. La época negra de este bendito país los agarró en distintas etapas de su vida. Unos en el liceo, otros en la universidad y los menores en el colegio. Siempre me preocuparon los grandes. Nunca sabía a qué hora llegaban, o si se quedaban a estudiar en el centro, donde siempre había alguna manifestación. Tenía terror cada vez que veía pasar aquellas chanchitas azules, que circulaban muy despacio. A los veinte años todos creemos que podemos salvar el mundo, pensamos que somos una suerte de Robinjud, hasta que un día te cae la ficha y te das cuenta que apenas podés salvarte vos. No fue el caso de los tupas. Nunca fueron robinjudes, aunque a alguno pueda haberles parecido. Tuve un yerno que estuvo adentro. Nunca quiso hablar del tema. Solo una vez que estaba muy tomado, se puso a llorar y dijo solamente algo como que todo había sido un caos, sin orden, sin organización, y que la ambición de poder hizo lo demás. Demasiados caciques. Todos querían ser los dueños del circo. Cero ideología, una revolucioncita copiada de los cubanos y un grupo de loquitos jugando a los reivindicadores. Todo un desatino que terminó injustamente con muchas vidas. Y después quisieron echarle el muerto de la derrota a otro. Cuando la lucha estaba perdida de antemano. Me acuerdo de esto porque me encanta leer, y cuando alguien escribe bien, es gratificante leerlo, así que supe del escándalo del momento, pedí que me compraran el diario, leí las cartas, y me vino una avalancha de recuerdos. En realidad si fue traidor o no a quien le importa. No a mi. Supongo que pudo haber tenido dos motivos para escribir cuarenta años después, uno es no caer en el olvido. Todos queremos que nos recuerden. Otro justificar que lo hizo por amor. Recuerdo ahora una película inglesa que se llamaba Por la patria. Qué cantidad de atrocidades se pueden cometer invocando el nombre de la patria. Ahora en esta habitación en que estoy desde hace más de dos años sin poder moverme si no me ayudan, recibiendo las pocas visitas de las personas que de a ratos o de a meses se acuerdan de que todavía estoy aquí, habiendo enterrado a mi hijo mayor de un maldito cáncer, me acuerdo de mi pequeña traición. Quedé viuda a los cincuenta y ocho. Mi marido sufrio un infarto delante mío y cuando vino la coronaria ya se había ido. Tenía solo sesenta y seis años pero había sido el hombre de mi vida, salvo por aquella única vez. El viajaba mucho, sobre todo al interior, aunque a veces también viajaba a San Pablo y a Buenos Aires. En esas ocasiones siempre lo acompañaba. Pero hubo una vez que tuvo que quedarse cinco días en Tacuarembó. No soy la heroína de Los puentes de Madisson, pero tuve una historia de tres días con Felipe, mi compañero de facultad de tantos años que había enviudado hacía dos. Nos encontramos en el centro, me invitó un café que duró cuatro horas. Nunca hubiese pensado que tratando de consolarlo terminaría en la cama con él tres días seguidos. Es gracioso los recuerdos que nos traen las cartas que leemos en los diarios. A mi jamás se me hubiera ocurrido contar mi affaire con Felipe, ni por no caer en el olvido ni por amor. Tan solo sucedió. No se lo dije a nadie. No estoy orgullosa de lo que pasó pero tampoco me arrepiento. Acostada en una habitación de una casa de salud, casi inmóvil lo único que a veces me quita el sueño, es pensar si mañana estaré viva. Ya cumplí los noventa y a veces tengo miedo de dormirme y no despertar. Ya no temo que me asalten en la calle porque hace años que no salgo. Tampoco me preocupo de pagar cuentas porque mis hijos lo hacen por mi. A veces pienso que quizás para ellos soy una vieja de mierda que no se muere nunca, pero en esas ocasiones sacudo fuerte la cabeza para olvidarme rápido como de esa época maldita que todos vivimos. Creo que como dice el refrán muerto el perro se acabó la rabia. Por eso cuando todos estos viejos rabiosos se mueran, los que persiguieron y los perseguidos estaremos en paz. ¿Estaremos?

Pandora

Me acaban de llamar del edificio del Cordón donde vive mi madre. Parece que se cayó. Parece que vino el SUAT o cualquiera sea la emergencia que tiene y se la llevó a la mutualista. Parece que está quebrada. Parece que se acordó que tiene una hija.  Cuando yo tendría alrededor de doce años, no podía soportar la extraña relación de mis padres. Siempre peleando. En realidad era mi madre la que peleaba. Tampoco peleaba. Tenía sus interminables monólogos. Sus letanías cotidianas.  Yo llegué bastante tarde al hogar, cuando casi no me esperaban. Tuvieron doce años de peleas, y en el año número trece, cuando nadie esperaba nada, caí yo como una paracaidista. Yo no pedí venir, pero evidentemente ellos me llamaron de donde quiera que yo me encontrara, y aterricé en aquel hogar de dos seres tan distintos como complejos. Los primeros años no fueron tan malos. Había mamá, papá, abuelas y algún tío o primo no tan cercano, pero que daba un poco de respiro a ser hija única.  El calvario empezó después, cuando yo tendría ocho o nueve. Tal vez había empezado antes, pero yo estaba muy ocupada con crecer o jugar o ser feliz que no lo registré.  Un día cuando llegué del colegio mi madre estaba totalmente fuera de sí y hablaba sola, o le hablaba a un retrato de ella y mi padre en algún lugar del mundo. Estúpida y cien veces estúpida por confiar en vos, pedazo de mierda, o vos te crees que soy estúpida. Ya se que tenés otra mina. Hace años que lo sé, pero igual pensé que algún día te ibas a dar cuenta. Así siguió el monólogo como dos horas. Yo me quedé quietita en la cocina hasta que se calmó un poco, y ahí hice ruidos como que había llegado. A partir de ahí todos los días o día por medio tenía aquella puesta en escena. Yo llegaba del colegio y mi madre puteaba a la foto de mi padre. Más o menos repetía el mismo repertorio, palabra más insulto menos o viceversa. Esto más o menos duró cuatro o cinco años.   Una vez sola se lo comenté a mi padre, pero la respuesta que me dio me descolocó. Eso la hace feliz. Es su mundo. Ella no tiene otro mundo que yo, y entonces se le queja a mi foto. Si yo estuviera aquí y le contestara, empezarían las peleas y ella no podría enfrentar su frustración. Así es mejor para todos. Pero no te preocupes. Ella igual nos quiere mucho. Nunca supe si mi madre sabía que yo estaba dos horas esperando que ella terminara su mónologo de insultos diarios, quietita en la cocina. El tema fue que me sucedió lo que a cualquier otra mujercita en la adolescencia. Tuve mi primer período. No le dije nada a mi madre, pero ella de alguna forma se enteró. Entonces su monólogo iba dirigido a mi padre y a mi. A mi padre por haberla embarazado, y a mi porque algún desgraciado me iba a embarazar y que iba a ser de ella. Quien la iba a cuidar, y bla bla bla. La perorata era diaria, y yo seguía esperando quietita en la cocina, hasta que el voltaje del monólogo bajase, y entonces hacía algún ruido anunciando mi presencia.  Hasta que un día cualquiera, capaz que porque mis hormonas estaban en su punto más alto, decidí hacer lo que en definitiva iba a modificar el destino de todos. Decidí seguir a papá.  Claro que papá tenía otra casa. Claro que tenía otra mujer que lo esperaba. Claro que tenía alguien más que lo besaba cuando llegaba.  Al día siguiente al volver del colegio no quise escuchar el monólogo. Me paré en el living y le dije a mamá que papá tenía otra mujer que vivía en una casita en Malvín, en la calle Orinoco. Le di la dirección completa.  Ahí fue el comienzo del fin. Mamá me echó de casa. Que yo era una mocosa atrevida, que era Pandora, que había abierto la puerta del mal para separarla de su marido, que yo era una celosa de porquería, que debía tener algún macho calentándome la cabeza, que los dos estaban tan bien antes de que yo llegara, que antes su marido era de ella sola y que no precisaba testigos que juzgaran su vida, y la lista siguió hasta límites imposibles de entender en una relación madre hija.  Afortunadamente mi abuela paterna me cobijó en su casa. Estuve ahí doce años. Después me fui a vivir sola. A papá lo seguí viendo. El estuvo siempre, me vió cada fin de clases desde que me fui de su casa hasta que me recibí. Estuvo conmigo cada Navidad y cada cumpleaños. Me llamaba por teléfono, y hasta me llegó a alquilar un apartamento cuando me fui de lo de la abuela, tras su muerte. En todos esos años, yo pensaba que iba a volver a mi casa, pero mamá nunca preguntó por mi. Dos veces le pregunté a papá si mamá no hablaba de mi o si no le preguntaba. El no quería mentirme, pero tampoco quería decepcionarme. Bueno, vos sabés como es tu mami, pero ya se le va a pasar. Nunca se le pasó. Pasaron dieciocho años y nunca más quiso saber de mi. Qué sentí yo todos estos años, no sé. Un vacío. Supongo que como los perros que no tienen dueño y andan vagabundeando y acercándose a alguien en busca de un poco de calor. Ni siquiera puedo decir que la extrañé. Solo un lugar que debía estar ocupado y estaba desierto. Hace un mes que murió papá. Yo fui a su velorio y entierro. Mamá no estaba. Y eso que papá siguió viviendo en el apartamento del Cordón hasta el final. Nunca se mudó a la casita de Malvín. Dieciocho años más vieja, la mujer de la calle Orinoco se presentó en el velorio. La reconocí. Me acaban de llamar del edificio del Cordón donde vive mi madre. Parece que se cayó. Parece que vino el SUAT o cualquiera sea la emergencia que tiene y se la llevó a la mutualista. Parece que está quebrada. Parece que se acordó que tiene una hija.

