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lunes, 25 de noviembre de 2013

Relaciones de colores

El matrimonio de Marta era incoloro, y ella adoraba el color, así que su balcón, su único territorio privado era una especie de invernadero. Cultivaba plantas de interior y de exterior y trataba de conseguir un color uniforme cada año. El año en que cultivó todas las flores rojas fue cuando quedó embarazada. Si bien no era muy coherente el rojo con el embarazo, ella atribuyó la pasión al sentimiento que tenía por la criatura en camino, así que había rosas, claveles, yerberas y alegrías rojas como la sangre. Cuando nació aquel muchachito tan débil, -había pesado 2,100 kilogramos-, su jardín se volvió blanco, y continuó blanco hasta que el chiquilín fue dado de alto tres años después. Recién ahí Marta pudo pensar en colores. Le encantaban los naranjas, rosados, amarillos, todo lo que implicara color le gustaba, y con un bebé sanito empezó a pensar en el azul. Así que su período azul coincidió con el de Picasso. Rodrigo era un muñequito pelirrrojo con unos increibles ojos verdes. Marta pensaba en su próximo período verde cuando los problemas con Rodri empezaron. El día que los peces rojos aparecieron flotando en la pecera, Marta no pensó en Rodri, aunque él estaba junto a la pecera culpando a la gata. La gata nunca se había acercado a los peces, y si lo hubiese hecho, los habría sacado de la pecera y se los hubiese comido. Gatúbela era totalmente predecible. No había sido ella. Marta estuvo mucho tiempo pensando en el asunto y su conclusión no fue muy halagueña cuando al oler el agua de la pecera, hasta las algas se habían decolorado y el olor a hipoclorito era tan intenso que hasta sus ojos se hubiesen decolorado. A partir de ahí empezó a estudiar a Rodri. Un día lo encontró en la cocina tratando de convencer a Gatúbela de que entrara al microondas. Cuando Rodri se dió cuenta de que lo estaban mirando, intentó disimular, pero Marta ya sabía. Gatúbela era muy rápida y Marta se dio cuenta de que cuando Rodri estaba cerca, ella desaparecía. Como estaba castrada, Marta tampoco temía por su descendencia, pero estaban Pancrasio el cocker spaniel y los loros Agustín y Coca, De a poco Marta empezó a ver sus jardines amarillos, el color del peligro que representaban para sus mascotas. Cada vez que Rodri estaba cerca Marta mandaba a Pancrasio a pasear con los paseadores. Con los loros era más difícil. Aún así Marta trataba que sus años de color bordeaux, no lo afectaran, pero un día cualquiera Marta supo con exactitud que su hijo pelirrojo era un pichón de monstruo. El día que Coca y Agustín desaparecieron, y Pancrasio se acercó a ella todo orinado y temblando fue cuando Marta se enteró qué estaba embarazada. Marta había visto la película “El Resplandor” basada en la novela de Stephen King, y empezó a imaginar a Rodri, enloqueciendo encerrado en un apartamento sobre 18 de Julio. Habló del tema con su marido totalmente incoloro, pero él no había notado nada. Al día siguiente Rodri se levantó y fue a desayunar con su madre. Marta lo miró. Era un muñequito pelirrojo y con unos increíbles ojos verdes. Su bebé. Recién cuando Rodri le preguntó cuando nacería su hermanito, Martha supo que si Rodri estaba ahí no habría ningún bebé. Marta no habia dicho nada de su embarazo y Rodri ya estaba enterado. Marta le sirvió el desayuno. Tostadas con mermelada y manteca. Jugo de naranja, huevos revueltos, y panqueques. Cuando Rodri le dijo que los pericos habían sido un estupendo desayuno fué cuando Marta supo que el café que le serviría a su hijo tendría un poco, pero la cantidad suficiente de cianuro.

La salud de los otros

Nunca, ni en mis más extraños pensamientos se me cruzó por la mente matar a alguien. Hasta que conocí a Gregorio. En realidad tampoco fue en ese momento. Fue mucho, muchísimo tiempo después que la rabia y la impotencia empezaran a darme ideas. Todo empezó cinco años atrás cuando en un baile de facultad mi hija conoció al más encantador de los muchachos, como dirían mis padres al presentárselos unos meses después. Según mis amigas era el príncipe azul. Prolijo, impecable, educado, cariñoso, qué más se podría pedir. Creo que solo su madre lo conocía como realmente era, pero ella no me puso sobre aviso. Pienso que no fue por maldad, o por querer sacárselo de encima. Creo que pensó que él iba a cambiar, o que mi hija iba a hacer que cambiara, pero la gente así no cambia, y yo aunque nadie me hubiese pronosticado nada, tenía aquella sensación desagradable que hacía que cada vez que lo miraba se me cruzaban por la mente las frases “cuando la limosna es grande, hasta el santo desconfía, o nada puede ser tan bueno” Gregorio pronto empezó a mostrar que además de ser un buen estudiante, y una buena compañía tenía celos enfermizos. Empezó muy suave, así que al principio fue casi imperceptible, además todo el mundo le decía a Valeria que lo hacía porque la estaba cuidando. Valeria se cuidó muy bien de que yo me enterara. Ella me conocía y sabía de lo que podía ser capaz. Si bien nunca fui una persona violenta, tenía arrebatos de ira cuando veía alguna injusticia y actuaba en consecuencia. Nunca me consideré Dios, pero estaba convencida que a determinadas personas que andaban paseando sus maldades por este mundo, alguien debía frenarlas. Y yo era una voluntaria entusiasta. Empezó todo en mi niñez con un abusador de gatos al que puse en su lugar con un brazo fracturado. Luego tuve otro episodio en el colegio con un ladroncito de cosas ajenas, al que también tuve que enseñarle a no tocar las cosas de los demás. Por lo menos las mías. También en mi adolescencia me había enfrentado a un golpeador, y casi lo mato. Me pegó una sola vez, pero cuando me iba a asestar el segundo golpe, tomé el cenicero de cristal que estaba atrás mío y se lo estrellé en la cabeza. Afortunadamente intervino mi padre, el tipo quedó internado con conmoción cerebral a causa de un golpe al caerse y nunca más lo volví a ver. Después del evento mi padre me miró fijamente y me dijo que si bien entendía mi causa, no podía ser tan extremista. En aquel entonces papá tenía un taller mecánico, y para canalizar mis rabias interiores me llevó a trabajar con él y me enseñó todos los trucos del metier. Así que mis días y vacaciones las pasaba entre bujías, alternadores, distribuidores, frenos de disco, frenos de tambor, líquido de freno, transmisión y todo lo relativo a los automóviles. Cuando Valeria y Gregorio se casaron no estuve de acuerdo de que se fuesen a vivir a Punta del Este, pero a él le había surgido una muy buena propuesta laboral, y Valeria que trabajaba en un banco podía pedir el traslado. Los veía muy poco, porque solo venían una vez por mes, y las veces que yo intenté ir, siempre tenían algún programa, o se iban al Chuy, o tenían un casamiento, o saldrían a cenar con amigos. Igual hablaba casi todos los días con mi hija, pero de a poco empezó a sonar como apagada, pero si preguntaba nunca le pasaba nada. Estaba cansada, o con mucho trabajo, pero su voz había cambiado. Fue por esos días en que me llamó muy entusiasmada diciéndome que estaba embarazada. A partir de esa noticia no hubo Cristo que me pudiera persuadir de no viajar a Punta del Este. Para evitar pretextos les dije que me quedaría en un hotel donde estaría más cómoda, pero quería estar con ella cuando se hiciese los análisis. Cuando llegué estaba sola, su marido aún estaba trabajando, así que la invité a tomar el té en alguna coqueta confitería del centro de Maldonado. Estaba tan demacrada, y delgada que me preocupé mucho y le dije que un buen chocolate le iba a alegrar el corazón. Dudó un poco. No sabía que iba a pensar Gregorio si llegaba y ella no estaba en la casa. La tranquilicé diciéndole que yo lo llamaría. Así lo hice. Se mostró sorprendido que yo ya hubiese llegado y que me hospedara en un hotel, pero no puso inconvenientes a nuestra salida de mujeres. Valeria se sentó y solo recién cuando nos trajeron las tazas de chocolate caliente, y la empleada se hubo retirado, me miró a los ojos. Estaba distinta, pero ya era una mujer. ­-Hola mami, que suerte que llegaste. Estoy muy cansada con lo del embarazo, y me duermo en cualquier lado. Esta semana tengo varios exámenes pero igual podemos ir a almorzar. -No Vale, iremos a almorzar pero te voy a acompañar a tu médico. Quiso protestar que