Acoso

Acoso La niña ya había visto a su hermano llegar llorando del colegio, no una vez sino varias veces. Era menor que ella, y no podía aguantarlo. Ella ya había pasado por eso antes, y pudo solucionarlo a su manera. La niña pensaba que ella era distinta, y no le importaba ser distinta, pero a todos aquellos vándalos como los llamaba el abuelo cuando molestaban a su hermano, no les gustaba que hubiese niños distintos. Siempre molestaban a los gordos, o a los que usaban lentes, o a los que no podían hacer deportes, o a los pecosos. El hermano de la niña no usaba lentes, era flaco, era bueno en los deportes y no tenía pecas. Era tímido, y solo cuando lo llamaban al frente o lo hacían parar para leer, tartamudeaba. Ese era el punto de apoyo de todos los matoncitos. Y de los demás, porque los espectadores eran tan culpables como el matón principal. La niña pensaba que su hermano sufría, pero no decía nada, y cuando su madre empezó a quejarse de que su hermano, con nueve años cumplidos, había empezado a orinarse en la cama, supo que ya había llegado al límite. El último día que la niña que se creía distinta vió a salir del colegio a su hermano con lágrimas en los ojos, y a los matones de turno correrlo a las pedradas, supo que tenía que hacer algo.  Ella era distinta porque en lugar de jugar a las barbies, o de hablar de idioteces, le gustaba espiar a la gente. A su madre, a sus abuelos, a su hermano, pero sobre todo a su padre. El padre de la niña que se creía distinta hablaba mucho con los clientes y ella había sentido varias veces usar la palabra bullying, y que su padre decía que tenían que denunciarlo, así que la niña esperó a su padre después que se fue el último cliente y le dijo que tenía que contarle una cosa. El padre de la niña que se creía distinta, la abrazó, la zarandeó un poco y le dijo que estaba muy ocupado. La niña le dijo que él siempre estaba ocupado, y que no podía ver, que su hijo, el hermano de la niña que se consideraba distinta estaba sufriendo de bullying o como quiera que se llamara, que en el colegio le pegaban y que había vuelto a orinarse como decía mamá porque no quería ir al colegio, y que si él, el padre de la niña que se creía distinta no hacía nada, su hermano iba a hacer igual que aquel otro niño, hijo de sus clientes y  al que nadie escuchaba y se iba a terminar tirando por el balcón, o haciendo algo peor. La niña no sabía que podía ser peor, pero igual quería que su padre supiese que su hermano estaba pasando por eso tan horrible que sus clientes le iban a consultar. Recién en ese momento el padre de la niña se puso serio. Como pudo ser, como no me di cuenta, cómo nadie se dio cuenta, que barbaridad, dijo el padre de la niña y se agarró la cabeza con las dos manos. La niña se sentó y le dijo a su padre que se fijara en una página de la porquería de Facebook, donde todos los matones del colegio hablaban de hacerle la vida imposible a su hermano, y que los matones eran dos, peros los demás eran todos tan matones como los matones, porque no decían nada, o apoyaban o se reían. El padre de la niña que se creía distinta le preguntó como ella sabía todo eso, y la niña le respondió que ya tenía diez y a los diez todos los niños tienen Facebook y ahí se ponen fotos, o videos y otros idiotas dicen me gusta y ponen un dedo para arriba, pero ella sabía que los matones le ponían me gusta a las fotos tirándole piedras a su hermano. También sabía que su hermano no quería ir al campamento del colegio porque no la iba a pasar bien, y que además si se hacía pichí en la cama los matones le iban a hacer más burla y lo iban a poner en Facebook para que otros estúpidos pusieran me gusta. Y ellos no tenían balcón, pero su hermano podría encontrar algún otro balcón de donde tirarse si publicaban que se hacía pichí en la cama y los demás ponían me gusta. Y la niña dijo que ella lo había defendido algunas veces, pero no quería seguir haciéndolo porque si no los matones le iban a decir que era un mariquita y que lo tenían que defender las mujeres. La niña se quedó sin aire y el padre la abrazó. Dos días después el padre convocó a una reunión con la dirección del colegio y con los padres de todos los alumnos. Todos se mostraron escandalizados por las barbaridades que habían publicado en las redes sociales, y la página fue borrada de inmediato.  De los dos autores, uno era el ideólogo, y el otro era un muchacho muy tímido pero que tenía extraordinarias habilidades con las tecnologías nuevas, que fue el autor físico. Pero los padres del autor ideológico no quisieron aceptar la responsabilidad, ya que no era el hijo de ellos el que había creado la página. Los dos padres del autor ideológico eran abogados, y no querían asumir el hecho de que su hijo había sido no solo el ideólogo, sino también el instigador del acoso. Finalmente, el padre de la niña que se creía diferente, les dijo a los padres abogados del niño que había sugerido los acosos al hermano de la niña,  que en lugar de pensar como abogados pensaran como padres, y que imaginaran como se hubiese sentido su hijo si el acosado hubiese sido él. El colegio tomó una resolución salomónica, y suspendió temporariamente a los dos autores por una semana, y después se reintegrarían a prueba durante el resto del año. Si por alguna razón hubiese una sola queja sobre ellos, ya fuera social o académica no podrían matricularse el año próximo. El padre de la niña que se creía diferente,  llegó a la casa contento con el resultado de la reunión, pero en el fondo se sintió absolutamente conmovido por el mundo que les estaba tocando vivir a sus hijos. Llamó a su hijo lo abrazó y le pidió perdón por lo que había pasado. Después fue a su estudio, cerró la puerta con llave, recordó de su propio pasado de acosador y lloró, lloró, lloró.