no, que iba a ir con su marido, pero no le di oportunidad. Yo voy también hijita, estás muy delgada. Quiero conocer a tu ginecólogo, y me quedaré hasta que tengas los resultados. Ni en mis más horribles pesadillas imaginé lo que me tocaría ver. Durante el primer control médico, cuando se tuvo que hacer el análisis de sangre, vi que dudaba, y que no quería que yo entrara en la sala. Como insistí no tuvo más remedio que sacarse el saquito que tenía puesto. Los moretones y golpes desde los hombros hasta las muñecas eran importantes. El practicante la miró y le preguntó si había tenido alguna caída. Ella no respondió. Tenía puestos sus ojos en mi cara. Cuando salimos de la sala le pedí que me acompañara al baño. Entramos, cerré la puerta y le pedí que se desvistiera. Ella sabía que era imposible negarse, así que volvió a sacarse el saco, y luego bajó el cierre de su vestido y lo dejó caer al piso. Todo su cuerpo estaba golpeado. Los hombros, espalda, pecho, estómago, muslos y hasta los glúteos tenían moretones y laceraciones importantes. Traté de que no se me notara, pero una rabia enorme empezó a carcomerme por dentro. No podía ni siquiera creer que el mal nacido hijo de mil putas hubiese siquiera osado poner un dedo sobre mi hija, y no una, sino varias veces, y además tener la habilidad enfermiza de hacerle creer que él actuaba así por causa de ella. Era increíble que la culpable fuese la víctima del agresor. -No es su culpa mami, es la mía, porque siempre me olvido de algo. Casi le pego yo por la estúpida respuesta. No sé a que hija crié, pero no ciertamente a una que justifique a un golpeador. Todas y cada una de las excusas tontas que me dio fueron rebatidas. Solo le hice una pregunta: - ¿Vas a permitirle que también le pegue a tu bebé? Ahí se derrumbó, y estuvo llorando cerca de una hora. Cuando volvimos a la casa, ya mi yerno estaba ahí, aunque en el interin le había mandado diez mensajes de texto preguntándole donde estaba. No le permití responder. Cuando lo miré a los ojos, supo con certeza que yo sabía. No lo dejé ni hablar. Le dije que lamentaba profundamente que mi hija se hubiese casado con un cobarde pegador de mujeres, y que también odiaba el hecho de que mi futuro nieto tuviera tal padre. Que iba a hacer la denuncia en la comisaría, y que esperaba por su bien que se tratara. Le prometí que si alguna vez volvía a tocar a mi hija, esa vez iba a ser la última. Me miró guapeando, y fue ahí que vi cerca de la entrada, en el paragüero un hermoso bastón de su abuelo, con toda la empuñadura de bronce. Mirarlo, tenerlo en la mano y golpearlo en el medio de su estómago fue todo uno. Cuando estaba caído en el piso, lo volví a golpear, esta vez con el pié. Mi hija intentó detenerme. La tomé del brazo y la hice caminar hasta la comisaría más próxima. Pasaron tres años, a Valeria le empecé a ver con regularidad. Si no venía ella -siempre sola- iba yo. Cuando nació Lucía todo hacía pensar que el pasado había quedado atrás. La niña crecía y se ponía cada vez más bonita. Venían ambas dos veces por mes a Montevideo, y yo viajaba los otros dos fines de semana. Nos veíamos las tres. Gregorio nunca era de la partida. Un día cuando Lucía tenía algo más de dos años, se quiso quedar a dormir conmigo en el hotel. Cuando la desnudé para bañarla se tapó los golpes de las piernas. –Fue sin querer abu, yo estaba en la mesa y se me cayó un vaso al piso y papi se enojó. Hice como que aquello era algo sin importancia, y al rato cuando ya estaba tranquila jugando con sus muñecas, le pregunté si su mami también se portaba mal, y si su papi la rezongaba. Ahí dudó. Fue una décima de segundo. Era una niñita que no sabía si hablar o no. Finalmente me dijo que era un secreto que tenía con su mami, y que nadie debía enterarse. Que su papi las quería mucho, pero a veces se ponía nervioso y no sabía bien que hacía. Si bien algunas personas nunca cambian, quise darle una oportunidad, pero la rechazó. Empecé a visitar a Valeria regularmente, y conocer la rutina de sus vidas. También comencé a seguir a Gregorio. Descubrí muchas cosas que a Valeria no le hubiese gustado saber. Gracias a Dios, cuando mi yerno sufrió el terrible accidente automovilístico iba solo en el auto. Según los expertos iba a alta velocidad y le fallaron los frenos Valeria lo lloró, pero no demasiado ni por mucho tiempo, y cuando conoció a Fernando supe que finalmente iba a ser feliz, ya que Lucía lo adoraba. Durante mucho tiempo mi hija me miraba con una pregunta en sus ojos, pero nunca la hizo. Yo por mi parte, fui al cementerio a los tres años de la muerte de Gregorio. Fue realmente una tragedia que un hombre tan joven perdiera la vida, pero yo soy una persona honorable. Siempre cumplo mis promesas.