jueves, 15 de noviembre de 2012

Balcones

Balcones Nunca supe por qué los balcones ejercían esa especie de fascinación sobre mi. Me encantaba caminar por las calles de Montevideo mirando balcones, y buscando alguno que no conociera. Eran balcones de otras épocas, unos redondeados y de piedra, otros de hierro forjado, algunos con aplicaciones de bronce, otros con arabescos. Símbolos de otros días en que había más espacio y el buen gusto le ganaba a economizar metros. Hoy los balcones son cuadrados o rectángulos sin ninguna personalidad. El balcón que recuerdo más era uno enorme sobre la calle Agraciada, cuando mis padres se mudaron por primera vez. Papá me levantaba, giraba y me hacía un avioncito. A mamá le daba miedo que jugara a eso en un balcón del piso 13. Fue en uno de esos balcones donde pasó el primer incidente. Yo era una niña y vivía en un apartamento sobre una avenida importante, donde había mucho tránsito. Pasaban omnibuses, camiones, autos y taxis y siempre había ruido y bocinas. Había ido hasta el kiosco que había enfrente para comprar una cartulina negra que me habían pedido en el colegio, y cuando volví la vi. Era Adriana. Tenía 15 años y dos hermanas. Sus padres estaban separados y la madre había viajado a Buenos Aires. Ese sábado maldito Adriana se había subido al espléndido balcón de nuestro edificio y había saltado. Yo la vi en el suelo, con un charco oscuro alrededor, y el portero del edificio me hizo entrar por la puerta principal para evitar que siguiera mirando aquella mariposa con las alas quemadas. Adriana se había disfrazado de mariposa para un festival del liceo, y capaz que había intentado volar. Más tarde me asomé y vi al portero persiguiendo la sangre seca del piso con la manguera. Años más tarde me mudé y por un tiempo me olvidé del tema. Cuando tenía diecisiete años me mudé a otro barrio tan ruidoso como el anterior. Cuando visité el apartamento por primera vez antes de que mis padres lo compraran, lo primero que hice fue salir al balcón. Era precioso. No muy grande pero el hierro forjado con los detalles en bronce le daban un aire majestuoso, como decían en aquel entonces. Precioso edificio. Precioso balcón. Nunca conocí a nadie de ese edificio, ya que era un apartamento por piso y mis horarios nunca coincidieron con los de los otros vecinos, salvo la señora de los gatos. Ella vivía en el piso dieciséis, y yo veía sus gatos cada vez que me asomaba. Debía tener más de quince. Un buen día, una de las gatas más viejas tratando de atrapar una paloma que se había apoyado en el marco de la ventana, saltó al vacío. Milagrosamente no se hizo nada importante. Estuvo desaparecida unos días, supongo que del susto que tendría, y la encontraron maltrecha pero viva. El único daño permanente que sufrió fue que quedó medio descalabrada, pero aún así vivió muchos años más y seguía intentando cazar palomas. Toda una sobreviviente. El tiempo pasó y me casé. Mientras los niños fueron chicos vivimos en casa. No se si fue un deseo oculto, pero creo que no quise arriesgarme a nada. Cuando entraron a la Universidad, por comodidad volvimos a vivir en apartamento. Esta vez no muy alto, pero era un pent house con terrible terraza de barandas metálicas blancas. Nunca tuve demasiada pasión por las plantas, pero había algunas macetas que el dueño anterior había dejado, y ahí habían quedado. En una de ellas que estaba sobre el pretil con el vecino hizo nido una paloma torcaza. No sé cuantos pichones tenía en total, pero con la última tormenta de agosto, cayó la maceta al piso y yo poco pude hacer. A la mañana encontré dos pajaritos aún emplumando en el piso, oscuros y fríos como la muerte. Me dio lástima la pobre torcaza pero no la pude encontrar. Quedé viuda justo a tiempo, para no tener la urgencia de tirarme o tirar a alguien del balcón. Las personas nos ponemos grandes y nuestra tolerancia se esfuma, así que a veces le tenía muy escasa paciencia al difunto. Se había vuelto cascarrabias y solo abría la boca para decir que le dolía algo. Solo quejas. Unicamente quejas. Hoy estoy muy mayor y me cansan las personas tontas. Me cansa casi todo el mundo que abre la boca para decir estupideces. Todos los viejos hablan pavadas. Mi vecina del sexto piso viene a visitarme muy seguido. Le gusta mi balcón y mis plantas, y se apoltrona por horas para hablar de enfermedades, de gente que se murió, de prótesis y de gases y divertículos. Hasta dejé de escuchar la radio, porque los viejos se creen impunes para decir pavadas. Creo que les debe gustar escucharse. Ahora me acuerdo de aquel viejo charlatán que mi abuelo escuchaba todos los mediodías. Mi abuela no lo soportaba, pero mi abuelo decía que era un charlatán pero que lo divertía mucho. Ahora está el tema de la porquería de twitter. Todos escriben estupideces, y se juntan otros estúpidos como seguidores. Todos necesitan su cuota de fama, o de que alguien los conozca o los reconozca o simplemente los escuche. Y yo ya no quiero escuchar a nadie. Muchas veces no soporto el tono de voz de mi vecina. Otras, cuando la veo apoltronada en mi balcón hablando cosas que no le importan a nadie, me vienen a la mente cosas raras y sacudo la cabeza ahuyentándolas. Pero siempre vuelven, igual que mi vecina.

El aljibe

El aljibe Aún hoy me veo jugando rayuela sobre aquel tablero de ajedrez que era el inmenso patio de la casa de La Aguada. Era lo único que se podía hacer en la casa de abuelita. Cuando observo los cuadros de Medina, con los zaguanes y las puertas con visillos de voile blanco labrado y la luz entrando por las banderolas, me veo con zapatitos de charol y medias blancas con puntillas saltando sobre las baldosas blancas y negras. La abuelita era una mujer baja y flaca, siempre vestida de negro, con el pelo blanco enrollado en un rodete apretado sobre la nuca, unos ojitos oscuros detrás de lentes diminutos que cabalgaban sobre la filosa nariz, y siempre con un delantal con peto. Las manos muy huesudas bajaban el balde con la roldana en el famoso manantial. También había un aljibe, y para mi los dos eran exactamente iguales, dos torres redondas de donde se sacaba agua. Para abuelita decir eso era una blasfemia. El agua del manantial se podía usar para tomar, en cambio la del aljibe solo se usaba para lavar aquellos interminables patios. Además el aljibe tenía ruidos. La única vez que le dije a papá que sentía voces en el aljibe, me miró raro, y por casi un año no volví a la casa de la abuelita. Nunca vi una mascota en aquella casa, aunque a veces casi podría jurar que sentía maullidos lastimeros. No le dije nada a papá. La casa de la Aguada era una especie de zaguán largo y ancho que llegaba hasta el fondo, donde estaban la cocina, el estar, y dos baños, uno grande con bañera de cuatro patas, el otro casi una letrina. Una escalera daba a un altillo enorme. A ambos costados del zaguán salían varios dormitorios ciegos, y dos patios descubiertos. También había un sótano lleno de cosas viejas. Siempre me aburría y las veces que mi curiosidad había invadido los cajones de las cómodas y mesitas de luz de la casa, la abuelita con cara muy dura decía “niña pícara y bandida”. Papá insistía en llevarnos todos los domingos, y yo insistía en revolver cajones. No había abuelo en aquella casa. Era una casa con secretos . Cada vez que pasaba cerca del aljibe había ojos que estaban al acecho. Levantaba la vista porque siempre me sentía observada. A veces no veía a nadie, otras veces eran los ojos miopes de mis tías tras los lentes, otras solo la sensación de acecho. También me veo sobre un carro con caballo, lleno de verduras, el del verdulero que pasaba todos los días, como si fuese la reina del carnaval de las lechugas. En nochebuena, en uno de los cuartos ciegos, siempre el mismo, mis tías armaban un pesebre gigantesco. También el tema de la religión era recurrente, y vivían rezando el rosario. No había primos, y cuando llegaron era demasiado tarde. Un abismo de distancia. Pero el aljibe seguí gritando y yo me hacía la sorda. Los primos empezaron a crecer. Yo no les tenía mucha paciencia, porque eran chicos, molestos y me hacían cuidarlos. El varón era muy miedoso, así que me vengaba como podía y los tenía asustados de que si se portaban mal, el viejo que vivía en el aljibe y que siempre gritaba se los iba a llevar. La vida transcurría placentera. Yo iba a la escuela, y ya estaba en sexto y mis primos imberbes tenían cuatro y seis años. A veces con un poco de suerte, papá me llevaba a la Estación Central, viajábamos en tren, y compraba maníes calentitos. Yo adoraba ese olor. Hoy los hago en el microondas, y no queda el mismo aroma, pero ya nada es lo mismo. Una de las últimas veces que fui a la casa de La Aguada, solo por aburrimiento, ya que los contenidos de los cajones de todas las mesas de luz, y de todas las cómodas habían sido cuidadosamente revisados, les propuse a los niños chicos ir al sótano. Esa tarde no había nadie en la casa, porque la abuelita y las tías habían ido a rezar el Rosario a la parroquia, y papá estaba hablando en el patio del manantial con un tío viejo, hermano de la abuelita que debía de tener como cien años. Yo no me acercaba a ese viejo. La única vez que me acerqué, me había llamado para ofrecerme un caramelo, pero me tocó las piernas y la bombacha. No le dije nada a papá. Se hablaba poco en esa casa. Uno de mis primos, le había contado a su madre de mis amenazas sobre el viejo que vivía en el aljibe y me habían llamado para preguntarme que cosas les estaba metiendo en la cabeza a los niños, y papá me había suspendido la mesada en castigo, así que cuando entramos al sótano yo estaba muy enojada. No sabía cual de mis dos primos chicos había sido el buchón, pero yo sospechaba que había sido el varón que era una marica miedosa y llorona. La niña era más chica y muy quejosa, pero no era ni miedosa ni llorona. El sótano estaba en una semi penumbra. Nos pusimos a revisar todo lo que encontramos. Había cajas viejas llenas de polvo con montones de fotos en blanco y negro, muchas de niñitos desnudos con el culito al aire sobre almohadones oscuros. Se hablaba poco en aquella casa. Las tías cosían y bordaban y la abuelita cocinaba comida gallega que a mi no me gustaba, pero se hablaba poco o nada, y toda aquella gente se miraba de reojo. Cuando estábamos en lo que supongo sería la pared lindera al aljibe, un olor raro invadió la habitación y empezaron las voces, los gritos y los maullidos. Mi primo el marica empezó a gritar que yo estaba haciendo todo aquello para asustarlo, y la nena chica se me pegó a la pierna derecha y me agarró la mano. Yo no dije nada. Sentía el olor a podrido y los gritos y los maullidos y el llanto de un niño, pero ahí no había nadie. Estaba aterrada tratando de que el mocoso dejara de llorar mientras que la otra me apretaba la pierna y no me dejaba casi caminar. Les hice señas de que se callaran y empecé a caminar hacia la salida. Cuando estaba casi trepando la escalera se nos cayó encima una caja, y se desparramó todo lo que había. Como pude empecé a colocar todo en su lugar, cuando un recorte de diario con la foto del aljibe de la casa de La Aguada llamó mi atención. Tomé el recorte muy viejo escrito en un color sepia, el aljibe era el mismo. Arriba de todo decía “Tragedia familiar en La Aguada. Niño se ahoga tratando de rescatar un gatito que había encontrado en la calle, al ver a su madre arrojarlo al aljibe”. Dejé el recorte dentro de la caja, y sosteniendo a mis dos primos salimos del sótano. No le hablé a papá del recorte de diario. Se hablaba poco en esa casa. Después de eso volví una o dos veces más, pero empecé a mirar a la abuelita con miedo, y tampoco quería que se me acercara el viejo que ofrecía caramelos. Nada era lo que parecía. Hoy ni papá, ni la Estación Central ni mi primo el llorón están más. Las tías estaban recluídas en una casa de salud, y me enteré que hace poco una de ellas falleció con 95 años. La otra padece un alzheimer galopante, pero las enfermeras cuentan que cada tanto grita desesperada, —Mamá andá a buscar de vuelta a mi hermanito y al gato, que los siento llorar.

miércoles, 25 de abril de 2012

Crónicas reales

Crónicas reales – El Rey, los infantes y el elefante Como tantas otras coronas europeas, la familia Borbón quedó exiliada en Portugal luego del triunfo de la república en 1931. El golpe de estado del Generalísimo Franco en 1936 fue un antes y un después para España que iniciaría su terrible guerra civil, durante la cual murió el famoso poeta Federico García Lorca, aunque no por sus ideas políticas, sino por razones que a la España pro nazi de Franco le resultaban inaceptables. El futuro del rey Juan Carlos, fue definido en un yate el 25 de agosto de 1948. El príncipe tenía apenas 10 años. Su padre, Juan de Borbón, el heredero de la corona, en el exilio desde 1931, estaba empecinado en regresar al país y recuperar el trono. En ese momento la familia real vivía en Portugal. Tuvo que negociar con el general Franco, quien no tenía un hijo varón a quien heredarle el poder. Por eso, en aquel encuentro entre los dos hombres, el dictador puso su condición: o Juan de Borbón mandaba al príncipe a estudiar a España, o se tendría que ver en la necesidad de asignar el poder a otra familia real. Juan de Borbón entregó a su hijo. Así comenzó el estrecho vínculo entre Franco y el príncipe Juan Carlos. El primero veló por su educación militar y tuvo con él una cercanía parecida a la de un padre. El segundo se mantuvo fiel al régimen militar hasta la muerte del dictador. Juan de Borbón veía diluirse su oportunidad de regresar algún día a ocupar el trono que por sangre le correspondía. Se rumoraba que planeaba desheredar a su hijo mayor, hubo también quien fue más allá y pensó, como Amadeo Martínez Inglés –ex militar español y escritor–, que este hecho influyó en la muerte del príncipe Alfonso, de apenas 14 años, quien recibió un balazo en la cabeza, catalogado como “accidental”, disparado por su hermano, el príncipe Juan Carlos, con una pistola regalo del Gral. Franco. El principe Juan Carlos tenía 18 años y hacía un año que había ingresado a la escuela militar, por lo que el uso de las armas debía de serle familiar. Hasta el día de hoy, el rey nunca se ha pronunciado en público por este hecho. Este fatalidad podría catalogarse de infanticidio. Joder. Juan Carlos Alfonso Víctor María de Borbón y Borbón-Dos Sicilias, príncipe de España y Sofía Margarita Victoria Federica, princesa de Grecia y Dinamarca, se casaron el 14 de mayo de 1962 en Atenas. Hubo tres ceremonias: un casamiento civil, uno por la Iglesia Católica y otro por la Ortodoxa Griega. De esa unión nacieron tres hijos, las infantas Elena y Cristina, y Felipe, príncipe de Asturias. Los años pasaron, Franco murió, y a su muerte, Juan Carlos Alfonso Víctor María de Borbón y Borbón-Dos Sicilias fue nombrado, Juan Carlos I rey de España. El rey Juan Carlos I marca un antes y un después en la historia española. Cuando le fue heredado el poder, la expectativa sobre su actuar recaía en que ejercería las políticas franquistas. Pero no. Una vez en el trono dio un golpe de timón hacia la democracia. Redujo sus propios poderes y legalizó a los partidos políticos. Disolvió a las Cortes españolas y llamó a un referendo nacional para integrar la nueva Constitución. Después del nefasto Generalísimo, y de la llegada de la democracia, se vino lo que en aquella época se llamó el destape español. Dicen las malas lenguas que con ese destape, también se destapó la vida sexual del monarca. Antes los trapitos sucios de las monarquías se lavaban en casa, pero con el devenir de los tiempos, el Internet, facebook y twitter, nadie puede ni siquiera tirarse una cana al aire, sin que se entere el resto del mundo. Joder. De los tres hijos del rey, la poco agraciada infanta Elena, se casó con el igualmente poco agraciado Duque de Lugo, Don Jaime de Marichalar, de quien se divorció quince años después. De ese matrimonio nacieron dos hijos. El primogénito, Felipe Juan Froilán, se dispararía una escopeta de perdigones en un pie, mientras practicaba tiro al blanco en casa de su padre, justo cuando su real abuelo jugaba a los safari en Botswana y se caía de la cama fracturándose la cadera. Joder. La infanta Cristina se casaría también con el ex jugador de pelota vasca Iñaki Urdangarín , quien actualmente estaría siendo investigado por posible uso de los dineros públicos y tráfico de influencias. Ella se ha declarado argentina en todo este asunto, pero le están investigando dos de sus cuentas bancarias, las que tendrían ingresados dinerillos non sanctos. Joder. Nunca le tuve ni afecto ni animosidad al rey Juan Carlos, pero si me complació mucho aquel episodio jocoso, cuando cansado de ver que el obtuso bolivariano interrumpía sistemáticamente a Zapatero en su discurso en uno de esas cumbres iberoamericanas, el rey le espetó muy suelto de cuerpo, por que no te callas. Exquisito. Supongo que su estatura real, lo privó de decirle el mentado gilipollas. Pero lo mandó a callar. Joder. Ahora su mea culpa a causa del escandalete de su excursión a Botswana, su operación de cadera, la sociedad ambientalista que preside desde 1968 lo sacará del cargo de presidente honorario por razones obvias, se suma la tercera en discordia que lo acompañaba en la cacería, la princesa plebeya Corinna zu Sayn-Wittgenstein, 28 años menor que Juan Tenorio. Según la periodista catalana Pilar Eyre, autora del libro La soledad de la Reina, doña Sofía no comparte el lecho matrimonial con el rey desde el año 1976, fecha en que lo encontró con las manos en la masa, o mejor dicho en otra damisela. . Doña Sofía tiene su suite privada en el primer piso del palacio real y Don Juan en el segundo. "Lo siento mucho, me he equivocado. No volverá a ocurrir", dijo Juan Carlos tras ser dado de alta de un hospital de Madrid. Lo que no tenemos muy en claro si lo que no volverá a ocurrir serán las cacerías o las infidelidades, pero el rey ya tiene 74 años. Y con los tornillos en su cadera no cree esta cronista que el monarca esté en condiciones ni de dar el salto del tigre, ni tampoco del ropero. Y ahora aquí , con el pasaporte rojo de la Unión Europea en las manos, pienso en las estúpidas corridas de toros, las encerronas de San Fermín, las tomatadas, los naranjazos, y todos esos festejos estúpidos, y en esta triste monarquía española, y me digo joder, tantos años de historia y no han aprendido nada.

lunes, 21 de noviembre de 2011

Cosas de niños

—Todos los viejos tienen las manos parecidas, dijo Elena.