Cuentos para no dormir la siesta

Nunca me gustaron los cuentos de hadas. Ninguno. Así que mi infancia transcurrió sin todas esas fantasías del mal con final feliz, sin ogros, madrastras o patos feos. Nada de eso formó parte de mi mundo. Cuando llegué a la adolescencia, en mis estudios de literatura inglesa, tuve que leer varios títulos, entre ellos, El prisionero de Zenda, y El flautista de Hamelin. Este último me impresionó mucho. Era la avaricia llevada al extremo y castigada. Nada de finales felices. Tal vez fue porque había leído el cuento la semana que visité a la abuela, aquel personaje oscuro y lejano con el que nunca había tenido mucho contacto. Cuando me dijo que tenía un secreto para contarme tuve un raro presentimiento. La abuela vivía sola en aquel caserón enorme, con patios, sótanos y altillos, y cuando entraba me imaginaba estar entrando a alguna de esas casas embrujadas de las películas de terror. La abuela estaba sentada junto al aljibe, y me hizo una seña de que me acercara. Se levantó, bajó la roldana, y cuando subió el balde, en lugar del agua que yo esperaba encontrar, había por lo menos como cincuenta ratas o ratones y mineros, que se revolvían dentro del balde tratando de salir del encierro. La abuela volvió a bajar el balde con su carga, sonrió, con picardía y dijo: -­Son montones, capaz que miles los que viven en este aljibe. Yo hace años que los conozco, ya han pasado varias generaciones. Se reproducen muy rápido. Los alimento todos los días. Viste que preciosos son? Yo no pude ni responderle. El asco me invadió y traté que no se notara. Miré sus manos huesudas, que me parecieron garras en ese momento, y me acordé de otro dibujo animado, el de la bruja Agatha y su nieta Alicia. La abuela era igual a Agatha, con sus ropas negras, manos como garras, mentón afilado y aquellos ojitos negros tras los cristales montados en su nariz puntiaguda. Cuando pude sobreponerme al asco, le pregunté con qué los alimentaba. Creo que la respuesta fue la gota que desbordó el vaso. Me dijo, mirándome fijamente a los ojos, como quien cuenta un secreto, que ponía trampas para palomas, pero a veces -casi siempre- caían gorriones, torcazas, benteveos, horneros y hasta ratoneras. Los dejaba morir en la trampa, y después los tiraba dentro del aljibe. También me dijo que el día que los alimentaba se sentía desde el borde del aljibe la excitación de los roedores. Mi nausea empezó a crecer de forma proporcional al asco y rabia que me daba que alimentara ratas con pájaros. Le dije que tenía que ir al baño. Imaginé aquellos pobres pájaros en la trampa, y a ella esperando y mirándolos aletear hasta su último aliento para tirarlos al aljibe. Entré, cerré la puerta y vomité hasta las entrañas. Demoré dos semanas en regresar a visitar a la abuela. No se si tenía algo en mente. Creo que no. Solo le pedí a Dios que no insistiera en mostrarme los ratones, pero ese día Dios no estaba escuchándome. Miré a la abuela, e interiormente desee que nunca más tocara el tema, pero ella estaba convencida que yo adoraba su secreto del aljibe, así que me dijo, -Vení nena que quiero que veas algo. Con un gesto rápido tiró el balde dentro del aljibe. Lo sentí tocar fondo. Se escuchó un revuelo tremendo, y ruidos cuando empezó a subir la roldana. Supe que no lo iba a soportar. Creo que fue en ese mismo instante que me acordé de otro cuento, no tan famoso, el de Hansel y Gretel, y cuando ví a Agatha mirar con amor hacía el fondo del aljibe, no tuve más remedio que empujarla. No gritó. Capaz que esa era su intención, que yo terminara con su miserable vida criando ratones. O tal vez fuera mi destino el salvarla de su triste final. Sentí el golpe al caer y pensé que los ratones iban a tener alimento por lo menos para dos semanas más.