Yo la miré y no entendí a que se refería.

Ella agregó, —Si, no te fijaste, todos los viejos tienen las manos huesudas y con manchas marrones. Siempre que veo viejos les miro las manos para poder recordar a mi abuela cuando me acariciaba el pelo. Extraño eso. Algunas veces tengo ganas de pedirle a alguna vieja que me acaricie el pelo, pero va a pensar que estoy loca.

Cuando Elena se fue, todo un torbellino de recuerdos me golpeó como si hubiera chocado contra un muro. El abuelo Alejandro tenía las manos huesudas y con dedos largos. En aquella época, cuando me hacía las trenzas, o las colas de caballo prolijísimias, sin ningún pelito fuera de lugar, nunca temblaban. Empezaron a temblar después, cuando aquel maldito Parkinson hacía que cuando sostenía el diario le bailotearan las letras de lo que leía.

Tenía una práctica enorme para peinarme aquellos pelos largos hasta la cintura, sin jamás tirarme, y creo que todavía no habían inventado la crema de enjuague. Super prolijo para revisarnos las manos, las orejas y detrás de las orejas. Pasaba revista de si nos habíamos bañado, y cepillado los dientes. También era muy severo con los uniformes, con los zapatos lustrados y con los cuellos y puños de las camisas bien blancos. Las manos del abuelo eran las primeras que veía en la mañana al levantarme, y las últimas al arroparme para dormir.

Las manos también pellizcaban bajo la mesa cuando nos reíamos en en el almuerzo o cuando demorábamos horas con la sopa. Ya me parecía a Mafalda en aquella época. Detestaba la sopa y la podía tener servida horas. La miraba como si mirándola se fuera a terminar sin haberla probado. No había caso. La que odiaba más era la de verduras, con todas aquellas cosas flotando. Yo empezaba a poner trozitos de puerro, apio, zapallo y lo que tuviera aquella nefasta sopa en los bordes del plato hondo, y trataba de cargar en la cuchara solamente aquel líquido turbio e intomable. Por suerte, una de mis hermanas era como Pocha Morfoni, y cuando el abuelo estaba distraído se comía todo lo que yo dejaba. Cuando el abuelo estaba atento, volvía al plato todas aquellas verduras que yo muy metódicamente acomodaba en los bordes. Creo que el abuelo se hacía el distraído. El sabía que yo nunca me podría haber comido aquellas verduritas en un abrir y cerrar de ojos, se hacía el distraído y debía reirse por las trampitas de las nietas. La abuela decía, ojalá que cuando tengas hijos te salgan tan macacos como vos, así vas a ver que trabajo que dan los niños cuando no quieren comer. Todo transitaba sobre ruedas hasta el momento en que el abuelo se enfermó.

La abuela dejó de venir porque se quedaba en su casa a atender al abuelo, y nosotros íbamos los sábados a almorzar. Nos obligaban a dormir la siesta, y yo siempre me escapaba. Nunca pude dormir la siesta, y menos escuchar los ronquidos del abuelo.

Mi pelo empezó a ser el tema recurrente de conversación de mi madre quien no había heredado el don de la paciencia que tenía el abuelo, y día tras día rezongaba con que el pelo se enredaba, que el pelo estaba muy largo, que ella no tenía tiempo de sentarse a hacerme las trenzas, que nunca quedaba prolija, y toda una sarta de idioteces. Tenía una distinta para cada día, aunque a veces repetía la canterola de la semana anterior. Y como tanta letanía tenía algún motivo, un día me llevó a la peluquería para solucionar el problema de raíz.

Con el correr de los días mi rabia se fue disipando, y cuando ya estaba casi resignada a mi nueva imagen, apareció en el barrio la gordita antipática que era prima de una de mis amigas, y tenía un pelo largo que le llegaba más allá de la cintura.

La gordita siempre había sido muy envidiosa, pero aquel día estaba haciendo el papel del hada malvada solo porque mi pelo rubio era más largo y más lindo que el de ella, así que solo por hacer daño me dijo –Así que te cortaron el pelo. Acusé el golpe pero no dije nada. Más tarde, ya de noche estábamos haciendo una fogata, y empecé a quemar un pedazo de madera. No creo que en ese momento tuviera alguna mala idea en mente, pero la estúpida vaca gorda volvió a hacer otro comentario acerca de mi corte de pelo. Cuando vi que la punta de mi madera estaba al rojo vivo, la saqué y descuidadamente la apoyé en el hombro de la gordita, como quien marca ganado. Los gritos por la brasa que había saltado y le había quemado el hombro fueron terribles. Nunca supo que había sido yo, pero tampoco nunca más volvió a molestarme.

Con el tiempo mi pelo fue acariciado por otras manos, por las manos de otros hombres, que se metían en la melena y la tiraban hacia atrás como hacía el abuelo, o simplemente se acurrucaban en la nuca, o acariciaban el cabello detrás de las orejas, y yo me dejaba acariciar como una gata mimosa.

Hoy cuando Elena hizo el comentario de las manos de los viejos, creo que por primera vez me di cuenta que la rabia inmensa y la agresión a la gorda no habían sido por el corte de pelo. Era algo mucho más íntimo e intenso. Era saber que las manos huesudas y de dedos largos del abuelo Alejandro ya no volverían a tocarme.

sábado, 6 de agosto de 2011

Gestos corporales

Sin querer me acordé de Sabina, porque el portazo de Adriana sonó como un signo de interrogación. Marta levantó la vista del papel que estaba leyendo y miró la puerta. Después me miró a mi y muy teatralmente como le gusta a ella, arqueó un ceja en señal de pregunta. Solo una. No se si era su don natural poder arquear una sola ceja, o si lo había estado ensayando durante años, cuando le había dado por ingresar al teatro.Yo decidí no responder a las señas corporales, por perfectas que fueran. Si quería preguntar algo que lo hiciera. Ya me tenían medio hartas Adriana con los portazos y Martha con los arqueamientos de cejas. Ni que decir de mamá con sus razonamientos, que se parecían más bien a un tratado sobre la cría y apareamiento del ornitorrinco en cautiverio. Media hora más tarde volvió a entrar Adri como un perro miedoso, con la cola entre las patas. Vino directamente hacia mi, y me dijo:
—Vos debés haber disfrutado cuando el estúpido de Rodolfo dijo lo que dijo. Debe de haber sido una perla más para tu corona.
Yo me miré las uñas, y no quise contestarle, pero Martha, que siempre está metiendo cizaña, esta vez estaba de mi lado, y le dijo, —¿Y se puede saber que dijo el estúpido de Rodolfo?. Porque los que dicen las estupideces siempre son los demás, pero vos en vez de mandarlos a la mierda, siempre venís aquí a buscar culpables.
—No es así, dijo Adri. Rodolfo es un estúpido, pero esta, y me miró de reojo, le debe de haber dado motivos. Y después pone cara de santita.
.—¿Y?. El estúpido de Rodolfo hace un comentario desafortunado, y estúpido, porque no puede sustraerse a su esencia, y vos culpás a tu hermana?.
Adriana me miró con rabia, miró también a Martha, y le dijo —Vos siempre estás defendiendo lo indefendible. Mamá que estaba leyendo en el living, se acercó a nosotras y dijo, —Bueno Adrianita, no le vas a hacer caso de las gansadas que dice tu novio, si todos sabemos que es de medio pelo para abajo, un terraja total como dice tu hermano Germán. La cara de Adriana era un poema. Yo recién entonces salí de mi letargo, me paré y me dirigí a la cocina. Voy a hacerme un cafecito, dije, alguien quiere que le haga algo?.
Mamá dijo —Prepará té para todas.
Martha se sentó en el sofá del estar, abrió la cartera y sacó el paquete de cigarrillos. Mamá empezó con sus ufffffffffff, dejá esa porquería, nos vas a envenenar a todos. Martha se levantó, abrió la puerta de la terraza, y volvió a entrar. Prendió su cigarrillo y exhaló el humo muy despacito por la boca.
Yo miraba -como hago siempre con mi cara de ambiguedad- mientras ponía el agua a hervir, y abría la lata del café.
Preparé las tazas para el té, cargué la cafetera con agua.
Adriana se acercó despacio y cuando estaba muy cerca de mí, me dijo en voz baja:
—Vos lo debés de estar disfrutando.
Yo la miré desde algún lugar que no era aquella cocina, y le dije:
—Yo disfruto de otras cosas, no de estos puteríos de familia. Si no te bancás las estupideces que dice tu novio, dale una buena patada en el culo, o hacé como dice Sabina, abandonalo como se abandonan los zapatos viejos.
—Pero él dijo que..
—Y a quien carajo le importa lo que dice Rodolfo, solo a vos. Así que si no te podés fumar las estupideces que dice, mandalo a la mierda. Haceme caso. No es para vos.
—Ah, como si vos supieras que es lo mejor para mi. Siempre quisiste estar por arriba mío. Siempre la señorita era la más linda, la más lista, la más buena, la señorita perfecta.
—Mirá Adrianita, la que siempre fue amante de las tablas es Marthita, así que no me vengas a hacer escenas de la pobre cenicienta con sus hermanas malvadas.
—Y por qué me meten a mi en este entierro- dice Martha. Adriana no está del todo equivocada, vos qué sabés si ese estúpido no es para ella, justo vos, la preferida…

—A ver si se dejan de cotorrear las tres, tercia mamá. Aquí siempre fueron todas iguales…

Adriana empieza a aplaudir, —Gracias madre por tu discurso de las democracias, pero vos, y nadie mejor que vos sabe de los privilegios que tenía la señorita, hasta aquel penoso episodio del liceo… hasta eso le pasaron por alto.

—A ver si se dejan de decir estupideces, les digo a todas, no se si lo dice Sabina pero yo me hago cargo de todo lo que hice y dije en el pasado. Absolutamente de todo, hasta cuando tuve que acompañar a Adriana a… —Callate dice Martha, siempre la hiciste sufrir, y no te vengas a embanderar con la única vez que la acompañaste cuando… —¿Qué está pasando aquí? A donde te acompañó tu hermana Adriana?, pregunta mamá.Yo me doy cuenta que dije una estupidez, y le digo —Son cosas de nosotras mami. Cosas de hermanas. Nos salva el chillido de la caldera indicando que el agua estaba hirviendo.El té fue un intermedio.Pero algo más que la lata de café se había destapado.

Cuando estoy llevando las tazas a la pileta, Martha vuelve a encender un cigarrillo, mamá repite su perorata de que te estás matando y nos estás matando a todos, Adriana se me acerca y dice—Espero que no vuelvas a mencionar que me acompañaste a vos sabés donde, porque no lo podría soportar, hace años que quiero olvidarme de eso, y justo hoy lo traés… —Perdoname, cuando me siento perseguida, siempre tiro mierda. Pero no puedo soportar a esta altura del partido, cuando todas somos unas veteranas, que me vuelvan a decir que hace veintidós años tres minutos y cincuenta y seis segundos, le clavé una aguja a la desgraciada de Martha. Sí carajo, se la clavé, porque la muy atorranta me había leído la carta que le había escrito a Agustín, y después fue y la escribió en el pizarrón, y me hizo ganarme el odio de todos, incluso de Agustín, cuando en realidad, yo le escribí la carta en un momento de rabia, pero nunca se la iba a entregar entendés. Como cuando una habla sola, con el espejo, podés putear a voluntad, pero después la gente civilizada se queda en el molde. Pero ella hizo que me odiara medio colegio.

—¡Pero se la clavaste en una vena!!! —Sí, en aquella época todavía no sabía bien diferenciar venas de arterias. Mi idea original era otra. —Estás cada vez más loca, me dice. —Si estar cada vez más loca es haberme aguantado los celos de todas ustedes durante todos estos años, si estoy loca, pero no fui yo quien participó activamente de la caza de brujas que vos sabés como terminó.
—No quiero que toques ese tema. Ya sabés como nos afecta a mamá, y a nosotras…
—¿De que estás hablando?, dice mamá que su sordera es parecida a las lágrimas del cocodrilo.
—No hay peor sordo que el que no quiere oir, yo soy la mala de la película, pero para mí Uds. son las tres brujas de la historia, aunque después vengan y recen el rosario y treinta y cinco padrenuestros y veinte avemarías y sesenta y cuatro gloria a dios y también el kyrie eleison. Todavía me acuerdo de las clases de latín, lengua muerta, como esta maldita familia.

—No, nena, vos estás equivocada, o agrandando las cosas. Lo que pasó no fue culpa de nadie. Nosotras no provocamos que Carmen hiciera lo que hizo. Fue un accidente. —No nos podés culpar a nosotras, dice Martha aplastando el pucho de su cigarro en la planta de potus. Mamá la ve, saca el pucho de la maceta y lo tira en la bolsa de nylon donde guardan toda la basura. —Cada cual sabe lo que hizo. Yo no soy ninguna santa, pero todas saben que en la caza de brujas de Carmen, solo estuvieron ustedes tres, así que o terminamos esta conversación hoy y para siempre, incluyendo al estúpido de Rodolfo, o empezamos un nuevo juego de ajedrez. Yo elijo las negras.

viernes, 3 de junio de 2011

Mujeres de Negro - Parte III

Yo, él y las tres de negro

Soy Sonia, y desde hoy soy viuda. En realidad mi viudez tiene más de dos años. Creo que empezó el día que a Enrique le diagnosticaron un cáncer. El no me lo dijo, pero me llamó el médico de la familia, y comentó que le había dado la noticia y que había desaparecido. Aunque para mi Enrique estaba desaparecido mucho antes de que le encontraran el cáncer.
Para mi, Enrique se terminó cuando él dejó de sentir. No es que no sintiera amor, no sentía nada, Era una planta muerta. Dejaron de importarle su trabajo, sus hobbies, sus amigos, sus gustos. Cuando nos conocimos estudiaba abogacía, y tenía tantos planes, tantas ganas de cambiar el mundo, tantas ganas de hacer cosas. Pero el tiempo, las cosas pre-establecidas, las instituciones, la burocracia, los políticos y en definitiva las personas, lo empezaron a minar. Cada día un poquito más. Todos los días le iban sacando un pedacito de su espíritu de guerrero, hasta que un día no quedó nada. Y con el tiempo dejó de interesarle hasta el automovilismo que era lo único que además de sus ganas de cambiar al mundo, lo apasionaba. La música también lo apasionaba, pero había dejado de tocar el piano hacía años, y solo era un mero oyente de melodías.

Y cuando perdió la pasión, también me perdió. Yo lo amaba porque era un hombre apasionado en el sentido más amplio de la palabra. Cuando perdió su pasión yo me fui también. Me empecé a interesar en el arte, que era una pasión mía dejada de lado en la adolescencia, porque del arte no se come, empecé a pintar, y a exponer, y cada vez me fui alejando un poquito más. Vivíamos juntos, pero dejamos de ser pareja. Un día no quise compartir más mi cama con él, y de a poco empecé a amoblar el dormitorio que era de los varones y cuando estuvo todo pronto me mudé. Ninguno de los dos tocó el tema.
Habíamos tenido un matrimonio muy, pero muy apasionado, pero cuando él se empezó a secar, a aceptar cosas inaceptables, a defender casos indefendibles, a hacer la vista gorda en cosas importantes, yo dejé de reconocerlo. No era la persona que yo había elegido. Era otro. Traté de plantearlo en varias ocasiones, pero siempre tenía un “solo es hasta que me instale yo solo”, “solo es hasta que los chicos terminen sus estudios”, y una larga serie de etcéteras. Eso sí, teníamos una agitadísima vida social, conciertos, galas en la ópera, ballet, vernissages, avant-prémier, casamientos, cumpleaños de quince, velorios, cenas de camaradería, cenas con amigos, reuniones con los rotarios, presentaciones de libros, bautismos, y hasta primeras comuniones. Todo un combo de salidas para olvidar que erámos como marionetas bailando al son de un titiritero. Creo que no había un solo día en que no tuviésemos al menos un compromiso social. Un sábado llegamos a tener un bautismo en la mañana, y dos casamientos, uno en un haras al medio día, y el otro en una bodega sobre las 8 de la noche. Yo estaba más que repodrida con tanta salida, pero él insistía que eran compromisos importantes. Creo que cuando se enteró que estaba enfermo empezó a beber más de la cuenta. Yo seguía pintando, exponiendo y conociendo gente. Supongo que él también. Creo que mi pintura cambió, para mejor. Y él cada vez se parecía más al retrato de Dorian Gray.