Allá lejos y hace tiempo

Soy una persona grande. Sé que mi cabeza está bastante bien, aunque a veces me olvido que conté algo y lo vuelvo a contar y mis hijos se fastidian. La gente joven tiene poca paciencia con los viejos. Trato de mantener la mente ocupada o por lo menos lejos de los problemas. No miro más dramas por televisión. A veces sueño con mi padre que murió hace casi cincuenta años. Nunca sueño con mi madre. Ella también murió hace mucho, pero su alzheimer fue tan devastador que no quiero acordarme. Tuve muchos hijos. Hoy algunos están mejor que otros, unos son más débiles, otros más fuertes, pero todos buenas personas. Fue difícil criarlos en esa época. Cada día cuando uno no llegaba me ponía nerviosa. La época negra de este bendito país los agarró en distintas etapas de su vida. Unos en el liceo, otros en la universidad y los menores en el colegio. Siempre me preocuparon los grandes. Nunca sabía a qué hora llegaban, o si se quedaban a estudiar en el centro, donde siempre había alguna manifestación. Tenía terror cada vez que veía pasar aquellas chanchitas azules, que circulaban muy despacio. A los veinte años todos creemos que podemos salvar el mundo, pensamos que somos una suerte de Robinjud, hasta que un día te cae la ficha y te das cuenta que apenas podés salvarte vos. No fue el caso de los tupas. Nunca fueron robinjudes, aunque a alguno pueda haberles parecido. Tuve un yerno que estuvo adentro. Nunca quiso hablar del tema. Solo una vez que estaba muy tomado, se puso a llorar y dijo solamente algo como que todo había sido un caos, sin orden, sin organización, y que la ambición de poder hizo lo demás. Demasiados caciques. Todos querían ser los dueños del circo. Cero ideología, una revolucioncita copiada de los cubanos y un grupo de loquitos jugando a los reivindicadores. Todo un desatino que terminó injustamente con muchas vidas. Y después quisieron echarle el muerto de la derrota a otro. Cuando la lucha estaba perdida de antemano. Me acuerdo de esto porque me encanta leer, y cuando alguien escribe bien, es gratificante leerlo, así que supe del escándalo del momento, pedí que me compraran el diario, leí las cartas, y me vino una avalancha de recuerdos. En realidad si fue traidor o no a quien le importa. No a mi. Supongo que pudo haber tenido dos motivos para escribir cuarenta años después, uno es no caer en el olvido. Todos queremos que nos recuerden. Otro justificar que lo hizo por amor. Recuerdo ahora una película inglesa que se llamaba Por la patria. Qué cantidad de atrocidades se pueden cometer invocando el nombre de la patria. Ahora en esta habitación en que estoy desde hace más de dos años sin poder moverme si no me ayudan, recibiendo las pocas visitas de las personas que de a ratos o de a meses se acuerdan de que todavía estoy aquí, habiendo enterrado a mi hijo mayor de un maldito cáncer, me acuerdo de mi pequeña traición. Quedé viuda a los cincuenta y ocho. Mi marido sufrio un infarto delante mío y cuando vino la coronaria ya se había ido. Tenía solo sesenta y seis años pero había sido el hombre de mi vida, salvo por aquella única vez. El viajaba mucho, sobre todo al interior, aunque a veces también viajaba a San Pablo y a Buenos Aires. En esas ocasiones siempre lo acompañaba. Pero hubo una vez que tuvo que quedarse cinco días en Tacuarembó. No soy la heroína de Los puentes de Madisson, pero tuve una historia de tres días con Felipe, mi compañero de facultad de tantos años que había enviudado hacía dos. Nos encontramos en el centro, me invitó un café que duró cuatro horas. Nunca hubiese pensado que tratando de consolarlo terminaría en la cama con él tres días seguidos. Es gracioso los recuerdos que nos traen las cartas que leemos en los diarios. A mi jamás se me hubiera ocurrido contar mi affaire con Felipe, ni por no caer en el olvido ni por amor. Tan solo sucedió. No se lo dije a nadie. No estoy orgullosa de lo que pasó pero tampoco me arrepiento. Acostada en una habitación de una casa de salud, casi inmóvil lo único que a veces me quita el sueño, es pensar si mañana estaré viva. Ya cumplí los noventa y a veces tengo miedo de dormirme y no despertar. Ya no temo que me asalten en la calle porque hace años que no salgo. Tampoco me preocupo de pagar cuentas porque mis hijos lo hacen por mi. A veces pienso que quizás para ellos soy una vieja de mierda que no se muere nunca, pero en esas ocasiones sacudo fuerte la cabeza para olvidarme rápido como de esa época maldita que todos vivimos. Creo que como dice el refrán muerto el perro se acabó la rabia. Por eso cuando todos estos viejos rabiosos se mueran, los que persiguieron y los perseguidos estaremos en paz. ¿Estaremos?