Y un buen día de mañana, se sintió mal, llamamos a la emergencia, vino la ambulancia y lo llevó al sanatorio. Y ahí se terminó todo. Vino una túnica blanca totalmente anónima para decir que había sufrido un paro cardio-respiratorio y que a pesar de que intentaron reanimarlo, no había respondido. Creo que ese momento sentí lástima. No se si lástima o dolor, o una mezcla de las dos cosas. Lástima por él, por mi, por lo pudo haber sido mejor. Pero ya no estaba. Y no le había dicho adiós. Ni siquiera nos despedimos.
Les avisé a los chicos que estaban estudiando en España y EE.UU. y acordamos de velarlo cuando ellos llegaran.
Llegó el día y si bien detesto vestirme de negro, decidí que después de todo el tailleur negro era en verdad muy elegante, aunque la falda era rabona, pero las medias negras podían disimular un poco.
Nunca me gustaron los velorios de cuerpo presente, pero mis cuñados insistieron, y yo no quise contrariarlos. Siempre pensé que a las personas hay que recordarlas riendo felices, y no tiesas y con un color grisáceo en un cajón forrado de raso blanco capitoneado.

Sobre media tarde, y cuando ya había llegado todo el mundo, sus amigos y empleados del estudio, los vejestorios de los rotarios, sus conocidos del automovilismo, sus amigos políticos, los colegas y toda la familia, incluyendo los chicos que habían llegado a mediodía y estaban molidos del viaje, se hizo un silencio en la sala. Yo miré y vi en la puerta a tres mujeres vestidas de negro. Era casi totalmente previsible quienes eran. Podría haber pensado que papelón, pero no. Dentro de todo fue un toque bizarro y gracioso. Como una especie de mezcla de sainete con tragicomedia. Y yo siempre cultivé el humor negro. Después del shock inicial se sintió como una suerte de expresión de sorpresa, y después un silencio sepulcral. Además estaban las rosas amarillas con la leyenda: “Gracias por los favores recibidos”, firmada por Silvia, Ana y Stella.

Después la más carnosa de las tres, rubia piernuda, con los pelos frizados y lentes se acercó al cajón y besó a Enrique, y algo le susurró al oído. Desde donde yo me encontraba pude sentir aquel perfume dulce, muy dulce y amaderado. Yo lo llegué a usar hacía muchos años, pero era demasiado fuerte para usar de día y en media estación. ¿Cuál de las tres sería?. Decidí apostar a que era Silvia. Luego se acercó la segunda. Alta y grande también pero más disimulada. Con una elegancia muy sensual. Vi con curiosidad que le acariciaba las manos, los dedos y las muñecas. Supuse que era una caricia habitual entre ellos. Dudé sobre cual de las dos sería, si Ana o Stella, pero me arriesgué por Ana. La tercera demoró en acercarse. Al final lo hizo, pero antes me miró directamente a los ojos. Era distinta, más delicada, con un vestido negro cortísimo y unos tacos de 12 cms.. Le sonreí, y quedó medio en shock. Después me devolvió una intensa sonrisa, se acercó al cajón y lo miró un rato largo, y luego con su dedo índice recorrió su cara muy despacito, desde la frente hasta el mentón.
Las caras de los rotarios eran un poema. En realidad había mucha gente que estaba totalmente descolocada con aquella situación. Se me acercaron mis hijos, y me preguntaron quienes eran. Yo los miré, sonreí y les dije —Muchachos, ya somos todos grandes. Son amigas de papá que lo vinieron a despedir. Los tres se quedaron con la boca medio abierta. Yo realmente estaba disfrutando toda la situación.

Después me acerqué al terceto que estaba en un rincón, y les dije —Hola chicas, soy Sonia, y las besé a las tres. Estuve apostando a cual sería cada una, y veamos si no me equivoqué. Cuando se presentaron, Miss Piernas resultó ser Silvia, la del medio Ana, y la flacucha de las piernas largas del final Stella. Hasta en eso había embocado. Era toda una señal.
Supongo que ninguno de los presentes entendía nada de nada. Ni los colegas, ni los fanáticos de los fierros, ni los políticos, ni los amigos, ni los chupamedias de siempre.
Hasta las tres mujeres quedaron descolocadas.

Capaz que habían imaginado a una viuda matrona, vieja, arrugada, y que les iba a hacer el tal escandalete invitándolas a retirarse. Yo me quedé contenta de que por lo menos sus últimos años conviviendo con el cáncer estuvo acompañado. Chapeau Enrique.
Te lo merecías. Y entonces me acordé del poema de Amado Nervo:
¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz!

Después que todo volvió a la normalidad, les dije, —Supongo que las flores amarillas las mandaron Uds.. Son mis preferidas. Y el mensaje, realmente inefable.

Después, como restándole importancia, comenté —El velorio es hasta las 20 horas, y se reabre mañana a las 9 de la mañana para ir al cementerio. Si no tienen nada mejor que hacer, podemos salir a tomar unas copas y despedir al Enrique como se merece.

Las grandota casi se ahoga tratando de tragarse la carcajada. Las otras dos me miraron perplejas, y a las 20 y 15 después de despedir y abrazar a todos y cada uno de los presentes, las cuatro mujeres de negro nos fuimos juntas taconeando fuerte.
Sonia y las tres mosqueteras.

Mujeres de Negro - Parte II

Yo y ellas tres

No se cuando empezó todo esto, o mejor dicho cuando terminó.
Creo que fue ese día en que me desperté, y cuando me quise incorporar para levantarme me sentí mal, me caí, y de ahí solo recuerdo las corridas en mi casa, y los gritos, y llamá al SEM, o al SUAT o a la UCM, alguien sabe de donde es socio papá, nadie sabe nada en esta casa. Y después vinieron los enfermeros y me pusieron una mascarilla, y yo no sentía las manos. Se que me pincharon el brazo y que sentía hormigueos en los pies, pero era como si no tuviera manos. Después todo pasó muy rápido. La ambulancia corría con la sirena prendida y yo veía las luces en el techo y después llegamos, y estaba en una camilla que circulaba por los corredores de mármol blanco muy lustroso y de nuevo las luces del techo de una sala donde hacía mucho frío y toda aquella gente vestida de blanco que hablaba despacito, y solo les veía los ojos atrás de un gorro y un tapabocas verde. Después hay un vacío. No me acuerdo de nada, y ahora que me despierto no reconozco donde estoy, pero tampoco me puedo parar para mirar. Estoy acostado boca arriba, pero no me puedo mover ni abrir los ojos.

Siento voces. Más que voces es un solo murmullo que no puedo distinguir, como si muchas personas hablaran pero desde lejos, y también siento un olor a flores que me está mareando un poco.