Pandora

Me acaban de llamar del edificio del Cordón donde vive mi madre. Parece que se cayó. Parece que vino el SUAT o cualquiera sea la emergencia que tiene y se la llevó a la mutualista. Parece que está quebrada. Parece que se acordó que tiene una hija.  Cuando yo tendría alrededor de doce años, no podía soportar la extraña relación de mis padres. Siempre peleando. En realidad era mi madre la que peleaba. Tampoco peleaba. Tenía sus interminables monólogos. Sus letanías cotidianas.  Yo llegué bastante tarde al hogar, cuando casi no me esperaban. Tuvieron doce años de peleas, y en el año número trece, cuando nadie esperaba nada, caí yo como una paracaidista. Yo no pedí venir, pero evidentemente ellos me llamaron de donde quiera que yo me encontrara, y aterricé en aquel hogar de dos seres tan distintos como complejos. Los primeros años no fueron tan malos. Había mamá, papá, abuelas y algún tío o primo no tan cercano, pero que daba un poco de respiro a ser hija única.  El calvario empezó después, cuando yo tendría ocho o nueve. Tal vez había empezado antes, pero yo estaba muy ocupada con crecer o jugar o ser feliz que no lo registré.  Un día cuando llegué del colegio mi madre estaba totalmente fuera de sí y hablaba sola, o le hablaba a un retrato de ella y mi padre en algún lugar del mundo. Estúpida y cien veces estúpida por confiar en vos, pedazo de mierda, o vos te crees que soy estúpida. Ya se que tenés otra mina. Hace años que lo sé, pero igual pensé que algún día te ibas a dar cuenta. Así siguió el monólogo como dos horas. Yo me quedé quietita en la cocina hasta que se calmó un poco, y ahí hice ruidos como que había llegado. A partir de ahí todos los días o día por medio tenía aquella puesta en escena. Yo llegaba del colegio y mi madre puteaba a la foto de mi padre. Más o menos repetía el mismo repertorio, palabra más insulto menos o viceversa. Esto más o menos duró cuatro o cinco años.   Una vez sola se lo comenté a mi padre, pero la respuesta que me dio me descolocó. Eso la hace feliz. Es su mundo. Ella no tiene otro mundo que yo, y entonces se le queja a mi foto. Si yo estuviera aquí y le contestara, empezarían las peleas y ella no podría enfrentar su frustración. Así es mejor para todos. Pero no te preocupes. Ella igual nos quiere mucho. Nunca supe si mi madre sabía que yo estaba dos horas esperando que ella terminara su mónologo de insultos diarios, quietita en la cocina. El tema fue que me sucedió lo que a cualquier otra mujercita en la adolescencia. Tuve mi primer período. No le dije nada a mi madre, pero ella de alguna forma se enteró. Entonces su monólogo iba dirigido a mi padre y a mi. A mi padre por haberla embarazado, y a mi porque algún desgraciado me iba a embarazar y que iba a ser de ella. Quien la iba a cuidar, y bla bla bla. La perorata era diaria, y yo seguía esperando quietita en la cocina, hasta que el voltaje del monólogo bajase, y entonces hacía algún ruido anunciando mi presencia.  Hasta que un día cualquiera, capaz que porque mis hormonas estaban en su punto más alto, decidí hacer lo que en definitiva iba a modificar el destino de todos. Decidí seguir a papá.  Claro que papá tenía otra casa. Claro que tenía otra mujer que lo esperaba. Claro que tenía alguien más que lo besaba cuando llegaba.  Al día siguiente al volver del colegio no quise escuchar el monólogo. Me paré en el living y le dije a mamá que papá tenía otra mujer que vivía en una casita en Malvín, en la calle Orinoco. Le di la dirección completa.  Ahí fue el comienzo del fin. Mamá me echó de casa. Que yo era una mocosa atrevida, que era Pandora, que había abierto la puerta del mal para separarla de su marido, que yo era una celosa de porquería, que debía tener algún macho calentándome la cabeza, que los dos estaban tan bien antes de que yo llegara, que antes su marido era de ella sola y que no precisaba testigos que juzgaran su vida, y la lista siguió hasta límites imposibles de entender en una relación madre hija.  Afortunadamente mi abuela paterna me cobijó en su casa. Estuve ahí doce años. Después me fui a vivir sola. A papá lo seguí viendo. El estuvo siempre, me vió cada fin de clases desde que me fui de su casa hasta que me recibí. Estuvo conmigo cada Navidad y cada cumpleaños. Me llamaba por teléfono, y hasta me llegó a alquilar un apartamento cuando me fui de lo de la abuela, tras su muerte. En todos esos años, yo pensaba que iba a volver a mi casa, pero mamá nunca preguntó por mi. Dos veces le pregunté a papá si mamá no hablaba de mi o si no le preguntaba. El no quería mentirme, pero tampoco quería decepcionarme. Bueno, vos sabés como es tu mami, pero ya se le va a pasar. Nunca se le pasó. Pasaron dieciocho años y nunca más quiso saber de mi. Qué sentí yo todos estos años, no sé. Un vacío. Supongo que como los perros que no tienen dueño y andan vagabundeando y acercándose a alguien en busca de un poco de calor. Ni siquiera puedo decir que la extrañé. Solo un lugar que debía estar ocupado y estaba desierto. Hace un mes que murió papá. Yo fui a su velorio y entierro. Mamá no estaba. Y eso que papá siguió viviendo en el apartamento del Cordón hasta el final. Nunca se mudó a la casita de Malvín. Dieciocho años más vieja, la mujer de la calle Orinoco se presentó en el velorio. La reconocí. Me acaban de llamar del edificio del Cordón donde vive mi madre. Parece que se cayó. Parece que vino el SUAT o cualquiera sea la emergencia que tiene y se la llevó a la mutualista. Parece que está quebrada. Parece que se acordó que tiene una hija.

Acoso

Acoso La niña ya había visto a su hermano llegar llorando del colegio, no una vez sino varias veces. Era menor que ella, y no podía aguantarlo. Ella ya había pasado por eso antes, y pudo solucionarlo a su manera. La niña pensaba que ella era distinta, y no le importaba ser distinta, pero a todos aquellos vándalos como los llamaba el abuelo cuando molestaban a su hermano, no les gustaba que hubiese niños distintos. Siempre molestaban a los gordos, o a los que usaban lentes, o a los que no podían hacer deportes, o a los pecosos. El hermano de la niña no usaba lentes, era flaco, era bueno en los deportes y no tenía pecas. Era tímido, y solo cuando lo llamaban al frente o lo hacían parar para leer, tartamudeaba. Ese era el punto de apoyo de todos los matoncitos. Y de los demás, porque los espectadores eran tan culpables como el matón principal. La niña pensaba que su hermano sufría, pero no decía nada, y cuando su madre empezó a quejarse de que su hermano, con nueve años cumplidos, había empezado a orinarse en la cama, supo que ya había llegado al límite. El último día que la niña que se creía distinta vió a salir del colegio a su hermano con lágrimas en los ojos, y a los matones de turno correrlo a las pedradas, supo que tenía que hacer algo.  Ella era distinta porque en lugar de jugar a las barbies, o de hablar de idioteces, le gustaba espiar a la gente. A su madre, a sus abuelos, a su hermano, pero sobre todo a su padre. El padre de la niña que se creía distinta hablaba mucho con los clientes y ella había sentido varias veces usar la palabra bullying, y que su padre decía que tenían que denunciarlo, así que la niña esperó a su padre después que se fue el último cliente y le dijo que tenía que contarle una cosa. El padre de la niña que se creía distinta, la abrazó, la zarandeó un poco y le dijo que estaba muy ocupado. La niña le dijo que él siempre estaba ocupado, y que no podía ver, que su hijo, el hermano de la niña que se consideraba distinta estaba sufriendo de bullying