De pronto el murmullo se apaga, y siento una exclamación como de sorpresa. Después solo el silencio. Un rato después el olor de flores se desdibuja, queda pálido ante un perfume que reconocería desde el mismísimo infierno. Es el perfume de Silvia. Pero no puede ser que Silvia esté aquí. ¿Cómo podría?. Y entonces siento el perfume más fuerte, y alguien que se inclina sobre mi, me besa en la mejilla y me dice al oído –“Pensar que el viernes pasado estabas enterito y mirate ahora”. No se que está pasando. Silvia no puede estar en el sanatorio. Debo de estar soñando. Conocí a Silvia hace algunos años. Fue en una fiesta, y era una rubia con un físico imponente. Con los lentes podría haber pasado por una intelectual. Pero se sacaba los lentes y su verdadera personalidad le afloraba. ¿Por qué me involucré con Silvia?. Soy completamente consciente que fui yo quien la buscó. Pero tuvo que ver con algo que me había pasado esa tarde. Yo estaba en una cita con mi médico de cabecera, y ahí mismo y sin anestesia me dio la noticia. —Enrique, tenés un cáncer de colon de rápida evolución. No vas a tener dolores, no te voy a hacer pasar por una operación dolorosísima, porque no tiene sentido, pero empezá a disfrutar de la vida, trabajá menos y divertite más. No quise saber más. Salí del consultorio como corrido por el diablo, y esa misma noche conocí a Silvia. Me gustó que me toreara, porque tuvo más encanto. Me desafió a que consiguiera su teléfono y lo conseguí. Después empezamos a vernos. Siempre supe que Silvia no me quería, pero en definitiva yo era feliz las veces que estaba con ella. Una felicidad corta y efímera, pero felicidad al fin. Silvia me hacía sentir vivo cuando estaba con ella, y para mi era suficiente.

Siento que la persona que está sobre mi se levanta y se aleja. No puedo verla, pero el perfume se va alejando, y vuelvo a marearme con las flores. Es ahí que siento otra presencia. Se que es Ana porque solo ella me acariciaba las manos, los dedos y las muñecas de ese modo. Pero no puede ser. Ana no puede estar aquí. Ana no sabe de Silvia. Ana siempre fue tan… Solo me sale la palabra eficiente, pero ella era mucho más que eficiente. Creo que Ana estuvo enamorada de mi por algún tiempo. No mucho. Supongo que solo hasta conocerme. Pero era una morocha tan veladamente sensual, y cuando venía a mi oficina con aquellos trajes sastre que eran lo anti femeninos, a ella le quedaban como a otra mujer un pantalón blanco transparente y ajustado. Usaba camisas blancas abiertas los primeros tres botones, y yo no podía sacarle los ojos a como alargaba su cuello, a su mentón muy firme, y sus piernas siempre enfundadas en finísimas medias transparentes. Era la antítesis de Silvia. Silvia era la voluptuosidad en su máxima expresión. Ana en cambio era algo totalmente velado. Yo la iba a visitar al banco donde ella trabajaba, y a veces venía ella a mi oficina. Era una excelente profesional, y nunca entreveró lo laboral con lo demás. Un día en mi oficina, no pude aguantar más y me le acerqué por detrás y empecé a besarle y a mordisquearle el cuello, y la oreja. Nunca jamás hubiese imaginado que era de una personalidad tan avasalladora. Tan callada como se mostraba, era una mina increíble en la cama. También con ella supe que no duraría demasiado. Aunque creo que durante un tiempo largo me quiso o por lo menos sintió algo más que el sexo. Estoy casi seguro. Aunque con las mujeres nunca se sabe.
Pero no me arrepiento de ninguno de los momentos que pasé con ella.
Las manos que acariciaban las mías se soltaron como palomas. Después nada.


Creo que cuando mi médico me dio la noticia, me empecé a replantear todo lo que había sido mi vida. Mi matrimonio era una especie de planta, un árbol que se había secado hacía años, y ninguno de los dos quiso verlo, asumirlo, o solucionarlo.
Ni siquiera tenía las raíces podridas. Solo estaba seco y muerto. Erámos únicamente buenos compañeros de vida. Teníamos una vida social agitada. Los tres hijos estaban desperdigados estudiando, dos en España, y el menor en EE.UU. No sé si extrañaban mucho. No llamaban casi nunca. A veces estaban en el chat, y otras veces contaban algo por mail, pero ya no eran niños. Ya hacían su vidas, y nos necesitan poco y nada. Más bien solo pedían dinero cuando les hacía falta, pero solo eso. Tampoco yo estaba muy seguro de extrañarlos.

Mi trabajo que me había apasionado durante años, había dejado de interesarme hacía mucho. Cuando uno es joven se cree Robin Hood y cree que puede cambiar al mundo. Con los años te das cuenta que a Robin Hood lo bajaron de un hondazo, y que la burocracia, la mediocridad y la corrupción son moneda corriente en esta profesión. Y en las demás no debe de ser muy diferente. Y después, un buen día te das cuenta que todo deja de importarte, y que sos un eslabón más de una cadena que no funciona. Un engranaje que no sirve dentro de un mecanismo enfermo.
Todo pasa tan rápido. Era un niño tímido callado y que no tenía demasiados amigos. Hoy soy casi un viejo, y tampoco tengo demasiados amigos. Muchos conocidos, pero amigos, pocos, poquísimos.
Nunca fui un deportista, no me interesaba el football ni el box, ni el básquet, ni el ciclismo. Si me gustaban los fierros, y el automovilismo. Pero a determinada edad todo eso queda atrás, y con suerte te queda sobre la biblioteca alguna copa ganada en algún rally y nada más. Me insistieron en que me metiera en política, pero ya había visto suficiente, como para querer involucrarme en esa otra clase de mugre.

Quiero acordarme que más me gustaba. ¿Que disfrutaba yo de la vida?. Creo que en una época el buen cine, y los libros me atraparon. Pero también quedó atrás.
Lo que sigue maravillándome en el tiempo es la música, con Mozart, Vivaldi, Bach Tchaikowsky, Bethoven y tantos otros. Es poco si uno considera toda una vida. Demasiado poco. Será por eso que empecé a abusar del alcohol. Para no pensar que poco de todo me queda a esta altura. Estoy totalmente arrepentido de no haber fumado nunca un porro. Ni siquiera uno. Si pudiera volver atrás, creo que averiguaría donde conseguirlos, y por lo menos probaría. Ahora me queda solo un poco de música, el alcohol y los recuerdos.

Y ahí fueron que aparecieron Silvia y Ana. No antes. Aparecieron porque yo necesitaba respuestas y porque quería sentirme vivo hasta final.

Ahora me acuerdo de Stella. Creo que desde el inicio la subestimé. Yo ya venía tan cascoteado, con tanta nada en mi vida, que cuando alguien me recomendó para que le tramitara el divorcio, creo que ni siquiera me interesó el caso y lo fui llevando con desidia, sin responsabilidad, sin defender a mi cliente. Era un caso más entre tantos, para que yo siguiera manteniendo aquel estudio caro con alfombras rojas y cuadros de abogados viejos en las paredes.

Así que cuando la cité en un boliche para hablarle de las pretenciones económicas del atorrante del ex marido, un bueno para nada, que no tenía mejor idea que reclamarle la mitad de la herencia personal, ahí fue cuando realmente la conocí.
Me miró con aquellos ojos que tenían tanta vida, rabia y asco contenidos, que hacía que despidieran llamas. Me tiró los papeles en la cara. Era la verdadera estampa de la fierecilla no domada. Qué vida que tenía aquella mujer. Creo que en ese momento supe que necesitaba tenerla. Necesitaba absorber la vitalidad que ella tenía. Quería contagiarme nuevamente de esa pasión en todo lo que hacía. Le prometí un imposible. Pero logré el imposible previo pago de algunos dinerillos al mafioso ex marido. Tenía todavía alguna carta en la manga sobre lo inescrupuloso de Horacio y las matufias escondidas, así que no me salió tan caro. El tipo no lo valía. Ella sí.
Con el testimonio enrollado en una cinta, le mandé un enorme ramo de flores amarillas. Me llamó para agradecer, y la invité a cenar.
Terminamos enredados en una cama redonda donde casi me infarto. La vitalidad y la pasión de Stella eran obviamente para alguien más joven. Igual la seguí viendo. Necesitaba absorber toda esa pasión. Ver si yo podía ser así de nuevo. Como antes.

No se que pensarán ellas, pero creo que lo único que me hizo durar estos años fue la pasión que puse en cada una. Creo que se complementaban las tres, una tenía la voluptuosidad, la otra el misterio y Stella la pasión en todo lo que hacía. Creo que en el fondo ninguna me va a extrañar, pero yo las voy a extrañar a las tres. Solo haberlas conocido hizo que el tramo final valiera la pena de ser vivido.

Otra vez siento con una suave ráfaga de olor de rosas amarillas. Siempre me gustó regalar rosas amarillas. Siento un dedo que recorre mi rostro como solía hacer Stella. ¿Será ella?. Todo esto es tan increíble.

Un rato más tarde escuché una voz desconocida, y el chirrido de algo que se cerraba.
Después todo fue silencio y oscuridad.