o como quiera que se llamara, que en el colegio le pegaban y que había vuelto a orinarse como decía mamá porque no quería ir al colegio, y que si él, el padre de la niña que se creía distinta no hacía nada, su hermano iba a hacer igual que aquel otro niño, hijo de sus clientes y  al que nadie escuchaba y se iba a terminar tirando por el balcón, o haciendo algo peor. La niña no sabía que podía ser peor, pero igual quería que su padre supiese que su hermano estaba pasando por eso tan horrible que sus clientes le iban a consultar. Recién en ese momento el padre de la niña se puso serio. Como pudo ser, como no me di cuenta, cómo nadie se dio cuenta, que barbaridad, dijo el padre de la niña y se agarró la cabeza con las dos manos. La niña se sentó y le dijo a su padre que se fijara en una página de la porquería de Facebook, donde todos los matones del colegio hablaban de hacerle la vida imposible a su hermano, y que los matones eran dos, peros los demás eran todos tan matones como los matones, porque no decían nada, o apoyaban o se reían. El padre de la niña que se creía distinta le preguntó como ella sabía todo eso, y la niña le respondió que ya tenía diez y a los diez todos los niños tienen Facebook y ahí se ponen fotos, o videos y otros idiotas dicen me gusta y ponen un dedo para arriba, pero ella sabía que los matones le ponían me gusta a las fotos tirándole piedras a su hermano. También sabía que su hermano no quería ir al campamento del colegio porque no la iba a pasar bien, y que además si se hacía pichí en la cama los matones le iban a hacer más burla y lo iban a poner en Facebook para que otros estúpidos pusieran me gusta. Y ellos no tenían balcón, pero su hermano podría encontrar algún otro balcón de donde tirarse si publicaban que se hacía pichí en la cama y los demás ponían me gusta. Y la niña dijo que ella lo había defendido algunas veces, pero no quería seguir haciéndolo porque si no los matones le iban a decir que era un mariquita y que lo tenían que defender las mujeres. La niña se quedó sin aire y el padre la abrazó. Dos días después el padre convocó a una reunión con la dirección del colegio y con los padres de todos los alumnos. Todos se mostraron escandalizados por las barbaridades que habían publicado en las redes sociales, y la página fue borrada de inmediato.  De los dos autores, uno era el ideólogo, y el otro era un muchacho muy tímido pero que tenía extraordinarias habilidades con las tecnologías nuevas, que fue el autor físico. Pero los padres del autor ideológico no quisieron aceptar la responsabilidad, ya que no era el hijo de ellos el que había creado la página. Los dos padres del autor ideológico eran abogados, y no querían asumir el hecho de que su hijo había sido no solo el ideólogo, sino también el instigador del acoso. Finalmente, el padre de la niña que se creía diferente, les dijo a los padres abogados del niño que había sugerido los acosos al hermano de la niña,  que en lugar de pensar como abogados pensaran como padres, y que imaginaran como se hubiese sentido su hijo si el acosado hubiese sido él. El colegio tomó una resolución salomónica, y suspendió temporariamente a los dos autores por una semana, y después se reintegrarían a prueba durante el resto del año. Si por alguna razón hubiese una sola queja sobre ellos, ya fuera social o académica no podrían matricularse el año próximo. El padre de la niña que se creía diferente,  llegó a la casa contento con el resultado de la reunión, pero en el fondo se sintió absolutamente conmovido por el mundo que les estaba tocando vivir a sus hijos. Llamó a su hijo lo abrazó y le pidió perdón por lo que había pasado. Después fue a su estudio, cerró la puerta con llave, recordó de su propio pasado de acosador y lloró, lloró, lloró.